lunes, agosto 3

Los baños porteños- parte 1°

¿Cómo se aseaba un porteño durante el gobierno de Rosas? El hábitat natural era el río, medio de comunicación, de alimentación, de comercio y, en fin, en aquel tiempo de avatares políticos, de fuga. No el río actual, inaccesible, polucionado, sino aquel cuyos únicos escollos eran las toscas y los traicioneros pozos donde se ahogó la hija del almirante Brown. Próximo el verano, con los primeros calores, se procedía ala bendición de las aguas y familias enteras de todas las clases se bañaban en su costa, enfrente mismo de la ciudad, sin distinción de sexo.

Así lo refiere, entre otros, mister Love, el primer cronista del Buenos Aires post revolucionario, afirmando que, pese a la ausencia de casillas para cambiarse, las damas se vestían y se desvestían frente a "ojos que las miran en éxtasis". Esta costumbre ha sido criticada por "algunos extranjeros recatados", pero no precisamente por este inglés amante de las porteñas que las describe con el cabello suelto "cual un grupo de sirenas a las cuales sólo faltara el peine y el espejo para ser perfectas".

En la época colonial y durante el primer período revolucionario, las ordenanzas policiales prohibían los baños mixtos, pero esas reglas nunca fueron respetadas. A comienzos del año 1830, la policía, ratificando un decreto anterior de enero de 1822, disponía que los hombres debían bañarse "desde la izquierda del muelle hasta la Recoleta" y las mujeres y los menores de 7 años, a la derecha del muelle hasta la Residencia.

Otra ordenanza policial sancionaba con multa "al individuo que no entre al río a bañarse con un trage bastante cubierto de la cintura abajo a cualquier hora que sea". Sin embargo, Beaumont afirmaba que "los jóvenes de ambos sexos, en general se bañan nudo corpore y chapotean en el agua como otras tantas Venus de bronce con sus correspondientes cupidos". Al igual que Love, él también se detuvo a admirar "a las mujeres de la mejor clase (que) se bañan con vestidos sueltos bajo los cuales antes de entrar al agua se despojan de sus trajes de calle que dejan a cargo de una esclava".

Un decreto del ministro Agüero autorizó a una compañía constituida por tres franceses a "establecer en el Bajo a la orilla del Río, desde el Retiro hasta la Aduana, habitaciones amovibles y portátiles construidas de madera forrada de lienzo con la separación necesaria para impedir la menor comunicación entre los dos sexos", siendo el precio de 2 reales por individuo. El proyecto no se llevó a cabo porque los franceses pretendían exclusividad.

Por una crónica del British Packet, se deduce que los bañistas salían de sus casas ya vestidos con traje de baño. Dice el periodista (Leve) que ese día "se cruzó con un grupo de bañistas en el centro de la ciudad que caminaban en doble fila hacia el río vestidos con sus trajes de baño y precedidos por un individuo que llevaba una lámpara y otro tocando la guitarra; ambos en traje de baño". Pillado, en su Guía de Forasteros del año 1863, registra sólo dos casas de baños.

La concurrencia a la orilla del río tenía también una finalidad higiénica personal, la falta de agua corriente que recién se implantó medio siglo más tarde. Mientras tanto la provisión de agua en Buenos Aires se lograba de dos maneras: con la construcción de aljibes y pozos, o por la distribución del agua tomada del río por los carros aguateros.

¿Y las fuentes porteñas?

Ojeando las publicaciones sobre vistas y panoramas de Buenos Aires donde se reproducen pinturas de Vidal, Ibarra, Morel y otros artistas de la época, llama la atención la ausencia de fuentes o surtidores usualmente colocados frente a los mercados, plazas e iglesias, como es habitual ver en los pueblos y villorrios de otras partes del mundo.

En Río de Janeiro, por ejemplo, había tres fuentes frente a otros tantos conventos para el servicio del público, todas ellas alimentadas por un manantial a través de un acueducto. "Una de las cosas que más apreciables nos ha parecido en este Río dice Aguirre en su Diario es la abundancia de aguas y fuentes para el servicio de su público". Es cierto que no es posible comparar Río de Janeiro con Buenos Aires o Montevideo a fines del siglo XVIII, pero un siglo más tarde las condiciones eran las mismas en lo que se refiere a fuentes públicas y la tonadilla que sirve de epígrafe a esta crónica, cantada en tiempos de la presidencia del general Mitre nos da una clara idea del escaso interés de los porteños por el adorno de las plazas.

Woodbine Parish, que llegó a Buenos Aires poco antes del ascenso de Rosas al poder, señalaba que no hay cisternas ni fuentes públicas "aunque la ciudad está tan poco elevada sobre el nivel del río que nada sería más fácil que tenerla siempre provista por los medios artificiales y comunes".

A continuación aconsejaba al connacional viajero el sistema chino: "Para mi propio uso generalmente pongo un pedazo de alumbre en las tinajas de agua con lo que muy pronto se purificaba su contenido". Tomada en la misma orilla, "raras veces es muy pura o clara. Y generalmente se necesita que esté asentada 24 horas antes para que haya depositado todos sus sedimentos cenagosos y se ponga bastante clara para poderse beber".(1)

El representante de la Gran Bretaña en nuestro país añadía que algunas casas tenían aljibe "en las que se recoge el agua de lluvia que cae de las azoteas planas de las casas, por medio de cañerías (pero) construirlos ocasiona un gasto considerable", pues el suelo de la ciudad no era el más apropiado para ello; tampoco la idoneidad de sus alarifes. Como vemos, la ciudad padecía escasez de agua pero sus habitantes eran regularmente limpios y aseados o, al menos, los cronistas de aquel entonces no hacen mayor hincapié en la falta de higiene de los porteños. El río, al parecer, cubría las ex¬pectativas de la población.

Aguateros porteños y agua "importada"

El problema de la escasez e impureza del agua se arrastraba desde los tiempos del colo¬niaje. Concolorcorvo, seudónimo de El Lazari¬llo de Ciegos Caminantes, visitó Buenos Aires en 1773 e hizo una serie de observaciones entre otras materias sobre el aprovisionamiento del agua del Río de la Plata. Afirmaba que, si bien era turbia, dejándola reposar en grandes tinajones se clarificaba y era excelente. Pero a continuación criticaba a los negros aguadores que tomaban el líquido "que a la bajada del río queda entre las peñas, en donde se lava toda la ropa de la ciudad, y allí la cogen los negros por evitar la molestia de internar a la corriente del río". Le causaba tal fastidio ver "maniobra tan crasa" hecha repetida veces que "desde enton¬ces sólo bebe de la del aljibe que tiene en su ca¬sa don Domingo de Basavilbaso, con tales pre¬cauciones y aseo que puede competir con los mejores de Europa".

Basavilbaso poseía en ese entonces una de las más lujosas casas en pleno centro de la ciu¬dad y era el administrador del Correo designa¬do por la Corona. La limpieza del aljibe guar¬daba importancia, pues, al mantenerse el líqui¬do en un ámbito cerrado, cualquier miasma o germen contagiaba a toda la superficie gene¬rando un foco infeccioso. Concolorcorvo men¬ciona además como vecino con aljibe como si sólo fueran ellos dos los únicos a don Ma¬nuel del Arco, primer marido de la madre de Mariquita Sánchez, de cuyos aljibes hablare¬mos luego.

Otros cronistas de fines del siglo XVIII alu¬den al mismo tema. El capitán Juan Francisco de Aguirre a quien acabamos de citar, también tacha a los negros aguateros de negligentes en la toma del agua e insinúa como causa su incli¬nación a mantenerse en las cercanías de las la¬vanderas. La crítica a las lavanderas es, en cierto modo, confirmada por el relato que ha¬ce en sus Memorias Mariano Somellera, cuando fuga por el río junto con el general Paz y otros opositores al gobierno de Rosas. Entre las difi¬cultades a sortear incluye "las toscas de la ri¬bera que estaban empapadas con agua con ja¬bón (y) hacían imposible una marcha ordena¬da así como también los numerosos pozos de lavanderas que allí habían". (2)

El marino español Francisco Millau llegado poco antes que Concolorcorvo, luego de afir¬mar que en Buenos Aires "el número de ne¬gros y mulatos es corto en relación a otras ciu¬dades" del virreinato, agrega que el principal oficio "en el que se ejercitan es en el de agua¬dores yendo a sacar a caballo con barriles el agua del Río, que distribuyen, vendiendo sus cargas a todas las casas de la Ciudad".

En la extensa lista de oficios ejercidos por los negros, Wilde no incluye a los aguateros pese a que le dedica a ese gremio un capítulo, con datos que toma de Vidal. En un muestreo de aguateros que he tomado del censo de 1827, los negros no son la mayoría, los hay de raza blanca, gallegos algunos, criollos, pardos e in¬dios. Un par de aguateros están casados con lavanderas; esto explicaría la manía tan critica¬da por Concolorcorvo.

Este autor añade otro dato: algunos vecinos se hacían traer el agua del río Negro (Uru¬guay). También los virreyes fletaban una chas¬quera con ese mismo propósito, pues el Fuerte carecía de un depósito de agua.

Vencido los ingleses y elegido Liniers virrey, ordenó, según una nota redactada el 5 de octubre de 1808 de su puño y letra, la construcción de un aljibe "en el patio principal de esta citada fortaleza, uno de dos naves con 16 varas de lar¬go y seis de luz cada una de ellas". Entre los fun¬damentos que invoca para justificar la obra, alu¬de a los gastos en que se incurre al fletar "una chasquera con el solo objeto de traer agua del río Negro para consumo de los señores virreyes, mis antecesores", confirmando así los datos da¬dos por Concolorcorvo. No así la construcción del aljibe que sólo quedó en proyecto.

Precio del agua y proyectos para construir fuentes públicas

En la ciudad de Córdoba, por iniciativa del que después devino virrey Sobremonte, en el año 1791 se construyó un acueducto y se inauguraron dos fuentes. Ignacio Núñez, en su Autobiografía, afirma que este virrey a quien conoció "un pigmeo en estatura" bajo la dirección del ingeniero Boneo, mandó construir el muelle de piedra y el paseo de la Alameda (actual Leandro N. Alem) que tenía "en los extremos 4 fuentes en forma piramidal que regaban 25 yardas en circunferencia", pero carecían de defensas contra "las sudestadas que son tan comunes y tan fuertes en nuestro río" y al tiempo no quedaron de ambas sino vestigios.

Después de la revolución la situación no varió. Rivadavia, autorizó un aumento de precio a la cubeta de agua que en ese entonces se vendía en medio real. La causa fue la difícil manutención de los bueyes debido a la epidemia que azotó la campaña de la provincia. Esta razón parece más válida que la guerra con el Brasil. (3)

Según Vidal, el balde que se ve en sus pinturas en la parte trasera de la carreta, tenía capacidad para 4 galones y el precio de cuatro de esos baldes era medio real. Beaumont da iguales cifras. Cuatro reales sumaban medio peso. El balde era llenado con una manguera de cuero que estaba adherida a la parte posterior del tonel y, acto seguido, se descargaba en pipas que, como era de práctica, cada vecino tenía en el patio de su casa.

Rivadavia, con la finalidad de rendir homenaje a los "autores" de la revolución de Mayo, presentó un proyecto de ley que provocó gran polémica en el Congreso Constituyente de 1826 , propiciando la construcción de "una magnífica fuente de bronce en la Plaza de la Victoria", alimentada por futuras aguas corrientes (4). Duró poco su mandato y por supuesto el proyecto nunca se concretó.

El tema de las aguas corrientes para Buenos Aires ya había despertado tiempo antes la inquietud de don Bernardino, quien contrató los servicios del ingeniero hidráulico Santiago Bevans para proyectar la construcción de una toma de agua detrás de la Recoleta, pero ese intento fracasó, así como otro posterior a cargo del ingeniero Pellegrini. Lo cierto es que la única "fuente" pública con que contaba Buenos Aires era el pozo de balde situado en la Plaza Mayor, a un costado de la Recova.

Los privilegiados dueños de aljibes

Concolorcorvo, como ya lo señalamos, nombró a dos prominentes vecinos en cuyas casas había aljibes y Parish afirmó que era costosa su construcción. Revisando protocolos en el Archivo General de la Nación encontré en uno del escribano Agrelo a quien Lucio Mansilla describe con "anteojos verdes, regordete, ágil" una escritura que confirma los dichos del diplomático inglés. Trata la construcción de un aljibe en la finca de Maipú N° 6, entre su propietario, el rico napolitano Fidel Honrado Casati y el maestro albañil Patricio Linch, un irlandés llegado poco antes con su familia a la ciudad.

La obra debía reunir las aguas de los techos de las habitaciones del primer y segundo patio especificando el número y tamaño de los conductos, calidad de la cal y de la arena que debían ser traídas de la Bajada y San Isidro, y otros datos que se pueden leer en la transcripción del contrato celebrado en 1829 que, por su extensión se publica como apéndice.

El importe a pagar por el trabajo, 3.750 pesos moneda corriente, era considerable. Casad era un napolitano que se radicó en Buenos Aires a fines del siglo XVIII y en su casa de Maipú casi esquina Rivadavia, estableció un almacén de drogas con el que forjó una pequeña fortuna. Ya mayor, se desposó con Mónica Insúa, viuda, y dejó descendencia. Una de las hijas de don Fidel se casó con don Daniel Me Kinley, uno de los comerciantes más ricos de Buenos Aires.

Revisando la testamentaría de Casati encontramos más datos. Agregado al expediente se encuentra un plano de la finca dibujado por el perito designado para tasar la propiedad. Allí se puede ver trazado con un gran círculo el aljibe en el centro del primer patio. Reproducimos una copia del mismo para que se pueda apreciar la distribución de los ambientes y la ubicación del aljibe dentro de la propiedad. También se puede ver que en la propiedad de Casati se había construido a un costado del segundo patio un pozo de balde.

El agua del aljibe era (y es, aún hoy en las provincias) utilizada para beber y cocinar. En cambio, la de pozo de baja calidad, llevaba otra finalidad: el aseo de la familia y la limpieza del hogar.

El baldeo de los patios y veredas que originaban algunos trastornos vecinales y a veces policiales se practicaba con ese agua. Recordemos que no existían bocas de tormenta y la mayor parte de las calles eran de tierra o de un pésimo empedrado que tornaba harto difícil el tránsito de vehículos y personas. La autoridad pública hacia respetar con multas la prohibición de arrojar agua sucia a la calle, cosa que ocurría con bastante frecuencia a juzgar por los informes de los celadores de la policía. Esta ordenanza rigió también, tiempo después, para "los establecimientos de baños públicos".

Agua de pozo o agua de aljibe

En un buen número de testamentarias de vecinos de Buenos Aires de comienzos y mediados del siglo XIX se incluye en la tasación de sus fincas, los pozos de sacar agua "con calce y brocal", pero la inmensa mayoría no poseía aljibe. La familia Santa Coloma, una de las más ricas de la provincia, entre otras propiedades, poseía dos casas en el centro descriptas por Calzadilla; la de la calle Rivadavia y Florida, catalogada como la más suntuosa, carecía de aljibe. En cambio, la de Chacabuco 349, pleno barrio sur, poseía uno "de capacidad de 80 pipas con brocal de mármol y armazón de hierro".

El valor de los pozos variaba de acuerdo con la calidad e importancia de la obra, entre 160 y 190 pesos de la época primer y segundo gobierno de Rosas y en algunos casos, si estaban rodeados "con pilares y arco", superaban los 200 pesos.

Algunos eran "medianeros", es decir compartidos con su vecino; tal el caso de doña Ana Perichon, inquilina de una de las casas de la testamentaria de Pérez Millán, en la calle Cerrito al llegar a Cangallo. El riesgo de estos pozos era el de su contaminación dado su proximidad con los llamados "comunes" o pozos negros, situados en los fondos, cuya única función era ir de cuerpo. Originaban graves trastornos, no sólo al propietario sino a sus vecinos. La regla general era entonces contrariamente a la imagen tan difundida de la casa colonial que la generalidad de la población... ¡no contaba con aljibe en su vivienda!

"Pocas casas de la ciudad tenían aljibe, confirma Mansilla, indicantes de alta prosapia o de gente que tenía el riñón cubierto; daban notoriedad en el barrio, prestigio; y si por la hilacha se saca la madeja, tal o cual vecino pasaba por grosero por los muchos baldes de agua fresca que pedía; y tal o cual propietario, porque sólo a ciertas horas no estaba con llave el candado de la tapa del precioso recipiente". La observación de Mansilla confirma la escasez de agua potable y la dudosa pureza del líquido extraído del río.

El agua escaseaba. Sin embargo, los porteños de entonces se daban maña para jugar al carnaval a todo trapo. Los hermanos Robertson, que vivieron muy cerca del café de la Victoria, cuentan en una de sus conocidas Cartas Sudamericanas, el episodio padecido por un inglés enemigo de las juergas carnavalescas que se resistió a ladrillazos a las mojaduras y estuvo a punto "de ser arrojado al gran aljibe del café de la Victoria" en represalia. (5)

Tanto este café, como el más famoso de los Catalanes "cuya agua de aljibe con panal era una delicia, fresca como el hielo", el de Marcó y el de "Martín", a diferencia de los cafés londinenses "donde el terreno es tan caro", contaban con espaciosos patios que en verano eran cubiertos con toldos que ofrecían a sus clientes "un placentero refugio contra el calor del sol y añade Mr. Love tienen aljibes con agua potable".

Estos patios eran tan espaciosos que en un café ubicado en pleno centro se pudo consumar el asesinato de una mujer. "En el patio principal del café existían grandes tinajones de barro, destinados a recoger las aguas pluviales" del establecimiento. Una noche, perseguida por su celoso amante, una mujer se escondió dentro de uno de ellos pero fue apuñalada por éste, "conocido por la vida más extraviada, aunque de una de las familias más decentes". Este hecho espeluznante es relatado por Núñez en su Autobiografía. Todo esto sucedía en el café de Monsieur Ramón, lindero con el teatro (actual Cangallo y Reconquista) "hallándose llena de jóvenes la sala de billar, y de otros jugadores la sala de naipes y loterías".

Los aljibes de Mariquita

El aljibe más lujoso era, por supuesto, el que se encontraba en la casa más suntuosa de la ciudad, la de Mariquita Sánchez de Thompson en la calle del Empedrado, (Florida 87 de la antigua denominación). Sin embargo, de acuerdo con el inventario levantado en 1809, en la testamentaria de Manuel Gallego (6), famoso funcionario contrabandista, el aljibe más importante de la ciudad, de paredes dobles, era el de la mansión que este poseía en el actual parque Lezama. Era de dimensiones enormes: 169 varas cuadradas (cada vara equivalía a 0,87 cms.). (7)

Y con respecto a la señora de Thompson, la amiga de ella Mariquita Nin nos ha dejado una descripción de lo que era realmente esa mansión, donde al entrar al patio "ves un artístico aljibe de mármol con sombrero de fierros forjados formando glorieta". Tal vez se tratara del mismo cuyas mentas le llegaron a Concolorcorvo.

Al enumerar los detalles que adornaban la asa de Marica, así la llamaban, explica que es distinta a las demás en su construcción y "tiene también una curiosa distribución de aguas por tubos desde los patios, que pasan por medio de llaves a las tinas y otras maravillas".

Parece indicar que las tinas o bañaderas eran llenadas a través de cañerías, sistema único en ese entonces en Buenos Aires. Sin embargo, las tinas de la casa de Mariquita, al parecer, no se encontraban fijadas a las cañerías y eran de fácil transporte, según se desprende de la carta que desde Montevideo, transcurrido un lapso bastante prolongado de su ida, le escribe su hija Florencia Thompson pidiéndole que le envíe la suya, pues "mucho preciso bañarme". Podemos suponer además que la tina de Mariquita era un artículo de uso exclusivo; no se explica sino, que no obtuviera en su reemplazo la bañadera montevideana en lugar de mandar hacer traer la suya desde Buenos Aires.

Si examinamos el plano que trae Las Cartas de Mariquita, libro editado por Peuser y compilado por Clara Vilaseca, podemos contar no uno, sino cinco aljibes en la casa de los Thompson, ubicados en otros tantos patios, con lo que podríamos llegar a la conclusión de que el lujo de las propiedades de ese entonces se determinaba por la cantidad de aljibes que poseían, número inigualado en todo tiempo. Lo gracioso del caso es que, si nos atenemos a los dichos de Santiago Calzadilla, el agua de los cinco aljibes no le bastaba a Mariquita a la hora del baño. El autor de Las beldades de mi tiempo, relata una historia tan estrambótica sobre los encuentros clandestinos entre ella y su futuro primer marido, que vale la pena contarla.

Como Thompson era judío (versión Calzadilla), los padres de la niña se opusieron al noviazgo. "El inglés que no era lerdo, parodiando al duque de Buckingam con Ana de Austria, se entendió con el aguatero de la casa pues, como es sabido, en ese tiempo no había aguas corrientes, ni pestes; y tomando su traje y pintándose la cara de sucio, para que mamá (todas las criadas, como sucede, estaban en el secreto) no lo conociera, entraba a la casa a distribuir y llenar el baño para su Dulcinea, que lo esperaba con cariñoso anhelo, a recoger una miradita siquiera, del rubio inglés, y darle un pellizco de esos que daban entonces a manera de cariños, como para advertirles que no se demandaran".

Toda una fantasía de Calzadilla que ignora hasta el nombre correcto de Thompson y sostiene que, una vez quebrada la oposición materna, el inglés aporta como regalo de boda la casa de la calle del Empedrado, cuando es sabido y ella lo declara en su testamento que don Martín Jacobo Thompson no sólo no aportó nada a la sociedad conyugal al tiempo de casarse, sino que ella tuvo que afrontar una serie de gastos irrogados por la enfermedad de su primer esposo que mermaron considerablemente su patrimonio. De todas maneras con el segundo le fue peor. Dejemos por el momento a Mariquita y sus baños y volvamos a nuestra ciudad para ver cómo se las arreglaba el resto de la población.

Los aguateros ambulantes y sus carretas de transporte

La gente más pobre, "las clases más bajas", especifica Woodbine Parish, están obligadas a depender de los aguadores ambulantes que a ciertas horas del día "se ven holgazanamente recorrer las calles con grandes pipas que llenan en el río, sostenidas sobre las monstruosas ruedas de las carretas del país y tiradas por una yunta de bueyes; artefacto pesado y costoso difícil de manejar que hace que el agua cueste mucho aún estando a un tiro de piedra del río más caudaloso del mundo". Hay una singular coincidencia de opiniones con Concolorcorvo y su crítica al gremio aguatero.

Su connacional Emeric Essex Vidal, que arribó a Buenos Aires diez años antes en 1816, fue quien más acabadamente nos ha dejado un fiel retrato de la ciudad y de los carros aguateros. No sólo los pintó en varias oportunidades; también hizo una minuciosa descripción de estos medios de transporte acuático. Comienza Vidal por afirmar, siguiendo una tesitura opuesta a la de W. Parish "que este país nunca puede ser irrigado por canales artificiales y no pueden adaptarse molinos de agua ni ninguna otra máquina hidráulica debido a la inexistencia de desnivel en los alrededores de Buenos Aires. Tampoco admitirá añade ningún acueducto para una fuente, porque el agua de los ríos y de los pequeños arroyos sólo tiene la caída para hacerlos correr", sacando como conclusión que "sin la ayuda de máquinas a vapor sus habitantes jamás podrán obtener agua, ya sea con propósitos útiles o decorativos". Esta opinión tal vez explique la causa de que Buenos Aires no contara con fuentes públicas, tan comunes en otras ciudades de aquel tiempo.

Dice a continuación que lo primero que llama la atención del extranjero al desembarcar son estos carros que trabajan todo el día, excepto durante el calor del verano "pues toda la ciudad se abastece por intermedio de ellos: porque los pozos, a pesar de ser numerosos, no producen más que agua mala, sucia, impropia para la cocina; el número de estos carros es entonces considerable".

Acicateados con la picana y la macana por el aguador que va sentado en la pértiga, dos pobres bueyes recorren continuamente el camino que va de la ladera de la costa a las calles de la ciudad tirando el carro construido de de madera paraguaya. Sus dos ruedas que soportan la pipa o tonel donde se carga el agua tienen más de dos metros de altura "para permitir que los carros entren hondo en el agua, que debe recogerse tan limpia como sea posible". El manejo entre las toscas del río de ese artefacto con sus gigantescas ruedas y la maniobra del llenado de las pipas no habrá sido nada sencilla para el aguatero como para poder darse el lujo de "elegir" el curso de agua.

Los carros aguateros eran escasos y, como lo certifican varios contratos suscritos por los peones con dos tintoreros, eran costosos. Los señores Bossard Ygounet y Co., capitalistas franceses dedicados a montar una cadena de tintorerías en ambas márgenes del Plata, compraron la carreta aguatera "con pipa, barril y apero correspondiente" y sus dos yuntas de bueyes y lo entregaron al peón aguatero debiendo este, a su vez, proveer al establecimiento de una pipa diaria durante un lapso equivalente al valor de la carreta (300 pesos), vencido el cual pasaba a ser propietario de esta y sus aperos y bueyes. Una suerte de leasing bastante curioso incentivado sin duda, por la carencia de agua debido a la guerra con el Brasil. Este oficio contrariamente a la imagen que da Parish en su relato debió ser bastante esforzado. Un pleito entre los aguateros y la milicia en Montevideo corrobora las dificultades que padecía el gremio.

En esa ciudad, durante las invasiones inglesas, los carros aguateros de propiedad del Rey se vieron superados por la demanda y su capataz formuló quejas a la autoridad. Esa dotación proveía de agua a la plana mayor del ejército y a la viuda del sargento mayor de la Plaza, don Juan de los Reyes. Pero como debía cubrir también las necesidades "del Presidio, del Hospital del Rey, de los Cuarteles y Guardias de Obras ordinarias y extraordinarias" y contaba sólo con tres carros aguateros, apenas daba abasto.

La cosa se complicó aún más, pues los oficiales pretendieron abastecer también sus casas particulares con una pipa al día "para lavar la ropa y regar sus jardines según relación del capataz de los carros y además (los aguateros) les han de labar las tinajas y entrarles el agua de caneca en caneca hasta el interior de sus casas sin consideración a que si algún criado de la casa los ayudase con un barril y una palanca, en la octaba o décima parte del tiempo se podría baciar la Pipa dando más lugar a que se pudiera dar abasto los carros".

Este trajín era diario y el gremio militar, crecido por los recientes acontecimientos y habituado a estas corruptelas, hacía ilusorio que tan pequeño número de carros pudiera afrontar tanta demanda. Las quejas y reclamos de los peones y el capataz motivaron al jefe de la plaza a suspender tales abusos.

Ese expediente nos hace vislumbrar el drama cotidiano de las familias para disponer del líquido elemento pese a vivir frente al río más ancho del Nuevo Mundo. Nos muestra cuál era la utilización que se le daba al agua traída del río por esos carros aguateros haciéndonos conocer además, la existencia de un convoy de carretas denominadas "del Rey" subordinadas al gobernador en la plaza de Montevideo.

Otro problema eran los bueyes, esos animales "cuya desventura está más allá de toda descripción", frase de Vidal. Algunas instituciones poseían sus propios carros aguateros con sus yuntas de bueyes. Estos animales eran largados a pastorear por sus dueños sin importarles mayormente el daño que provocaban en los sembrados y chacras de los vecinos.

Pero uno de estos, conocido cascarrabias de la zona de la actual casa Amarilla en la Boca, furioso porque los bueyes que el Hospital General de Hombres tenía para extraer el agua del río no respetaron su quinta, pese a estar cercada de tunas, baleó a uno de ellos. Acusado del hecho, el almirante Brown debió hacerse cargo del valor del animal.


Notas

1. Confirmando la mala calidad del agua de la época, el conocido historiador Raúl A. Molina, especialista en temas de divorcio, afirma muy suelto de cuerpo que una de las causas de este "flagelo" era la tendencia de las señoras a reemplazar (el agua) por bebidas espirituosas. La debilidad de las porteñas entonces, según él, era la pésima calidad del líquido (agua).
2. El punto de embarque con la ballenera que los cruzaría a la Banda Oriental, se encontraba a la altura de la avenida (calle en ese entonces) Belgrano. La familia Somellera vivía en Balcarce 46 esquina Belgrano. Según Mármol, a esa altura de la costa fue degollado el coronel Quesada.
3. A.G.N.,Archivo de Policía. Sala X 32 10 3.
4. Muchos años más tarde, ya en pleno siglo XX, la gestión hecha por las autoridades para colocar la famosa fuente de Lola Mora en la Plaza de Mayo fracasó por la oposición eclesiástica. Las Nereidas con sus desnudos torsos y traseros serían mal vistas desde la Catedral.
5. Robertson,Tomo III, pág. 86.
Aunque Gallego en su testamento declara estar secretamente casado con una Andonaegui, sólo le deja un pequeño legado. En cambio instituye herederas de su mansión y de su fortuna a sus hermanas.
6. A.G.N. Sucesión 5903.

* El autor es abogado e historiador porteño. Este artículo fue publicado en “Historias de la Ciudad – Una Revista de Buenos Aires” (N° 17, Setiembre de 2002),
Fuente
Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires.

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