viernes, agosto 6

Del tiempo en el que a los velorios no se iba a llorar

“Si no fuese por el viaje un poco largo, os aconsejaría que fueseis a morir a Entre Ríos, porque al menos tendríais el consuelo de saber que vuestra muerte hará pasar a muchos vivos una noche de alegría”, escribió en una crónica de viajes el médico italiano Paolo Mantegazza.

Pasó mucho tiempo hasta que el Estado logró sacar a los muertos del dominio de la Iglesia Católica, y recién el 16 de marzo de 1863 se ordena que en cada uno de los cementerios se establezca un sector cercado y con puerta separada para los que no profesan la fe católica.


Morir ha sido siempre un asunto simple. Uno muere, de un santiamén, por accidente, enfermo de enfermedad terminal, asesinado, combatiendo en alguna guerra más o menos lícita, o por decisión propia, y se olvida del asunto. Qué se va a estar preocupando uno por lo que viene después, si después ya no va a existir la preocupación. La preocupación propia, al menos. La preocupación de los demás es lo que ha complicado a la muerte.
Cuando estas tierras eran vírgenes, y cuando aquí no había tanto ordenamiento territorial, la gente moría y sus huesos iban a parar al terrenito que tenía asignado alguna iglesia cercana. Como siempre se supuso que aquí todos los que morían, morían en Cristo, el amortajado era llevado hasta donde el cura, que lo bendecía, decía las oraciones de rigor, y terminaba bajo tierra. El asunto se complicó con la llegada de los no católicos. Pero esa es otra historia.

SALIR DE LAS IGLESIAS. En un artículo publicado en la revista Todo es Historia, titulado Morir en Buenos Aires, Omar López Mato dice que esa costumbre de enterrar muertos en las iglesias se remonta a los tiempos de la colonización de América por parte de España. Así, uno de los más antiguos habitantes porteños que se conserva en la Catedral de Buenos Aires es fray Pedro de Carranza, fallecido hacia 1630, el primer obispo de la metrópoli.
Pero otras iglesias conservan también muertos bajo sus baldosas, algunos ilustres incluso. Por ejemplo, en la iglesia San Juan Bautista descansan los restos de don Pedro Melo de Portugal y Villena, quinto virrey del Plata, muerto en Montevideo hacia 1797; en la iglesia de San Francisco y su respectiva capilla de San Roque funcionaron hasta 1882 sendos enterratorios. A la entrada del templo están los restos de fray Luis Bolaños, misionero del Litoral; también de los frailes Gabriel y Juan Arregui.
Cuando las iglesias llegaron al límite de su espacio disponible, fueron ganando terrenos próximos, y así nacieron los denominados Campo Santo. Pero la tradición duró hasta los inicios del año 1800. En 1803 ya se había prohibido en Buenos Aires sepultar en los templos por los peligros que eso implicaba para la salud.
El 13 de diciembre de 1821, Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia refrendan el decreto 109 que obligaba a “todos los cadáveres a ser conducidos y sepultados en el cementerio que se llamará de Miserere”. Pero como entonces, al igual que ahora, el Estado proyectaba ideas pero había escasez de fondos, se optó por decomisar el huerto que poseían los padres recoletos, vecino a la Iglesia del Pilar. Así se creó el cementerio del Norte, por un artículo del 8 de julio de 1822.

DISPUTA DE SEPULCROS. Claro que el repliegue del dominio de la Iglesia Católica sobre el terreno de los muertos ha sido un proceso largo, y en Entre Ríos particularmente, muy demorado. Si no recuérdense las angustias soportadas a lo largo de la historia por familiares de muertos que no morían en la Santa Religión, y sus familiares debían mendigar un espacio en donde enterrarlos.
Jorge Riani, en Ciudad Infinita, un recorrido por la historia del Cementerio de Paraná, recuerda el caso de la docente Julia Hope de Stearn, que contrajo tifoidea y murió a los pocos días de estar residiendo en Paraná. Julia Hope de Stearn era esposa de George Stearn, llegado a estas tierras como primer director de la Escuela Normal, y era además protestante.
“Algunas viejas crónicas perdidas de los archivos oficiales afirman que Stearn debió atravesar un calvario intentando que el cadáver fuera sepultado en el cementerio. El docente retuvo en su casa el cuerpo muerto de su mujer durante más de tres días. Un relato que se desdibujó en la bruma de los tiempos aseguraba que el director normalista debía espantar los zorros que merodeaban la casa, atraídos por el olor putrefacto”, dice Riani en su libro.
No pudo vencer la cerrazón eclesiástica, que no le daba cabida para enterrar a su mujer, no católica, en el Cementerio de la Santísima Trinidad. Por eso, debió instalar la tumba fuera de los límites del cementerio paranaense.

ORDENAMIENTO. Un poco por fuera de esa trifulca, ocurría otra cosa, bien distinta. La muerte, la muerte de alguien, un hombre que ya no era más, que dejaba este mundo, se había convertido en un asunto complicado en la Entre Ríos del siglo XIX. La gente, los deudos, los vecinos, los parientes, los amigos, se reunían en torno al cajón del difunto no para llorar, sino para hacer algo parecido a una juerga.

UNA REUNIÓN SOCIAL ALREDEDOR DEL MUERTO. No fue hasta el 7 de septiembre de 1863 que el gobierno de Entre Ríos, a instancias de la Iglesia, logra dictar un reglamento que ordenase esos asuntos necrofílicos. Preocupaba, y sobremanera, cierta práctica “inmoral y contraria al respeto y veneración que son debidos en los pueblos civilizados y cristianos a los cadáveres de sus hijos”.
Entonces, las autoridades hicieron circular una nota entre los funcionarios policiales en la que se comunicaba de modo férreo la voluntad de no permitir el entierro de cadáveres fuera de los lugares sagrados.
Pero también, y lo más importante de la directiva, es que se recomendaba torcer el rumbo de los velorios, “en los que tienen lugar a veces, actos profanos e inmorales, que recuerdan desgraciadamente los tiempos de atraso y superstición”. El Gobierno no hacía otra cosa más que seguir el pedido de la Iglesia, que reclamó “reprimir los abusos”.
Un poco antes, el 23 de mayo de 1860 el gobernador Justo José de Urquiza firma una disposición a través de la cual, y argumentando el “respeto que merecen los cementerios públicos como lugares consagrados a la conservación de los restos humanos y la vigilancia que sobre ellos debe ejercerse”, establece que el control del mismo quedará a cargo de la Policía.
Y el 16 de marzo de 1863 ordena que en cada uno de los cementerios se establezca un sector cercado y con puerta separada para los que no profesan la fe católica, a los efectos de subsanar desinteligencias e interpretaciones contrarias al pensamiento y espíritu de este gobierno, según relata en un ensayo sobre el cementerio de Concepción del Uruguay Luis Salvarezza.
El 18 de abril de 1864, la Legislatura de la provincia sanciona una nueva reglamentación que traslada la dependencia de los cementerios a los municipios. Pero a pesar de esa regulación, las parroquias continuaron con sus propios registros de defunciones.

JOLGORIOS. El Estado, entonces, procuraba ordenar, pero no alcanzaba a llegar a todos lados.
Los velorios se habían convertido en aquellos tiempos casi en una fiesta.
El médico italiano Paolo Mantegazza —nació en Monza en 1831, murió en Florencia en 1910— no pudo salir de su perplejidad al recorrer esas escenas vernáculas, y vuelto a Europa describió con pelos y señales lo que vio.
“Si no fuese por el viaje un poco largo, os aconsejaría que fueseis a morir a Entre Ríos, porque al menos tendríais el consuelo de saber que vuestra muerte hará pasar a muchos vivos una noche de alegría. Cuando, de miembro viviente de la sociedad, un hombre se ha transformado en cadáver, se le viste inmediatamente con sus mejores trajes y se lo acomoda en un cuarto, sobre un féretro o sobre el suelo. Esta operación se hace con tanta solicitud, que, llamado muchas veces a distancias de algunas millas para socorrer a un moribundo, lo encontré ya vestido y rodeado por un cerco de velas de sebo, esperando que entrase la noche para recibir el tributo del velorio”, cuenta Mantegazza en uno de sus relatos de viaje.

INVITADOS. Mantegazza volcó sus impresiones de viajero en el libro Viajes por el Río de la Plata y el interior de la Confederación Argentina. Aníbal Vásquez, en Dos siglos de vida entrerriana, transcribe uno de esos relatos, donde el médico cuenta: “Al velorio se invita a todos los parientes y amigos; por sí mismos se invitan los vecinos, los parásitos y holgazanes. El objeto es velar una noche, rogando a favor del alma que ha partido, pero entre uno y otro rosario, se toma mate, se come, se bebe y se juega. La descarada gritería de los jugadores y el rastro de las palabras del amor, interrumpen el murmullo triste y lento del De Profundis al que se dedican algunos pocos deudos”.
(NdelR: De Profundis —Desde el abismo—, uno de los siete salmos penitenciales, que la Iglesia Católica recita en sus oraciones por los muertos).
Sigue Mantegazza: “El concurso de la alegría y del dolor, de la vida y de la muerte, forma un contraste tan inarmónico, que no se puede por menos que temblar, pensando en la extrañísima pasta de la que está hecho el homo sapiens de Linneo. Sin embargo, creed bajo mi palabra que los entrerrianos no son más duros de corazón, ni más escépticos que los romanos, que pagaban las lágrimas compradas, las encerraban en la urna, en ludibrio de silencio venerable de la muerte, o, como los buenos milaneses que huyen de la casa del difunto, no sé si por el horror del féretro o en salvaguardia del propio egoísmo”.
“Cuando en Entre Ríos muere un niño —escribió— el velorio es acompañado siempre con bailes. De aquí deriva el proverbio argentino: Morí, para que bailemos…”.


Discusiones epistolares

El arquitecto francés Silla Saint Guily, masón, nacido en el año 1830, es autor, entre otras obras, del panteón de Dolores Costa de Urquiza, en Concepción del Uruguay.
En esos tiempos, la forma, el modo y el diseño de los panteones era asunto de discusión entre encumbrados funcionarios.
El propio arquitecto le explica al general Justo José de Urquiza, en una carta fechada el 10 de julio de 1867, los porqués del diseño del panteón.
“Señor Jefe: Tengo el honor de contestar a su carta fecha de hoy en que me dice que ‘en una discusión sobre la capilla que estoy construyendo en el Cementerio para S. E. el Señor General Urquiza, se ha dicho que el techo va sostenido con tirantes, afirmando Ud. que debía ser de bóveda y pidiéndome aclare yo esta duda’. / La Capilla del Camposanto que, por su forma interior y sus dimensiones, se parecerá mucho a la de San José debe tener su techo formado con una cúpula semejante también a la de San José y como ésta, cubierta de baldositas barnizadas. No puede entrar, por consiguiente, en tal techo tirantes de alguna clase. / La persona que ha visto tirantes ha confundido el piso de la capilla con su techo. Como el sepulcro va debajo de dicho piso; el cual se encuentra por esta razón tres varas más arriba del suelo, he necesitado poner tirantes de madera dura para sostenerlo.
Será el piso de baldosas de mármol sentadas sobre dos o más hileras de ladrillos. Estos tirantes de madera son sostenidos ellos mismos por un gran tirante de fierro del peso de 20 a 25 quintales que he mandado construir expresamente a Buenos Aires, para que el recinto del sepulcro quede perfectamente libre de todo estorbo, no necesitando así de ninguna columna de fierro o de material por debajo. Por lo demás el sepulcro mismo tendrá su cielo raso en forma de bóveda. Se subirá a la capilla por dos escaleras de mármol. / No entro en más detalles por ahora reservándome el gusto de dar a Ud. las explicaciones necesarias para que se forme una idea exacta de lo que debe ser esta obra, el día que se decida a hacer conmigo al cementerio de paseo meditado por Ud., desde hace tanto tiempo. En el sitio mismo costarán pocas palabras. / Dejando así contestada se apreciable de Ud. tengo el honor de repetirme Seño Jefe. / Su aff. S..S y amigo / S. St. Guily”. 


Fuente: eldiarioonline

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