viernes, agosto 28

La pulperia, antepasado de la Cafeteria?

Barrio de Belgrano: de la pulpería al café

Por Enrique Mario Mayochi y Jorge Raúl Busse *


El barrio de Belgrano, hasta 1888, partido de la provincia de Buenos Aires, tuvo su café –deberíamos decir cafés porque hubo va¬rios antes de que el pueblo existiera. Era una pulpería, le¬vantada donde ahora funcio¬na una agencia de la Banca Nazionale del Lavoro, en la esquina noroeste de la aveni¬da Cabildo, o sea donde hacía una curva el antiguo camino del Alto.

Ubicada frente a la quinta o chacra de Maciel, se llamaba La Blanqueada porque sus paredes lucían exteriormente encaladas con las conchillas que se extraían del antiquísimo yacimiento situado en torno de las Barrancas, lugar conocido por La Calera, que era otro punto de referencia para el paraje, a mitad del camino de San Isidro. Con el correr de los años, la pulpería pasó a ser el centro de un reducido caserío conocido por Las Blanqueadas por mostrarse el conjunto también de color blanco.

No sabemos desde cuándo existió, pero ya estaba allí en las primeras décadas del siglo XIX, como pulpería, almacén y "alto de carretas". Así lo señala la recordada historiadora Elisa Casella de Calderón en el N° 6 de Buenos Aires nos cuenta: "Las carretas que iban al norte en busca de melones, sandías, zapallos y frutas de sets montes, sobre todo duraznos, con que proveer a Buenos Aires, se detenían allí después de haber cumplido lo que daba en llamarse 'medio día de carretas'. Esta expresión se usaba para determinar que, partiendo de Plaza Lorea en las primeras horas de la mañana, llegaban al mediodía a la actual plaza Pueyrredón en Flores, en tanto que las que iban hacia el norte lo hacían en el mismo tiempo hasta llegar a Las Blanqueadas. Ambos tramos cubrían una distancia de 9 km (unas dos leguas) cada uno".

En sus orígenes, la pulpería belgranense debió haber sido muy modesta, como muchas de sus iguales: un rancho con un interior descuidado, poco limpio, dotado de precaria iluminación artificial, con rejas y mostradores, mesas y bancos rústicos, y casi seguramente sin ventanas y con una sola puerta por razones de seguridad. Allí, el viajero, podía refrescarse con sangrías, vinagradas o naranjadas, o calentarse con vino o aguardiente. Durante el tiempo de detención, se solía jugar al truco o se arrojaba una taba. Por ser lugar de reunión dominical, había cerca una cancha para carreras cuadreras, mientras en su interior se dejaba escuchar una modesta guitarra.

Recordemos lo dicho por José Hernández en su poema inmortal: "Migala en las pulperías / era, cuando había más gente, / ponerme medio caliente, / pues cuando puntiau me encuentro, / me salen coplas de adentro / como agua de la vertiente".

La Blanqueada no fue la única pulpería de la zona, pero sí la principal. Por eso decíamos al comenzar que en Belgrano hubo más de un café antes de que realmente los hubiera. Para mediados del siglo pasado se mencionan, entre otras, a Las Palomitas, cerca del arroyo Medrano (actualmente, avenida García del Río), y La Figura, próxima a la chacra de Diego White, en torno a la actual estación ferroviaria Rivadavia. Ninguna de ellas existía al comenzar el siglo actual, aunque en sus primeras décadas todavía quedaban parte de los edificios de Las Blanqueadas.

Los primeros cafés

Mientras subsistían algunas pulperías, que con los años se transformarían en almacenes con despacho de bebidas o fondas, habría surgido el primer café, auténticamente café, del flamante pueblo de Belgrano, fundado en 1855. Fue el Café de Vergés o Bergés, con tilde o sin ella según se prefiera, situado a la vera de la calle juramento, quizá ocupando parte de la plazoleta Joaquín Sánchez (famoso subintendente del barrio), que se halla entre las calles Vuelta de Obligado y la casi inexistente calle curva José María Saltaste Isla (antiguo vecino y juez de Paz).

Fue por un tiempo punto de referencia para el servicio de la diligencia La Golondri¬ na, de don Juan Callaba, que llegaba procedente de la pla¬ za de la Victoria, y desde allí retornaba. ¿Habrá sido este café distinto del almacén y café de J. Gas¬telon (o Gastelou) del que, en 1857, nos ha¬bla un aviso del dia¬rio Los Debates para anunciar un servicio de diligencias que partían del Café de la Paz, sito en la prime¬ra cuadra del Paseo de Julio, para llegar al antes mencionado, ubicado en la calle Real, hoy Cabildo?

No nos animamos ni a afirmar ni a negar. Se sabe que el antiguo café de Vergés se transformó allá por 1875 en el salón restaurante del vecino Hotel Watson, el más importante del pueblo. Lo cierto es que el lugar sigue siendo propicio para instalar cafés y restaurantes, como el Sasha Bar y el Marco Polo, ambos instalados en lo que queda del antiguo hotel, y el frontero café La Recova, que llega hasta Juramento.

Fondas, almacenes y despachos de bebidas

Sigamos con las últimas décadas del siglo pasado. En la calle Arcos y junto al arroyo Vega (ahora calle Blanco Encalada) estuvo frente a uno de sus vados la pulpería o almacén El Globo, con despacho de bebidas y cancha de bochas. Allá por 1895 era su propietario don Alejandro Boracchia; después cambió su nombre por El Buen Humor. En 1950 era su dueño Pío Parodi y el local fue demolido en la década de 1980. Su postrera dirección fue Arcos 2393/2399.

Otra pulpería o almacén con despacho de bebidas- hubo en La Pampa 1801, esquina Vidal, con el nombre de Superbe Génova; era su dueño en 1920 don Domingo Juliano y después lo fue un vecino conocido por don Pancho. El local subsistió hasta la década de 1980. Por 1894, la fonda y café Las Piedras, de J. B. Caprile, estaba en Cabildo y Blanco Encalada, junto al arroyo Vega. Tomás López era propietario en 1895 de una fonda transformada en café, ubicada en Santa Fe 3701 (antigua numeración), esquina Castelli (desde 1956, Mariscal Antonio José de Sucre). Con los años pasó a ser el Restaurante Belgrano, también recreo y pensión, cuyo dueño en 1920 era Pedro Demegana, para tomar en 1925 el nombre de Parrilla Criolla, de Donamari y López. A comienzos de este siglo, en la esquina noroeste de 3 de Febrero y Olazábal había un almacén y fonda cuya clientela estaba formada en gran parte por los feriantes instalados en la segunda de las calles nombradas. En la década de 1920 tenía por nombre E1 Normal, suponemos que por su vecindad con la flamante Escuela Normal N° 10, instalada desde 1915 en la casa que fue propiedad de Lucio Victorio Mansilla.

En El Gallo, almacén con despacho de bebidas y café, situado en Juramento y Vidal, se detenía el tranguasito, vehículo de tracción a sangre que iba y venía a la estación Belgrano C. Ante de iniciar la marcha o mientras descansaban, el mayoral o conductor y el guarda o vendedor de pasajes, casi siempre una pareja de italianos, jugaban a la brisca con otros parroquianos.

Corría 1930 cuando el antiguo vecino Manuel G. Conforte publicó el simpático libro Belgrano Anecdótico. En él evocó al Café de la Punta Chica, situado a una cuadra de El Gallo, en juramento y Cramer. Estaba instalado, dice, "en una vieja casita de estilo netamente colonial, edificio de dos plantas, siendo el piso bajo, tan bajo, que alzando los brazos casi podían tocarse los balcones de rejillas que sobresalían en ambas calles". Tenía, agrega, dos puertas de acceso, "una al lado de la otra, una por Cramer y otra por Juramento, separadas tan sólo por un grueso puntal de quebracho". Si bien no tenía cartel alguno que lo identificase, su nombre según Conforte "provenía de haber sido ese el lugar más avanzado del núcleo de población, cuando del otro lado existía el primitivo Circo de las Carreras". Precisemos que éste, establecido en 1857, estaba limitado por las actuales calles Cramer, La Pampa, Melián y Mendoza, o sea en el área que corresponde al subbarrio Belgrano R. Finalmente, transcribimos la descripción que hizo Conforte: "A él concurrían guitarreros y payadores de fama, los mejores jugadores de truco, los más hábiles jinetes allí se concertó más de una carrera cuadrera en las que sabía tomar parte la muchachada. El Café de la Punta Chica, siempre lleno de público, permanecía abierto hasta altas horas de la noche".

También le corresponde a Conforte anoticiarnos acerca de otro almacén' devenido en café: "Entre los comercios de la vieja calle Real (Cabildo) merece los honores de un párrafo aparte el antiguo Almacén de Merello Hnos., que durante tanto tiempo jugara un rol tan importante en la historia de Belgrano viejo". Se estima que comenzó a funcionar alrededor de 1880, haciéndolo en una vetusta casa sita en la esquina de Cabildo y Olazábal. Según el autor mencionado, el comercio ya transformado en café se denominaba en 1930 La Brasileña, para llamarse después Quita Penas.

Allí se detenían los con¬ductores de carretas que, car¬gadas de frutas, se dirigían al Mercado de Abasto. No eran a esa hora los únicos parroquianos porque, como dice Conforte, "transnochadores y bohemios tenían en el almacén de Merello Hnos. donde matar el tiempo en las largas noches invernales, cuando no había dónde pasarlas, y aún aquéllos que sin ser ni lo uno ni lo otro los sorprendía ya muy entrada la noche en la calle, de regreso de un baile o de una fiesta cualquiera, acudían también allí al recordar el buen matambre arrollado, especialidad de la casa, así como el rico vino Barbera que éste importaba directamente". Cabe recordar a tres asiduos concurrentes, que habitualmente no consumían ni fiambres ni vino, sino humeantes tazas de café con leche: el poeta Diego Fernández Espiro, el pintor Martín Malharro y el periodista y escritor Roberto J. Payró.

Demos final a este capítulo con breves menciones a otros comercios del ramo: en juramento 2502, haciendo esquina con Ciudad de la Paz, estaba la fonda y almacén de Blanco Hermanos, lugar preferido por los puesteros del cercano mercado, los que constituían mayoría entre sus parroquianos. Cerró sus puertas en 1978. En Moldes y juramento tenía su espacio la fonda La Buena Sopa, donde, seguramente, no faltaban ni el pan ni el vino para acompañarla.

En esta lista de comercios que combinaban almacén con despacho de bebidas, bar y café, siempre con algo de fonda, merece coronarse con Il Piccolo Torino, fundado en 1874 por J. Cordo en la esquina sudeste de Rivadavia y Cerrito (desde 1893, Echeverría y Cuba), donde actualmente funciona la Confitería Zurich.

Allí se realizó en marzo de 1879 una reunión de vecinos para echar las bases de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos de Belgrano, creada el 13 del mes siguiente, al presente la entidad más antigua del barrio

Cafés y más cafés

Tras el café de Vergés o Bergés y el de Gastelou ya mencionados, con el correr de los años fueron apareciendo muchos otros como resultado de la transformación de antiguas fondas o almacenes con despacho de bebidas, los más como comercio de primera mano. Evocaremos algunos por ser prácticamente imposible mencionarlos a todos.

De los surgidos en el siglo pasado, dejando para más adelante los propios del Bajo de Belgrano, comencemos por el Café de los Gianni, Cabildo y Blanco Encalada,

que por 1890 tenía salón de baile y orquesta. Sigamos con el Washington, instalado por 1875 en 25 de Mayo 130 (antigua numeración). A muy poca distancia de allí, en el 108 (siempre de la actual Cabildo) don José Finollo inauguró el 1° de junio de 1890 el café denominado Nueva Confitería Belgrano. La confitería, bar y restaurante Jóvenes Unidos, con servicio de viandas a domicilio, comenzó a funcionar el 10 de agosto de 1896 en la esquina de Olazábal y Vidal.

En 1890, Ramón Morado era propietario de una fonda, bar y confitería en Santa Fe 7679 (ahora Cabildo al 2200). En 1895 ya existían el despacho de bebidas o bar de Luis Pessino, instalado en Santa Fe 7586; el café y bar de Juan Luera, en Blanco Encalada 1762, de la antigua numeración, y el café con billares de Miguel Farrante en Santa Fe 7315. Por su parte, Francisco Cichero tenía en 1897 una fonda y bar en Santa Fe 7699, esquina de la actual Olazábal. Un año después funcionaba en General Paz 2175 el café con billares de don Serafín Fernández.

En las primeras décadas de este siglo existían numerosos cafés, entre ellos el precursor bar biógrafo London, de José Fernández, Av. del Tejar (desde 1991, Ricardo Balbín) y Blanco Encalada, donde para evitar "mirones colados" la consumición era obligatoria. En 1915 tenía abiertas sus puertas Lago di Como, de innegable origen itálico, en Olazábal 1667, con cancha de pelota, bochas, café y billares. El Siglo, que alrededor de 1915 estaba instalado en Cabildo 2149, siendo su propietario G. Rodríguez. En 1925 fue comprado por José Ronderos, cuyo nombre llevó desde entonces. Era el típico café, con chocolatería, bar y confitería, donde también podía jugarse al billar, al ajedrez, al dominó y a las damas, todo ello en medio de las nubes de humo nacidas de empedernidos fumadores. Sus instalaciones y mesas eran de madera lustrada, siendo las sillas de las denominadas vienesas por su esterillado, y lámparas de vidrios de colores colgadas en el sector de las carambolas y las tres bandas. Lugar predilecto de practicantes de juegos de salón y de las muchachadas del barrio, fue demolido en la década de 1960. En su lugar, se instaló primero el supermercado Los Carritos y después, una pizzería.

En 1916 ya funcionaba Matti, un bar y café con billares sito en Cabildo 2349, propiedad de César Matti. Donde hoy se halla una su¬cursal del Correo Argentino, en Cabildo 2349 estaba el Café Antiguo Derby, donde el billar se alternaba con el tan¬go, en mu¬chas ocasio¬nes ejecuta¬do por una orquesta de señoritas. Fue sucesor del bar y restaurante El Derby, que en 1913 funcionaba en Cabildo 2555.

El Paulista, en Cabildo 2120, mostraba su frente pintado de rojo, como era propio de todas las sucursales de la empresa homónima. Era el café por excelencia, siempre colmado de clientes que, en torno a mesas de madera, ocupaban sillas vienesas esterilladas, como era moda setenta años atrás. Agréguese a la lista el Gran Café Helios, que en 1915 ya existía en Cabildo 1978, y La Perla de Belgrano, en Cabildo 2450, que en el año indicado era propiedad de José Servante y que antes lo había sido de Calonge y Serrate, para serlo en 1916 de Paulino Gallego y Cia. Como dato curioso, digamos que en una edición de 1916 del semanario El Heraldo de Belgrano se anunciaba que el café y bar de Luis A. Terragno y Ricardo O. Bergallo ofrecía por $ 1,20 el "Gran Bife Terragno, con fiambre, media botella de vino o medio litro de cerveza, postre, café o té...”.

Dos cafés bien conocidos existían en Cabildo y Federico Lacroze. En la esquina de la primera estaba Hadas de Oriente, situado enfrente del cine Las Familias, y en el 801 la confitería Apolo, cuyo bar y cafetería daban sobre Federico Lacroze, mientras que el sector para familias, como se decía por entonces, salía a Cabildo. En sus primeros tiempos tenía mesas de maderas finas y sillones de cuero marrón, luciendo paredes revestidas de maderas y grandes espejos, lo que le daba cierto aire de distinción. La Apolo, como se la llamaba, fue la confitería de mayor distinción de ese sector del barrio. Subsistió hasta fines de la década de 1980. Por la curiosidad de sus nombres, mencionaremos a Sol y Sombra, café y confitería ubicada en Ciudad de la Paz 2151, y a Sí, de iguales características, en Mendoza al 2400.

Son de inevitable mención dos cafés de la zona de Las Cañitas. Uno es La Flor de Belgrano, en Luis María Campos y Teodoro García, de tan larga data como para llegar casi hasta nuestros días, aunque últimamente había perdido sus antiguas características por haber modernizado sus instalaciones con iluminación casi "al giorno". Fue por muchos años reducto de jóvenes radicales, que frecuentemente hacían objeto de burlas al presidente Agustín P Justo cuando los domingos pasaba por allí en sus caminatas matinales. Sigamos con La Copa de Oro, en Olleros 1667, un café que habiendo nacido casi con el siglo, fue centro de reunión para cuidadores de caballos, empleados del Hipódromo Argentino y carreristas. Hasta allí solían llegar, desde el stud ubicado enfrente, en Olleros 1664, Francisco Maschio y Carlos Gardel, cuidador aquél y dueño éste de Lunático, un caballo que perdió más carreras que las que ganó. Los acompañaban el cantor Razzano y el jockey Irineo Leguisamo, tras haber comido todos un gran asado y jugado al truco en el stud, el cual en 1960 era conocido por La Pomme. El café, de propiedad de Aniceto Fernández, perduró muchos años y al presente es un restaurante que mantiene su nombre original.

Antes de dejar el Alto de Belgrano, tengamos un recuerdo para Nicanor, el café de Cabildo y Juramento, en cuyo interior lucían una moderna barra de fórmica y plantas que lo ambientaban y alegraban.

Recordemos también a La Palmera, el café, bar y cervecería de don Luis Dordoni, que ya estaba en Cabildo 2569 allá por 1930. Su nombre se originó, en una enorme palmera existente en el jardín situado en el frente. Jockey Club se denominó en la década de 1930 un café situado en Cabildo 1902, esquina Mariscal Antonio José de Sucre. De la misma época fue Sportman, bar y café con billares sito en Cabildo 849. Muchos nostalgiosos aún evocan el Mignon, que en la década de 1940 se estableció en Cabildo 2099, esquina Juramento, y subsistió hasta su demolición en 1980. Su amplio salón estaba muy bien decorado y dotado de mesas de madera lustrada y butacas de cuero de color verde. Junto a la pared que daba a Juramento estaba la barra y en la de Cabildo los grandes espejos. Un café de elegante aspecto, con mucho de confitería, fue Salamanca, situado hasta 1992, en que cerró, en la esquina de Cabildo y La Pampa. La Posta, subsistente con el nombre de Mi Lugar, fue instalado en Ciudad de la Paz y Juramento, en el solar donde en el siglo pasado vivió José Hernández durante su primera estada en Belgrano. El barrio también tuvo en Federico Lacroze 2720/24 a Los 36 Billares, igual que su homónimo del centro de la ciudad, instalado en un gran salón en cuya parte posterior se distribuían numerosas mesas de juego. Allá por 1960 eran sus dueños López, Casarreal y Cia., y ahora el comercio tiene por nombre Los Billares. Cerca de este café, en Federico Lacroze 2362, estaba en la década de 1950 su similar La Linterna, que ahora, con su local totalmente refaccionado, se llama Charlotte. Recordemos por último, a El Nacional, de propiedad en 1930 de Donamari, López y Cardozo, dotado de bar, billares, y reservado para familias. Estaba ubicado en Cabildo 1902, esquina Mariscal Antonio José de Sucre.

Los muchos cafés del Bajo de Belgrano

En su libro Belgrano, de 1962, dice el vecino, dirigente político e historiador Héctor Iñigo Carrera, que en el siglo pasado llegaba el Río de la Plata hasta la estación ferroviaria Belgrano C, pero que, con admirable perseverancia, las toscas y las tierras inundables fueron ganadas por el sistema de polders, o sea rellenadas artificialmente, como se hizo y se sigue haciendo en Holanda y Bélgica. Agrega que las vías ferroviarias constituyen la división entre el Alto y el Bajo, constituyéndose la estación Belgrano C en "el pórtico" de éste. Por su parte, la profesora Elisa Casella de Calderón completa lo dicho expresando: "del otro lado de las vías, cuando se alzaban las barreras, se penetraba en otro mundo, con su malevaje y sus guapos, donde se hacía 'culto al coraje"'.

Subbarrio o barrio propiamente dicho, el Bajo hoy luce modernizado, renovado, pujante, cambiado en sus viviendas, en sus comercios, en sus calles y hasta en los árboles que en ellas crecen. Por ello, ya nadie puede ver allí ese mundillo de pescadores, obreros de las fábricas lugareñas, jóvenes y adultos que hacían del turf la razón de su vida, como trabajadores, peones, cuidadores y jockeys, o en otros casos como "burreros". Estos llegaban desde todos los barrios hasta el Bajo para jugar sus pesos a veces el salario recién cobrado a las patas de un caballo, repartiéndolos entre las ventanillas del Hipódromo Argentino y el Hipódromo Nacional, su menguado rival. Lo dicho explica la multiplicación de fondas, cafés y bares genéricamente cafés en el Bajo, donde hoy todavía pueden verse algunos rastros de lo que fue.

Quizá para terminar de entender cómo era el Bajo, sea menester recurrir a los versos de Carlos de la Púa, quien en su Bajo Belgrano nos dice así: Barrio de timba fuerte y acomodo / pasional de guitarras altiyeras / yo he volcado el codo / de todas tus esquinas / con una potranca res, josefina, / que hoy se inscribe / en los handicaps de fondo. // Bajo Belgrano, sos un monte crioyo / tayado entre las patas de los pingos. / Creyente y jugador, palmas el royo / en las misas burreras del domingo." Más adelante esta tríada definitoria: Bajo Belgrano, / patria del portón, / sos un barrio / querendón.

En una evocación de los cafés del Bajo Belgrano es inevitable comenzar por La Papa Grossa, aunque estrictamente no fuera tal. Durante añares estuvo instalada en Blandengues y Echeverría, para desaparecer en la década de 1960 al prolongarse la Avenida del Libertador. En el lugar y en las primeras décadas de este siglo, la familia Ferretti despachaba al menudeo carbón y papas, como era propio de las comúnmente llamadas "carbonerías". Dos de los hermanos, Antonio y Eduardo, decidieron poner en marcha un café, con despacho de bebidas, billares y truco obviamente, para brindar esparcimiento a cuantos se dedicaban a las actividades turfísticas. La prosperidad del negocio hizo que, corridos los años, se construyese junto al local una glorieta, donde, cuando el clima era propicio, se presentaban orquestas típicas, cantores, payadores y rondallas, contándose entre los actuantes al músico Pedro Mafia y a los payadores Gabino Ezeiza y José Betinotti. Según anoticia la profesora Elisa Casella de Calderón, en "Buenos Aires nos cuenta", N° 11, dicen "las crónicas que allí cantó Gardel y que Josefina Baker actuó cuando visitó nuestra ciudad. Sobre la calle Echeverría había un palco y 'la diosa negra' se presentó vistiendo su pollerita de bananitas". Agrega que también pasaron por allí desde Irineo Leguisamo hasta los recordados hermanos Torterolo.

El Almacén del Burro Blanco fue revivido por León Benarós en su libro Mirador de Buenos Aires, publicado en 1994. Dice este autor que "estaba en la esquina de Rivadavia y Miñones y le habían puesto afuera un letrero que lo nombraba. Tenía aspecto de almacén de campo y daba comida no del todo mala, alargando un buen pedazo de pescado frito por cinco centavos. En la esquina, un farol de querosén daba más sombra que luz. El dueño era un tal Campos, "Campitos". Agrega que allí hubo payadas famosas, muy celebradas por los jockeys, cuidadores y vareadores que concurrían asiduamente y que, de tanto en tanto, había broncas y trifulcas nacidas de las partidas de bochas que se armaban en un patio grandote.

Junto a La Papa Grossa y al Almacén del Burro Blanco hay que poner, por la singularidad de su nombre, a La Miseria, un almacén con despacho de bebidas que, junto al arroyo y en un barrio pobre, fue establecido en Blanco Encalada, entre Miñones y Artilleros (ésta antes llamada Sexta).

No debemos omitir a dos cafés o modestos boliches que a comienzos de este siglo existían, uno en La Pampa y Castañeda, y otro en Blanco Encalada y Dragones, cuyos propietarios eran, respectivamente, Juan Blanco y el vasco José Blanco. A ellos cabe agregar, como antecedentes, el café que allá por 1895 tenía don Gerónimo Parodi en Blandengues 1511, de la antigua numeración. Cerca de allí, en el 1801, poseía Juan Garbarino un negocio similar. En el 1790 existía el café y bar de Velasco y Bonaso, mientras que en la intersección de Blandengues y Sucre estaba a principios de siglo el café Flandes. Y no olvidemos al Café de Rosendo, de propiedad de Rosendo Drago, lugar de cita para payadores, en Blandengues y Mendoza.

Este collar de cafés en esa calle no debe causar extrañeza, porque en Blandengues estaban las instalaciones del Hipódromo Nacional, con entrada en su esquina con Monroe. Recordemos también el café y bar Testuri, en Echeverría y Dragones, y el Sardetti, en Echeverría y Húsares. Con posterioridad a estos dos, comenzó a cobrar fama el café y bar Don Pepe, agregado con despacho de bebidas al almacén instalado en Mendoza 1702, esquina Arribeños. En la década de 1940 se ampliaron las instalaciones para convertirlo en restaurante, hasta 1977, año en que se lo demolió.

Para evitar olvidos y omisiones injustas, hemos recurrido a un memorioso del Bajo de Belgrano, el pintor Alfredo Bertani, quien nos fue diciendo esta nómina: café y bar La Raza, en Blandengues y Mendoza, demolido por el ensanche antes mencionado; El Sin Rival, en la vereda impar de Echeverría y Cazadores, hoy inexistente; El Ombú, aún en pie en Arribeños y Mendoza; Las Flores, en Echeverría y Montañeses, donde ahora hay una sucursal bancaria; San Cayetano, enfrente del anterior; La Perla, en Arribeños al 2100, con servicio de fonda; Parque bar, en Juramento al 1700, que continúa trabajando, y dos cercanos a la estación ferroviaria Belgrano C, El Tala y el Llao Llao, que ahora es una pizzería.

Aunque no fue estrictamente un café, sino un bar, al referirnos al Bajo de Belgrano, no podemos dejar de mencionar, para dar término a esta evocación, a El Guindado, erigido en la esquina de La Pampa y Figueroa Alcorta, siendo sus propietarios por 1960 los señores García, Guzmán y Compañía. Desde siempre fue lugar de reunión y encuentro para noctámbulos, como también parada casi obligada para automovilistas, que eran servidos sin dejar sus vehículos. Hubo otros homónimos, siendo uno de ellos el situado en la Avenida del Libertador y Concepción Arenal (así llamada desde 1920).

Las confiterías

Confiterías hubo desde siempre y siempre fueron algo más que cafés, presentadas más que como lugar para solitarios y jugadores de dados, como un ámbito para familias, parejas de novios y señoras mayores. ¿Por qué desde antiguo se las denominó confiterías? El Diccionario Académico las define como establecimientos en los que los confiteros hacen y venden dulces, para agregar enseguida que en algunos lugares son salones de té, cafetería y bares. En nuestro caso, ciudades y pueblos de la Argentina, una confitería fue a la vez lo uno y también lo otro.

En Belgrano, confiterías hubo casi desde siempre. Comencemos por una de larga historia, con varias transformaciones con el correr de los años. Por la que en 1872 se llamaba Confitería del Aguila, que tenía por dueño al señor Canale y estaba situada en la esquina de 25 de Mayo y Lavalle (Cabildo y Juramento), en pleno corazón del entonces pueblo y después barrio. Sucesivamente, pasó a manos de Avelino Quevedo, Manuel Vila (en 1866) y Pedro Valmaggia (en 1895). Dos años después, con el nombre de Confitería Belgrano, fueron sus propietarios asociados Cabrini y Valmaggia, para pasar a manos de A. Castilla y Cia., hasta dar por terminada su primera etapa y ceder el espacio a la farmacia Hansen. En 1915 volvió a lo primero con la denominación de Confitería Bazzi, para después llamarse Modern Saloon, con domicilio en Cabildo 2088 /2100. Sobre esta calle funcionaba la confitería propiamente dicha, con mucho de patisserie, y por Juramento, el salón con mesas de tapa de mármol verde con vetas marrones y sillas tapizadas con cuero verde oscuro.

Por mucho tiempo logró reunir a la clientela más distinguida del barrio y a la hora del té solía contar con la presencia de una orquesta o de un pianista, como el vecino René Cóspito. Sus últimos dueños fueron los hermanos Reibaldi y tras ser demolida se edificó allí la Galería juramento. Conviene decir, para evitar confusiones, que años después se instaló un café de igual nombre en Cabildo y Echeverría, frente a la sucursal del Banco de la Provincia de Buenos Aires, que subsistió hasta 1997.

Casi sería imperdonable hablar del primer Modern Saloon sin referirse a quien estuvo por años entrañablemente unido a él: Don Pepe, el canillita que depositaba en la ochava, sobre el umbral de entrada, su mercancía, formada por ejemplares de los diarios vespertinos (La Razón, Crítica, Noticias Gráficas), para que cada adquirente retirase por sí el ejemplar junto a la pila de papel impreso. Era característico de este "hijo de Florencio Sánchez" lucir su elegancia en el vestir. Corpulento, de poca estatura, cara redonda, tez rosada, temprana calvicie y pequeño bigote, componía su atuendo con un traje color azul marino, zapatos negros siempre brillantes, camisa blanca impecable y corbata negra de moñito. Era amigo de todos los clientes y su figura estaba incorporada al paisaje. Y si de vendedores de diarios se trata, digamos que el nuevo Modern Saloon tuvo uno muy popular, llamado Moncho, inconfundible por su pierna claudicante.

Ya por 1876 existía la Confitería Belgrano, anexa al Gran Hotel Belgrano, situado en Lavalle y Primera (ahora, Juramento y Arribeños), lindando con el andén de la estación ferroviaria Belgrano C. Sus primeros propietarios fueron R. y M. de la Fuente, para serlo después don Félix Menas¡. Trocado su nombre primitivo por La Paz, fue un reducto tanguero, generalmente con señoritas en el palco de la orquesta, contándose con la presencia frecuente de Alberto Gómez y Agustín Magaldi, no como cantores, que lo eran afamados, sino como clientes provenientes de algún stud, porque es sabido que ambos eran muy aficionados al turf y propietarios de más de un caballo.

Este café, en el que según Iñigo Carrera "el humo de las locomotoras se confundía con el de las tazas de chocolate, que era la especialidad de la casa", tuvo un inesperado final en 1950, tras haber sido muerto su dueño por un parroquiano. A partir de entonces su destino fue cambiando.

Don Carlos Pellegrini, homónimo de quien en 1890 había asumido la presidencia de la Nación, fue dueño de una confitería que llevaba su apellido, ubicada en 1915 en Cabildo 2101, esquina Juramento. Era famosa por sus banquetes, recepciones y fiestas de bodas. En su tiempo, fue competidora de la Confitería Bazzi por el buen servicio de té, chocolate, café y bar que brindaba. Allá por 1928 se instaló allí con igual finalidad La Cosechera, confitería de categoría y decoración lujosa. Las paredes interiores estaban revestidas con mármol blanco veteado de marrón, al igual que las columnas, unas circulares y otras cuadradas, con detalles de bronce en las bases y capiteles corintios. En su parte media tenían un anillo también de bronce con ornamentación en relieve y perchas.

Las mesas tenían base de hierro fundido y tapa de mármol, mientras que las sillas eran curvadas (thonet) con asiento esterillado. Las luces eran dadas por lámparas colgantes, apliques de bronce y globos de cristal tallado. Parte de las paredes lucía grandes espejos y los pisos eran de mosaicos puestos con forma de damero. El local estaba dividido en tres sectores: en el correspondiente a Cabildo estaba la confitería propiamente dicha; en la ochava, el café, y sobre juramento, el lugar reservado para las familias. El conjunto atraía por su armonía y discreto aire de suntuosidad.

El restaurante y confitería Paradis funcionaba ya en 1930 en Cabildo 1833/49. Estaba instalado en un hermoso chalet con jardín que había sido de propiedad de la señora Josefa Tollo. Inicialmente, fue lugar de categoría, con escenario para orquesta en el jardín, haciéndose famosas sus reuniones y bailes de Carnaval. Cerró al decaer el nivel y en su lugar se instaló una agencia de vehículos automotores, para dar paso, finalmente, a la construcción de la Galería Belgrano, la primera y más antigua del barrio.

Sería inadmisible no mencionar en esta evocación al Dietze, a la vez confitería, restaurante y café, con amplio jardín, romántica glorieta y salón reservado para los amantes del tapete verde. Se instaló en Echeverría 2292, esquina Vuelta de Obligado, en la que había sido casa de la familia Astigueta, donde se alojó en 1880 el presidente Nicolás Avellaneda. El patio fue cubierto para dar lugar al salón principal, con un sector para familias. Fue un verdadero centro social del barrio, en especial para los miembros de la colectividad alemana. Cerró sus puertas en 1959 por haber dispuesto su demolición el nuevo propietario, arquitecto Hernán Giralt. Después se instaló allí un supermercado de la cadena Minimax, incendiado en la noche del 26 de junio de 1969 por fuerzas subversivas juntamente con otros catorce locales de la misma empresa. En el lugar se edificó después un edificio de propiedad horizontal con galería comercial en la planta baja.

Y aún hay más: la confitería, con salón de té, chocolatería, café y servicio de lunch Steinhauser fue inaugurada por su propietario Teodoro Steinhauser el 9 de julio de 1918 en Cabildo 1924. Su aire europeo la convirtió en lugar predilecto para la colectividad germana. Cerró sus puertas en ese local en 1989 para trasladarse a Mariscal Antonio José de Sucre al 2400, donde permaneció hasta su cierre definitivo a mediados de esta década.

También fue lugar preferido por vecinos alemanes el Bodense, una cervecería con bar y cafetería, instalado en 1919 en Monroe 2689. En 1935 se trasladó a Cramer 2455, donde se convirtió en un típico restaurante alemán, con glorietas, salón de baile, reservados y siete canchas de bolos, preferido por las familias de esta colectividad para realizar fiestas y bailes. Subsiste aunque algo modificado.

Brevemente, recordemos a otros negocios del ramo, no tan importantes como los mencionados, pero dignos de ser evocados: la confitería Juramento, de Manuel Blanco, con domicilio en Moldes y Juramento, existía por 1925; ofrecía servicio de lunch y tenía salón para familias, billares, casín, cafetería y bar. Entre 1930 y la década de 1970 funcionaba frente al mercado barrial, en Amenábar 2184, el bar y cervecería con billares de Juan Linden Y en Belgrano R cabe mencionar a Glue Pot, un pub ubicado en Zapiola al 1900, frente a la estación ferroviaria. El Ciervo de Oro, con glorieta, en Echeverría con las vías del ferrocarril. Waldschenke (La Taberna en el Bosque), en Superí 2400, y El Comercial, en Freire y Echeverría, con reservado para familias.

Demos final a esta evocación con unos versos que Leopoldo Díaz Vélez escribió en 1983 para celebrar el centenario de la proclamación de Belgrano como ciudad: "Ya no está La Blanqueada, famosa pulpería, / .ni tampoco esa otra que fue Las Palomitas, / ni el almacén de El Gallo, ni aquel otro del Pinto / que "el oriental Basilio" dirigía. / Se ha cerrado el Belgrano, el cine más antiguo, / no viven Zafarrancho, pintoresco cochero, / ni el café de los Gicanni, la familia Vercesi, / ni el almacén Romani que tanto recuerdo". Quien quiera saber cómo era un café "de los de antes" pude visitar al que está en F. Lacroze y Alvarez Thomas.

* Este artículo fue publicado en “Historias de la Ciudad – Una Revista de Buenos Aires” (N° 2, Diciembre de 1999)

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