lunes, setiembre 13

Una marenda al estilo piemontés

Los santafesinos descendientes de piemonteses pudieron experimentar una antigua tradición de sus antepasados: la marenda que recibían sus incansables nonos en el campo después de la diaria fatiga de los trabajos rurales.


Unos canastos repletos de salamines, pan casero, dulces y vinos llegaban todas las tardecitas a quienes habían dedicado su jornada a un laborioso trabajo en el campo del piemonte italiano.
En aquella “ceremonia”, destinada a los incansables agricultores y ganaderos, eran las mujeres las que llegaban con esa recompensa y compartían con ellos un momento de alegría, donde no faltaba la música.
La tradicional marenda piemontesa todavía se conserva en la memoria de los descendientes de aquellos piemonteses que se radicaron en nuestro país. Por este motivo, el Centro Piemontés de Santa Fe organizó en su sede de 3 de Febrero 3253 -por segunda vez- su Marenda Sinoira, para recuperar y revalorizar esta antigua manifestación popular.

“La idea es recuperar el espíritu que animaba a las marendas en el pasado: aquél de la gente simple y laboriosa que conocía el buen humor, la alegría de las pequeñas cosas y sabía apreciar el placer de una amigable compañía, de una bella cantada, con la voz más sonora producida por un buen vaso de vino de la propia tierra”, explicaron desde la institución.
De esta manera, los participantes pudieron revivir aquella experiencia de sus antepasados y degustar los más ricos salamines, quesos, aceitunas, codeguines, pan casero, pizzas, quesos, dulce, vinos y masitas típicas piemontesas, servido con vino, mate cocido o café, y amenizado por música y bailes típicos argentinos e italianos. Tampoco faltaron las ganas de cantar a viva voce esas antiguas canciones transmitidas de generación en generación.
En esta oportunidad actuaron el grupo Le masná, perteneciente al Centro Piemontés; el grupo Sikania de la Asociación Famiglia Siciliana; y el ballet del Liceo Municipal que dirige la Prof. Mirian Cid. Ofrecieron bailes típicos argentinos e italianos y -entre ellos- representaron un cuadro llamado “La siembra”, referido a la agricultura, actividad que distingue a los piemonteses.
A pesar de que se desconoce con exactitud cuándo se originó esta tradición, se sabe que es una larga y alegre comilona hecha siempre entre amigos. El mejor horario para realizarla era las 17.30 o las 18, para proseguir hasta bien entrada la noche.
Con esta segunda edición de la marenda, “nos proponemos ennoblecer los productos artesanales largamente difundidos en la cultura gastronómica popular, habitualmente consumidos durante las meriendas, proponiendo una reseña de los tradicionales alimentos, frescos y en conserva que encuentran hospitalidad en el menú de la Marenda Sinòira Piemontese, es decir, los productos de la tradición campesina”, explicaron desde la institución.
Y continuaron: “Estas reuniones, donde degustamos diversos platos de la comida piemontesa, se realizan con el objetivo de preservar y mantener las costumbres de nuestros inmigrantes italianos, reviviendo aquellas tradiciones de la gente simple y laboriosa que apreciaba las pequeñas y simples cosas y que, generalmente, sólo se conservan en los recuerdos de los menos jóvenes”.
ALEGRE COMILONA
La marenda -precisaron- era apreciada por los agricultores y ganaderos inmigrantes piemonteses que llegaron a poblar, producir y procrear en los campos argentinos, después de la diaria fatiga de los trabajos rurales. Cuando arribaron a Argentina recibieron extensiones de tierra sin producir y nuestros nonos tuvieron el orgullo de transformarlas en fértiles.
El trabajo era arduo -advirtieron- pero el hombre, incansable y pasivo, amaba lo que había recibido. Con los pocos medios que contaba y, fundamentalmente en tiempo de cosecha, se necesitaban muchas personas para levantarla. Entonces, todos ayudaban a todos: los hombres iban al campo y las mujeres y niños quedaban en el hogar y, como aquellos no podían perder el tiempo volviendo a la casa a merendar, la familia le llevaba un refuerzo de comida, para alimentarse pero también para paliar en parte las inclemencias del tiempo.
Por último, desde el Centro Piemontés comentaron que “los trabajadores hacían una señal, tal vez cuando la vuelta del trabajo estaba más cerca de la casa. Entonces, los chicos ya tenían el sulky preparado con el caballo más manso y las mujeres habían colocado en un cesto (nuestro cavañin) salames, quesos, el infaltable dulce de membrillo, pan casero, los bizcochos que una vez eran bagase y otras veces canastrelli o torchet.
No faltaba -concluyeron- el buen vino fresco, puesto en el pozo desde la mañana, agua fresca y algo caliente, mate cocido o café para beber al final con los dulces. Luego, estas meriendas pasaron a ser una comida de media tarde, después de las carneadas, cuando venían visitas o simplemente en cualquier oportunidad.

Fuente:ElLitoral.com
           Nosotros
           Edicion 11 septiembre 2010
              TEXTOS. MARIANA RIVERA.

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