martes, agosto 4

Los baños porteños- 2° parte

Las casas de baños porteñas de fines del siglo XIX

En este articulo se intenta dar un panorama de esta interesante temática hasta principios del siglo XX, pues como afirmaba Galarce en 1886: "La casa de baños es y ha sido siempre una necesidad indispensable para Buenos Aires, no sólo por el calor sofocante de nuestro clima en verano, sino porque innumerable cantidad de personas se bañan durante todo el año, tanto para conservar la limpieza del cuerpo, como por la indiscutible influencia benéfica que se siente en la salud moral y material del individuo".


Por Arnaldo J. Cunietti Ferrando *

Hemos leído con avidez y admiración el minucioso trabajo de investigación del Dr. Méndez Avellaneda sobre la primera casa de baños de Buenos Aires que finaliza en las postrimerías de la época de Rosas.l Y como teníamos alguna información sobre el tema de fines del siglo XIX y principios del XX, se nos ocurrió que sería interesante completarlo, aunque sin alcanzar ese plus de amenidad y erudición del impecable relato de nuestro colega historiador.

Culmina su trabajo Méndez Avellaneda hacia 1850, en el momento en que se inician los servicios de baños a domicilio, de día y de noche, con precios fijos para las diferentes categorías. Pero este sistema no estaba al alcance del pueblo común que seguía bañándose en el río, como lo hacían en Madrid las modistas y los artesanos.

Así lo informa una guía porteña de 1864:

"La Policía recuerda anualmente lo que tienen que observar los bañistas en el río. Está dispuesto que todo individuo que entre al río a bañarse, deberá efectuarlo, a cualquiera hora que sea, con un trage bastante cubierto de la cintura abajo, y que los que contravinieren lo dispuesto serán conducidos al Departamento, donde pagan una multa de 50 $ m/e., o en su defecto, sufren ¡in arresto de 48 horas, publicándose además sus nombres en los diarios".2

Pillado, sólo consigna la dirección de dos casas de baños públicos: la de Augusto Campbell, situada en Piedad (Bartolomé Mitre) 181 y la de baños rusos de Miguel Puiggari, en Belgrano 362. Que existían otras, de mayor o menor categoría, lo deducimos de otra noticia del mismo autor, cuando señala que estos establecimientos "pagan los impuestos municipales de segunda clase, por serenos 15 $, y 25 por alumbrado a gas. Las situadas en las calles cuyo alumbrado es de aceite, pagan 10 $ por el alumbrado de 1 ° y 4 por el de 2°".

En el "Gran Almanaque de La Tribuna" de 1868, encontramos una interesante publicidad de la casa de baños de Tomás Lassarte en la Plaza de Monserrat, calle Belgrano 264, donde descubrimos que los "brvios rusos" eran a vapor y aptos, según el director del establecimiento¬para curar radicalmente el reumatismo, las erupciones cutáneas y los resfríos.

Aunque las había para todos los gustos y presupuestos, las casas de baños porteñas tenían una clientela refinada y eran muy rentables, por lo que en la década de 1870, un renombrado fotógrafo como Christiano Junior, fanático de la higiene, había instalado uno en la calle Artes 180, (hoy Carlos Pellegrini) en el mismo edificio de su fotografía y otro en la calle Florida 193. 3

La opinión de un médico higienista

En el año 1874, el Dr. Guillermo Rawson dictó una serie de conferencias sobre la higiene pública y privada en la Facultad de Medicina. Analizó exhaustivamente el problema del agua potable, de los aljibes, los pozos artesianos, los lavaderos, el agua de mar y de los ríos y su incidencia en la salud de la población, que unos años atrás se había visto enfrentada a la grave epidemia de fiebre amarilla.

Haciendo comparaciones con diversas ciudades de Europa y América, concluía que lo ideal era que cada individuo contara con un mínimo de 100 litros de agua diarios para la limpieza doméstica, los baños, el lavado, las abluciones corporales y en consecuencia, para la buena higiene. Y expresaba sobre el particular:

"Nosotros necesitamos baños públicos gratuitos o muy baratos y no los que actualmente tememos, disfrutados tan solo por los ricas. El pobre necesita aseo, necesita agua abundante, tanto mas cuanto que sus condiciones especiales lo amenazan de suciedad y de pestilencia; y el baño accesible a sus fuerzas es, n no dudarlo, uno de los más poderosos elementos para su higiene, que, en último término, es la de la comunidad".4

El problema de la higiene en las clases populares, se agudizó más tarde con la llegada de una inmigración que, exigua al principio, se convirtió muy pronto en masiva. Proliferan así los conventillos y en contraposición a las exclusivas salas de baño, los inmigrantes no contaban con recintos adecuados para asearse.

Un anónimo cronista que visitó uno de ellos a principios del siglo XX, cuenta que preguntó si se bañaban mucho los inquilinos, porque un solo cuarto de baño para tanta gente, no alcanzaba. El diálogo fue el siguiente:

" ¡Bah! exclamó la gruesa encargada, ninguno de estas se ha bañado una sola vez en todo el año... Ahí está la llave del cuarto, quieta siempre...

Arrojamos una mirada al patio, donde cosían nenas diez o doce lindas obreritas, de esas que inspiran semanalmente tanta novela sentimental!...

Ni una se ha bañado en todo el año...¡Ahí están! ... A ver si dicen que no es cierto...

Las chicas iy qué lindas eran! se miraron sonriendo, un poco mohínas. Ninguna protestó. La encargada, que tampoco se había bañado seguramente , nos dio la espalda con un aire triunfal".

Otros se bañaban por turnos en tinas de agua dentro de sus piezas y los niños y niñas pequeños, aprovechaban las piletas de los conventillos, allí donde se lavaba la ropa y los platos, para asearse y refrescarse. Y qué decir de las letrinas; no sólo no servían para bañarse, sino que tenían siempre que compartirla, con todos los habitantes de la casa.

Era habitual entonces que muchos usaran sitios, más o menos recatados, en las mismas calles, generalmente una pared para salir de sus apremiantes apuros, costumbre que venía de muy antiguo en Buenos Aires y en otras ciudades de la América española y que aún hoy, no pudo ser erradicada.

Martínez Estrada cuenta que era común ese modo de orinar hasta bien avanzado el siglo XX. Cuando se suprimieron los mingitorios municipales, acota: "se encontraban transeúntes parados en el cordón de la acera, como si les hubiesen quitado el reparo quedándoles la costumbre y sin saber qué hacer. " Y relata una divertida anécdota sobre la "expulsión de las aguas" antes de los mingitorios, de cuya veracidad no abrimos juicio: "El más original que hemos tenido señala fue aquel sin paredes, donde el general Rosas despidió al ministro Mandeville. Se iba el ministro y el general lo acompañaba, detrás. Al volverse aquél, comprobó un acto de lo menos diplomático del protocolo sudamericano. "5

El problema en la década de 1880

Pero retornando al tema de los baños públicos del siglo XIX, señalaremos que era un problema que no sólo afectaba a nuestra población, sino a casi todos los países de América. Rawson nos da una divertida anécdota referida a un pueblo mejicano:

"Un amigo nuestro relataba viajaba por California. De regreso, pobre y sucio, detúvose en Mazatlán (México), población de 6.000 almas que, con aspiraciones deformar una gran ciudad y como para darse más apariencia de civilización, se había provisto de baños públicos.

Según nos refería el individuo de quien hablamos, su primer cuidado, cuando llegó fue procurarse un baño, el cual consistió en pararse desnudo sobre una tineta de barro y esperar que otro individuo vertiese agua sobre su cuerpo.

Al día siguiente supo que esa misma agita, ya usada, servía para otros baños...¡y los mazatlandeses creían esto un gran progreso!"6

Diferente era la situación en Buenos Aires. En 1886, Galarce afirmaba que en nuestra ciudad los baños eran una necesidad indispensable, a pesar de la proximidad del río, por el calor de nuestro clima y la gran cantidad de personas que los utilizan todo el año por la limpieza y su indiscutible influencia benéfica. Por esa época, los médicos los prescribían y aconsejaban tomarlos con frecuencia, contribuyendo con ello a promover su difusión entre muchos capitalistas e inversores que erigieron casas de baños "algunas de importancia, bien reglamentadas y dotadas coco todas las comodidades que prescriben el aseo, el buen gusto y hasta el Iujo".7

Y José Antonio Amorena en 1888 señalaba: "Varios son los establecimientos que existen en esta Capital que reúnen todas las comodidades, todos los entretenimientos de buen gasto para hacer más agradable el momento del bono, uniendo a todo esto el lujo y confort más esquisito. Algunos de ellos cuentan con magníficas piscinas para natación e inmersión y también con piletas de agua tibia, de afrecho, de mar artificial, rusos, de lluvia, y duchas escocesas, etc. "

Estas casas, que incluían además salas de estar y gimnasios, estaban abiertas al servicio público todo el año, y aunque durante siete meses permanecían casi inactivas, en el verano tenían una animación extraordinaria y su precio fluctuaba entre los 38 y 41 centavos cada baño y de 30 a 32, cuando se tomaban por abonos de una docena.

Amorena menciona sólo ocho en el centro y uno en Barracas, aunque debieron existir algunos más, no dignos de figurar en una guía publicitaria. Los fichados, estaban ubicados en Piedad 45 y Piedad 630, San Martín 148, Artes 180, Florida 189, Belgrano 362, 25 de Mayo 5, Balcarce 80 y en la Avenida Santa Lucía 44, de la antigua numeración.

Pocos años antes se había abierto uno en el pueblo de Belgrano con piletas para natación por una sociedad por acciones, "que produjeron un movimiento y actividad inusitadas en la población de la capital, que hizo de aquella localidad su centro de reunión".

El de la calle Piedad 45, al lado del Banco de Londres, denominado "La Argentina", inaugurado en 1883, ofrecía duchas y baños de inmersión fríos y calientes, con agua de pozo surgente renovada diariamente y tenía anexa una escuela de natación. Abría desde las 5 de la mañana hasta las 12 de la noche; un baño costaba 50 centavos, el abono para 12 baños, 4,50 pesos y por 100 boletos se pagaban 32 pesos. Complacía unos 350 bañistas diarios, con ocho empleados en verano y tres en invierno. También existían hoteles como el Argentino y el Universel, que prestaban estos servicios.

Esta era la situación, un año antes que se proyectara un complejo de baños públicos, verdadero emporio que incluía negocios, teatros, restaurantes, etcétera, accesibles también a las clases bajas de la sociedad. Pero antes de entrar en materia, tenemos que referirnos a un personaje de honda gravitación en el tema.

La actuación del coronel Gaudencio

Era éste, un militar retirado, mejor dicho, dado de baja en contra de su voluntad, por el gobierno uruguayo, pues aunque Carlos María Gaudencio era porteño, soldado mitrista en Cepeda y Pavón y había hecho la guerra del Paraguay donde alcanzó diversos ascensos, Montevideo lo fascinaba.

En esa ciudad transcurrió muchos años de su vida militar, contra Venancio Flores, a favor de Lorenzo Battle, contra Aparicio Saravia e intrigando contra el presidente Gomensoro. Este último, en castigo, lo expulsó de las filas del ejército.

Y aunque volvió a ser reincorporado, luego conspiró para tramar el secuestro del dictador Lorenzo Latorre, que fracasó. Tuvo que refugiarse en el consulado argentino, de donde salió huyendo hacia Buenos Aires.

En el fondo era un aventurero que debió realizar diversos trabajos para sobrevivir, entre ellos la fundación de un diario, la organización de una empresa de colonización del Chaco y en la frontera con Brasil y otros diversos menesteres. En 1880 estaba en Buenos Aires, donde consiguió ser nombrado comisario y luego comandante en la Boca del Riachuelo.

Cinco años después conspiraba aquí para derrocar al general Máximo Santos y durante el gobierno del general Tajes, retornó al Uruguay para especular con diversas empresas mercantiles, especialmente de obras públicas.

¿Por qué nos interesa este coronel Gaudencio?

Porque estando en Montevideo a mediados de 1887, concibió el proyecto de fundar un gran establecimiento de baños públicos y coronó exitosamente la empresa. En seis meses ya estaba en funcionamiento en un balneario llamado Playa Gounoulhiu. Los principales usufructuarios eran los denominados "inmigrantes veraniegos" provenientes casi todos de Buenos Aires, que ya por ese entonces parece que tenían debilidad por las playas uruguayas.

Es curioso comprobar que siempre el Uruguay estuvo, por lo menos en materia de baños públicos, más adelantado que nosotros. Ese verano su establecimiento fue muy visitado, pero luego decayó por la crisis que sobrevino en ese país, que lo movió a intentar la misma empresa en Buenos Aires, donde las perspectivas comerciales eran más favorables.

* El autor es historiador porteño y numismático. Este artículo fue publicado en “Historias de la Ciudad – Una Revista de Buenos Aires” (N° 18, Diciembre de 2002),
Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires.

1 comentario:

  1. Excelente sitio. Estoy terminando un libro sobre "los abuelos" en mi familia. Me permites copiar algunos párrafos mencionando el origen de la información de tu blog? Por favor responde a

    Gracias!

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