viernes, agosto 14

La Masacre de Tandil

En la noche del 31 de diciembre de 1871, los argentinos más que despedir al año que terminaba coincidían en saludar alborozados el inminente comienzo del 72. Tenían un motivo muy importante y muy grave para desear fervientemente el final de aquel 1871 que les había sido nefasto por muchos motivos, pero fundamentalmente por la epidemia de fiebre amarilla que castigó muy duramente a los porteños.

El azote se había detectado a principios de año en la República del Paraguay, donde dejó un tendal de víctimas. De allí pasó a la provincia de Corrientes y cuando todo parecía controlado, en los barrios de San Telmo primero y Bajo Belgrano después se detectaron casos de vómitos negros. Ya era tarde. En un solo día llegaron a morir 980 personas. Todo Buenos Aires se convirtió en un inmenso cementerio.

Por eso, cuando las agujas de los relojes marcaron las 24 de aquel 31 de diciembre de 1871, hubo, por encima de tanto dolor, suspiros de alivio.

Pero se equivocaban aquellos que se aferraban a la esperanza nacida del viejo adagio que reza: Año nuevo, Vida nueva. ¿Por qué? Simplemente porque en el primer día fue sacudida por lo que se conoce en la historia argentina como La Masacre de Extranjeros.

Nunca pudieron establecerse en forma fehaciente los verdaderos motivos de aquella guerra expurgadora, pero lo cierto es que la sangre de inmigrantes afincados en zonas rurales bonaerenses corrió aquel día como un río. Tandil fue la ciudad más castigada porque allí estaba afincado el vasco Gerónimo G. de Solané, un místico y predicador apodado por los colonos Tata Dios. Habia nació en Entre Ríos. Alto —por lo menos un metro noventa— mirada profunda y penetrante, barba muy espesa y muy larga, igual que su cabellera, su sola presencia solía imponer respeto, según lo atestiguan algunos de sus biógrafos.

Se consideraba como “El salvador de la Humanidad, el enviado de Dios” y con estas facultades lanzó su veneno contra los extranjeros, considerándolos como la causa de todos los males a los que se veía sometido el país. Los gringos hacían mal porque contaminaban la sangre nacional y no obedecían a Dios practicando diversas religiones que no eran más que formas diabólicas que tenía el maligno de desparramarse por nuestras pampas. De su Entre Ríos natal se fue Santa Fe y allí comenzó a surgir su fama de curandero. Pero pronto se vio envuelto en problemas y huyó a Rosario, donde tuvo la misma suerte. Pero este hombre  que iba por los campos con su poncho pampa se hizo muy conocido por las supuesta curaciones milagrosas que hacía, allí donde los médicos no llegaban, Tata Dios, como se lo llamó desde entonces, curaba. Su número de seguidores creció a la par de sus problemas con la policía por ejercer la medicina ilegalmente.

Ramón Rufo Gómez, conocido y respetado hacendado de la zona tandilense tenía un problema que no podían solucionar ni sus aceitados contactos con el poder provincial, su esposa, Rufina Pérez sufría constantes dolores de cabeza que no se iban con nada. Oyó de Tata Dios y vió una salida. Lo cobijó en su estancia “La Rufina” donde permitió que instalara una toldería y un centro de atención. No se sabe si los dolores de cabeza de Rufina cesaron, pero sí podemos asegurar que hasta este puesto llegaban hombres y mujeres de toda la región, entraban enfermos y salían curados, tanto poder no hizo más que engrandecer la figura del enviado de dios. Desde allí tuvo una platea ideal para exponer sus ideas cargados de odio y racismo. Amparado por la ley, su verba no encontró obstáculos para escupir toda clase de advertencias. Decía, aseguraba que por culpa de los extranjeros el país, y el mundo se irían a la debacle. Que el día del juicio final estaba por llegar pero que se podía evitar si desaparecían los masones y los gringos, que no hacían otra cosa que sacar todas las ganancias, robar oportunidades al criollo y en definitiva, por ellos estábamos como estábamos. Con la llegada de Tata Dios a Tandil se creó un clima de resentimiento que fue creciendo hacia los inmigrantes que con su trabajo comenzaban a amasar fortunas. Lo que sucedía aquí, ocurre hoy día. El argentino no soporta que alguien trabaje mejor que él, pero tampoco hace nada por superarse. Lo cierto es que el grueso de la población de Tandil tenía sangre europea, y los criollos eran los menos, pero también eran la minoría a la hora de trabajar.

El discurso de Tata Dios no sólo llega a los gauchos y al pobrerío, sino que también seduce a los hacendados. En noviembre de 1871 los vecinos de la ciudad ya sabían que algo más que curaciones se llevaban a cabo el la toldería de la estancia La Rufina. Ya comenzaban a intuir que algo podía pasar porque en los últimos tiempos las reyertas y un creciente malestar hacia ellos se estaban haciendo cada vez más evidentes. Así fue que se hicieron presente ante el juez de paz Juan Adolfo Figueroa, quien era yerno de Rufo Gómez. Poco hizo por los preocupados vecinos, así fue cómo los seguidores de Tata Dios vieron el campo liberado para realizar su plan de sangre y muerte. Pasaban los días y las reuniones en la estancia se hacían más multitudinarias, alrededor del fogón corría vino carlón y el gauchaje se exacerbaba con el discurso de odio y resentimiento, y lo que se anidaba, tomó forma real y sucedió lo peor, nació un monstruo sediento de sangre foránea.

Aquella masacre, desencadenada el primero de enero de 1872, formaba parte de un plan de exterminio mucho más amplio, que abarcaba Azul, Tapalqué, Rauch, Bolívar, Zárate y otras localidades donde existían grupos de paisanos ligados al movimiento creado por Tata Dios, cuyas prédicas contra los extranjeros y masones —a los que calificaba como enemigos de Dios— habían calado muy hondo.

Aquel primero de enero Tandil dormía. Era día de elecciones, pero ni en los cálculos más agoreros se preveía algún desorden. En las afueras del casco urbano el vasco arengaba a los 50 jinetes que habrían de seguirlo.

A su lado, también a caballo, estaban los hermanos Jacinto y José Pérez, Juan Molina y José María Trejo, sus más inmediatos lugartenientes, Cruz Gutierrez, Juan Villalba y Esteban Lasartea tambien los que la verborragia grandilocuente y demagógica de Tata Dios había cautivado. Jacinto Pérez fue desde el vamos su adicto más fanático. Para sus seguidores, Tata era la reencarnación de Dios y Pérez la de San Francisco. 

La arenga final fue el anticipo de lo que ocurriría. De frente a sus seguidores, montado en su zaino adornado con cintas de colores, Tata Dios promete cataclismos redentores luego de la masacre. Al grito de "mueran los gringos" se lanzaron todos a galope tendido hacia Tandil.

“Tandil se va hundir y un nuevo pueblo nacerá de sus cenizas y nosotros tenemos que contribuir al fin del mundo matando a los enemigos de la religión. Cada vez que Dios levante la mano caerá un masón y si los atacan con balas no deben temer porque las divisas y los cintillos federales los protegerán y no sufrirán ningún daño”, anuncia. La partida estalla en gritos de vivas a la religión y a la Santa Federación y dispara sus armas al cielo.

La masacre

En la plaza central de Tandil se produce el primer muerto, un joven italiano Giovanni que volvía de una reunión de Año Nuevo;  era el organillero de Tandil, querido y buen tano, se ganó el corazón de todos. A esa hora volvía con su órgano a la triste pieza que compartía con Nicola, un paisano amigo. Hacía días que no sabía nada de su novia, una hermosa criolla. Fue el primer extranjero que vieron aquellos salvajes. Lo degollaron y pisotearon.

Minutos después se encuentran con una tropa de carretas a las cuales atacan, y matan a casi todos sus integrantes.

En medio de una gritería infernal y armados con sables, carabinas y lanzas caseras, construidas con cañas tacuara y en cuyas puntas habían atado cuchillos y hasta tijeras, entraron al pueblo sorprendiendo a los habitantes madrugadores.

Entraron al edificio del juzgado como una exhalación. Allí ataron a dos policías y a un ordenanza —no los asesinaron porque eran criollos— y se apoderaron de varias armas.

Dos italianos fueron degollados en la esquina, pero el verdadero exterminio se llevó a cabo en la plaza principal, donde eran llevados a empujones los extranjeros. Fue un festín sangriento. Todos fueron degollados. Algunos decapitados.

Se dirijen hacia el almacén y casa de Juan Chapar (otros autores lo llaman Vicente Leanes) sin toparse con nadie, Chapar era otro vasco y en su pulpería se juntaban todos inmigrantes y extranjeros, todos enemigos de la patria, según los seguidores de Solané. Al llegar allí saquean las dependencias dando muerto a toda la familia de Chapar, junto con otros que allí habían llegado a festejar el año nuevo. Todos mueren degollados. Pero un detalle los delata, queman la libreta contable de Chapar donde estaban las deudas que los hacendados habían contraído con él. Es indudable que los principales terratenientes estaban al tanto de los planes de Tata Dios. En el local de Juan Chapar 22 personas fueron asesinadas, entre ellas un niño de meses.

Siguiendo con el plan, cabalgaron por el camino real y se dirigieron directamente a la vivienda de de un ciudadano norteamericano recien casado William Gibson Smith, de 25 años, y su esposa Helen Watt Brown, de 23, murieron apuñalados y degollados. El empleado de un almacen escocés William Stirling  abrió la puerta y recibió un disparo. Por las dudas lo apuñalaron, pero sobrevivió seis días. Igual suerte corrió Guillermo Thompson, su esposa y sus dos hijos.

En menos de cuatro horas sumaron 36 asesinatos contra inmigrantes (16 franceses, 10 españoles, 3 británicos y 2 italianos, además de 5 nativos). Degollaron a casi todos y, en un caso, sólo después que la víctima quedó amarrada a la rueda de un carro. Violaron a una jovencita de 16 años -también degollada- y mataron de un tiro a una nena de 5 años.

La matanza continuó durante horas en medio de una población aterrorizada. Llegada la noche y ante la noticia de que el comandante José Ciriaco Gómez, al frente de una partida compuesta por vecinos y algunos guardias nacionales, había salido al encuentro de la turba, Tata Dios decide batirse en retirada.

Montando sus cansadas cabalgaduras se dirigen hacia Chapaleufú, pero el comandante Gómez y su gente les da alcance. Quienes horas antes habían degollado hombres, niños y mujeres con salvajismo feroz, se muestran cobardes y llorosos ante su inminente detención. Los que no fueron muertos combatiendo fueron apresados.
A buscar a Tata Dios parte la patrulla policial y lo encuentran al amanecer en su rancho hospital. Lo detienen y lo interrogan y él asegura que no sabe nada de lo que ha pasado. Se lleva las manos al rostro y se larga a llorar. No lo puede creer. Lo llevan como prenda para enfrentar a la partida de gauchos que logró escapar de la noche. Se enfrentan las tropas a campo abierto y el comandante de la Guardia Nacional los intima a rendirse. Una voz aguardentosa grita: “No queremos pelear con ustedes, sólo tenemos órdenes  de matar a gringos y masones”.

Un tribunal formado de urgencia en Dolores condena a muerte a todos los detenidos.  El expediente judicial iniciado por el Juez Dr. Tomás Isla, con intervención del Secretario Dr. Pedro Millivaca y del Fiscal Dr. Omar Villegas, estuvo plagado de errores e irregularidades y contiene una curiosa y desganada investigación que tapó (?) a otros posibles responsables. Como Defensor Oficial de los imputados fue designado el joven abogado uruguayo Martín Aguirre. El 29 de julio de 1872 se dicta sentencia condenando a muerte a tres de los delincuentes y a varios años de prisión a otros. No obstante que Ramón Santamarina había expresado  que había sido traicionado por gente de su confianza, el capataz Escudero – involucrado en un par de oscuros y extraños hechos ocurridos el día antes y la noche misma de los crímenes – fue absuelto.

 En febrero de 1872, la preocupación por la seguridad personal y la insatisfacción con la débil investigación del "caso Tata Dios" motivó la designación de una comisión ad-hoc integrada por Pedro Pereyra, Luis Arabehety, José Fuschini, Carlos Meyeren, Carlos Diaz, Ramón Santamarina , Nicanor Elejalde y Enrique Thompson, que se entrevistó con el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Don Carlos Tejedor el día 15 y días despues con el Presidente de la Suprema Corte. Llevaron la palabra en ambas reuniones Ramón Santamarina y Carlos Diaz. A cargo de las ejecuciones estuvo el coronel Juan Luis Somoza. El juicio a los responsables se hizo rápidamente y la mayor condena fue para Cruz Gutierrez, Juan Villalba y Esteban Lasarte, quienes fueron sentenciados a muerte, bajo la forma del consabido fusilamiento, que se llevó a cabo el 13 de setiembre del mismo año. Lasarte pidió que su cadáver no fuera tocado por ningún italiano: “Quiero ser enterrado por hijos del país”, dijo y ante la mala puntería de los ejecutores, los arengó: “Acérquense más, porque ustedes son chambones y esto ya debía haber terminado”. Gutierrez acabaría sus días, gritando: “Viva la Patria”


Tata Dios no llegó hasta el piquete de fusilamiento. Alguien, nunca se supo quien, le pegó un trabucazo en su propia celda. Al correr la noticia de su muerte, fueron abortados otros exterminios de extranjeros previstos en el plan original en otras ciudades.

 Tandil resultó ser una experiencia piloto, tal vez por la gran cantidad de extranjeros que residían allí en aquellos años. Alemanes, norteamericanos, galeses, italianos, portugueses, brasileños y, sobre todo, franceses, se habían afincado en la zona desde tiempo atrás. No solo fue una experiencia piloto, sino la última de Tata Dios y sus adictos.

La leyenda:

Jerónimo de Solané, alias Tata Dios fue enterrado en la plaza para que todos pisotearan sus restos y de pie, para que no descansara en paz jamás. Sus restos aún continúan allí, bajo tierra, y su condenada alma deberá estar purgando la sentencia eterna. 



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