El Conventillo de la Paloma un siglo después
Por Carlos Szwarcer
Publicado en: Revista Cultural del CECAO. Año II Nº XIX. Mayo de 2004. Córdoba. Argentina.
Ya en 1853, en el Preámbulo de nuestra Carta Magna se especifica que la misma era "para los habitantes de la Nación Argentina" y "... todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino...". La exigencia de cubrir puestos de trabajo para sostener el modelo agroexportador y de expansión programada hizo que la política estatal se encaminara a incentivar la inmigración. Algunos slogans como "Poblar el desierto" o "gobernar es poblar" reafirmaban políticas tendientes a resolver las necesidades inmediatas de mano de obra y al poco tiempo, con un predominio de italianos y españoles, se inició el proceso creciente de llegada de grandes oleadas inmigratorias. El hambre, la desesperación y la falta de expectativas, consecuencia de las políticas internas de los estados europeos y de los diversos conflictos armados regionales, potenciados con la Primera Guerra Mundial, determinaron tanto el flujo como el lugar de origen de los migrantes. Durante los últimos años del siglo XIX y las primeras tres décadas del siguiente las dársenas del puerto de Buenos Aires fueron testigos de la llegada de aquellas muchedumbres de distintos países.
Villa Crespo, ubicado hoy en el centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires, pertenecía en sus inicios al ámbito del arrabal; hacia 1880 existía como extensos pastizales anegadizos que incluían unas pocas y dispersas quintas. A mediados de esa década llegaría la Fábrica Nacional de Calzado que vio conveniente la adquisición de unas 30 hectáreas en esta zona prácticamente despoblada, con terrenos baratos y un arroyo próximo, el "Maldonado", útil para arrojar los deshechos industriales. Esta industria en franca expansión respondía a la formidable demanda de calzado por el vertiginoso aumento de población, "polo de atracción" para quienes buscaban empleo, fue determinante para la conformación del nuevo barrio. La experiencia empresarial contemplaba ofrecerle vivienda a los empleados. Primero los alojaron en los edificios de la fábrica, luego construyó una gran casa de inquilinato, conocida como Conventillo El Nacional, a metros de sus oficinas centrales y, en la medida que fue necesario, se impulsaron loteos para la compra a crédito de pequeños terrenos para la edificación de casas obreras. Sin embargo, en los años siguientes este proceso derivó en la aparición, en torno al núcleo fabril fundacional, de pequeños inquilinatos que albergaban a varias familias. De tal forma el barrio fue creciendo y afianzándose con una variada población que llegaba ansiosa buscando un mejor futuro.
Desde 1890 a 1930, quedó en Argentina un saldo migratorio de más de tres millones de nuevos pobladores. De la diversidad cultural de Villa Crespo surgió una buena relación entre criollos e inmigrantes provenientes de muy diferentes lugares, la que fue manifestándose en los patios de estos conventillos o casas de inquilinato y en los cafés que fueron apareciendo, donde el "gringo" mitigaba parte del desarraigo a partir del ocio y el entretenimiento entre parroquianos de iguales costumbres
El Conventillo El Nacional, llamado también el "Conventillo de la Paloma", llegó a tener más de cien habitaciones ubicadas en cuatro cuerpos. Un pasillo extenso y angosto de una cuadra recorría internamente la manzana, con entrada por Serrano 148-156 y otra por Thames 139-147. Fue el lugar que sirvió de inspiración para el sainete más famoso del autor Alberto Vacarezza, quien había vivido en el barrio y ubicó en escena a los nuevos arquetipos que convivían en piezas, patios y zaguanes: el tano (italiano), el gallego (español), el ruso (judío ashkenazí), el turco (judío sefaradí y otras etnias procedentes del viejo Imperio Otomano), etc. La obra, que tuvo como principal protagonista a la actriz y cantante Libertad Lamarque, fue estrenada en teatro en 1929 con un espectacular éxito (más de 1000 representaciones). Su argumento se basó en los amores de una hermosa fabriquera llamada Paloma. En cine se estrenó con el mismo título en el año 1936.
A más de un siglo de la construcción de este Conventillo, los asistentes a la recorrida barrial nos preguntaban si la tal Paloma verdaderamente había vivido allí. Más allá de que la heroína tenga un correlato histórico o sea un mero mito producto de la ficción, este edificio paradigmático por donde pasaron tango, lunfardo, compadritos y cocoliche, sí es real y, después de un siglo sigue milagrosamente en pie, aunque deteriorado y con signos de depredación (su hermosa fachada de madera labrada ha sido parcialmente extraída) evidencia que cien años después sigue siendo ámbito de inmigrantes, de otros orígenes, con otras músicas y otras voces, producto de las migraciones internas, de nuestras provincias y de países vecinos.
¿Qué pasó en la Argentina en estos últimos 100 años? Hay mucho para reflexionar. Nos resistimos a creer que el tiempo pase en vano. Aparecen tristes paradojas en estas épocas en que la cybercultura o la globalización se han impuesto y se hace cada vez más necesario conservar los sitios que tienen un fuerte valor histórico para la comunidad y, obviamente, preservar las identidades que le dan sentido a cada lugar, en este caso la rica diversidad cultural del Buenos Aires cosmopolita que se recrea, tanto como el patrimonio cultural propio de cada rincón de nuestro país. Pero nuestra preocupación no pasa solamente porque edificios, costumbres o tradiciones se salvaguarden, sino porque además observamos que, contra toda lógica, nuestra Argentina de pleno siglo XXI incomprensiblemente nos remite a ciertas situaciones del siglo XIX, cuyos contenidos contradictorios nos consternan y desorientan: aún cuestionando las condiciones generales y el deplorable estado de salubridad de aquella época lejana, criollos e inmigrantes sentían entonces que una joven y pujante nación los cobijaba, que tenían trabajo y esperanza. Hoy... más de un siglo ha pasado. Llegue cada uno a sus propias conclusiones.
miércoles, septiembre 16
Los Conventillos de Buenos Aires
“A mediados del siglo XIX La Boca era un poblado de campo abierto y escasas viviendas que se desplegaban desde el Riachuelo (...) F. Latzina le reconocía ya una función activa de afirmar que “ es el barrio marítimo de la ciudad”, y añadía “Sus casas de madera situadas en terreno anegadizo, se han edificado sobre postes de un metro y más de altura, a causa de las inundaciones”..
Diseminados hacia el sur capitalino; vivienda -otra no quedaba- para los excluidos sociales a partir de 1860, fue el habitáculo permanente donde se hacinaban las misérrimas almas que caerían por ser pobres en las sucesivas epidemias de tifus, cólera y la peor de todas, la de fiebre amarilla de 1871.
Buenos Aires y Rosario se llenaron de personas que hablaban distintos idiomas: italiano, idish, francés entre otros. Incluso los italianos impusieron el cocoliche, un dialecto entremezclado con voces del sur de Italia y un esforzado castellano.
Los que vinieron eran primero las personas corridas por la persecución social o política en sus respectivos países de origen. Llegaban desde los más recónditos lugares y había que alojarlos en alguna parte.
Así surgió el "Hotel del Inmigrante", un caserón inmenso donde por las noches recibía la visita de roedores y alimañas que hacían del lugar el propio y la despensa en donde se almacenaba el alimento -porotos o alguna otra legumbre- que harían las veces de alimento para el aguado e inspído guiso que comerían los infortunados habitantes al día siguiente.
En verdad la Ciudad no estaba preparada de ninguna manera para recibir tamaño contingente de desheredados y sueltos de la mano de Dios. Muy distinta a la que observamos hoy, sus límites llegaban hasta la actual Avenida Callao hacia el Oeste, el Riachuelo hacia el Sur, siendo muy posiblemente la actual casa Rosada su límite norte.
Había que buscar una solución a tanta improvisación de aquellos que se reunían en el Club del Progreso ubicado donde hoy está la Legislatura porteña, ex Concejo Deliberante, y en donde los preclaros dirigentes de entonces, como ahora, decidían entre unos pocos lo que les convenía a todos repartiéndose diputaciones, senadurías o ministerios.
La solución fue la remodelación de las viejas casonas coloniales, inmensas en metros cuadrados. Su refacción en infames cuartuchos, algunas veces hasta de madera o chapa, de cuatro metros por costado -cuanto más mejor resultaba el rédito al capital empleado y arrendarlos a los infortunados inquilinos de aquel infame Hotel de Inmigrantes.
Aún hoy podemos observar en el La Boca aquellos conventillos de madera y chapa y no por casualidad la primer dotación de Bomberos voluntarios nació en este barrio.
A nuestros abuelos y bisabuelos los trajeron con engaños. Les prometieron poco menos que el paraíso y acá se encontraron poco menos que con el infierno. ¡Otra cosa no eran esos infames cuartuchos que de tanto en tanto se incendiaban!
En éstos mismos se hacinaban no menos de cuatro o cinco personas, se cocinaba con braseros, se hacían las necesidades en horas de la noche y no faltaba la oportunidad donde se alojaba alguna mascota traída por solidaridad al verlo tirado por la calle. Tampoco faltaba la ocasión que se alquilara la cama por horas conviviendo con la familia que había arrendado la habitación.
Habitaban esos conventillos los más pobres entre los pobres, los más excluidos entre los excluidos en una ciudad sin la más mínima medida higiénica en las calles. Si bien en la zona céntrica las calles se alisaban con desperdicios y basura, en las cercanías del Riachuelo directamente no se alisaba y era común que la basura se amontonara en las esquinas para delicia de perros, gatos y ratas tan abandonados a su suerte como aquellos que habitaban esos tugurios de la impiedad social.
Sus habitaciones, como ya hemos dicho, de cuatro metros por costado sin ventilación alguna despertó pronto el cuestionamiento de médicos higienistas como el Dr. Wilde y Guillermo Rawson quienes, luego de la fatídica epidemia de fiebre amarilla, dijeron que dadas las condiciones sanitarias e higiénicas de la ciudad, las epidemias que se venían sucediendo desde 1860 no eran otra cosa que su consecuencia.
El matutino La Prensa inició una campaña para forzar a la municipalidad a realizar un mayor seguimiento y control de las viviendas colectivas que estaban al antojo de los propietarios de la casona y al arbitrio de sus regentes que, por unas monedas menos, toleraban un estado de cosas francamente intolerables. Una de ellas, denunció el Dr. Eduardo Wilde, era la realización de tareas anexas de los mataderos allí mismo, en esos antros, y en esos infames cuartuchos de madera y chapa: el cocido de chorizos y fabricación de morcillas eran esos menesteres.
Dadas estas condiciones en ese Buenos Aires para jolgorio de unos pocos y el sufrimiento de los más, los conventillos fueron el acompañamiento ideal de cuanta epidemia hubiera en nuestra ciudad.
Fuentes: http://www.botanicosur.com.ar/ - http://www.museodecera.com.ar/
martes, septiembre 15
Los RIVAROLA, enrredos de familia
Cuando era chica, me gustaba saber los nombres completos de mis familiares y asi fui descubriendo nombres como Eleuterio, Honoria, Ademar, Eloy, Obdulio, Eloim, Edgar, Hogan, Gesuele y Ladislada.
Hoy en dia, nombrar a un niño con alguno de esos nombres, haria que mas de un familiar arrugue la cara.
Siempre quise saber la razon de porque se elegia llamarlos asi, tal vez era por un santoral, un heroe de turno o un legado familiar.
Bueno, ayer descubri porque mi abuela VICENTA LADISLADA UDAQUIOLA, lleva ese segundo nombre. Lo que no sabia era que tambien iba a encontrar una historia familiar digna de un "culebron".
Les cuento:
Su padre era ADEMAR ISAUL UDAQUIOLA y habia nacido en Rauch, Buenos Aires el 26 de septiembre 1892 y su madre se llamaba LADISLADA RIVAROLA (de aqui mi abuela hereda el nombre).
LADISLADA habia nacido en Pila, Buenos Aires el 27 de junio 1878 en la familia que conformaban ENRIQUE RIVAROLA (13 julio 1837, Ranchos) y su segunda esposa, (primero fue su cuñada), CLAUDIA RIVAROLA (7 julio 1846, Ranchos) con quien ademas compartian el mismo apellido.
Enrique era hijo de FAUSTINO RIVAROLA (14 febrero 1793, San Vicente) y MARIA LUISA PERALTA.
Don Faustino era hijo de LEANDRO RIVAROLA y ROSA SAN MARTIN todos del Buenos Aires.
CLAUDIA RIVAROLA, la madre de Ladislada, era hija de JUAN RIVAROLA, oriundo del Paraguay y de su primera esposa MARIA CIPRIANA MANSILLA, nacida en Buenos Aires.
Juan, era hijo de JOSE RAMON RIVAROLA y de ISABEL AYALA.
Parrafo aparte, les cuento que la segunda esposa de JUAN RIVAROLA fue la cuñada de su hija CLAUDIA, si si...una hermana de Enrique llamada Josefa Petrona. O sea que ademas de su hermana era su suegra o suegrasta??
No olvidemos que ENRIQUE tiene como primera esposa a otra hija de JUAN RIVAROLA llamada Petrona Regalda Antonia, que muere a los 26 años, un mes despues de dar a luz a su unica hija.
Esto me trae a la memoria un cuento que lei hace muchos años en la Revista Selecciones....voy a buscarla y compartirla con ustedes...¡lo prometo!
Hoy en dia, nombrar a un niño con alguno de esos nombres, haria que mas de un familiar arrugue la cara.
Siempre quise saber la razon de porque se elegia llamarlos asi, tal vez era por un santoral, un heroe de turno o un legado familiar.
Bueno, ayer descubri porque mi abuela VICENTA LADISLADA UDAQUIOLA, lleva ese segundo nombre. Lo que no sabia era que tambien iba a encontrar una historia familiar digna de un "culebron".
Les cuento:
Su padre era ADEMAR ISAUL UDAQUIOLA y habia nacido en Rauch, Buenos Aires el 26 de septiembre 1892 y su madre se llamaba LADISLADA RIVAROLA (de aqui mi abuela hereda el nombre).
LADISLADA habia nacido en Pila, Buenos Aires el 27 de junio 1878 en la familia que conformaban ENRIQUE RIVAROLA (13 julio 1837, Ranchos) y su segunda esposa, (primero fue su cuñada), CLAUDIA RIVAROLA (7 julio 1846, Ranchos) con quien ademas compartian el mismo apellido.
Enrique era hijo de FAUSTINO RIVAROLA (14 febrero 1793, San Vicente) y MARIA LUISA PERALTA.
Don Faustino era hijo de LEANDRO RIVAROLA y ROSA SAN MARTIN todos del Buenos Aires.
CLAUDIA RIVAROLA, la madre de Ladislada, era hija de JUAN RIVAROLA, oriundo del Paraguay y de su primera esposa MARIA CIPRIANA MANSILLA, nacida en Buenos Aires.
Juan, era hijo de JOSE RAMON RIVAROLA y de ISABEL AYALA.
Parrafo aparte, les cuento que la segunda esposa de JUAN RIVAROLA fue la cuñada de su hija CLAUDIA, si si...una hermana de Enrique llamada Josefa Petrona. O sea que ademas de su hermana era su suegra o suegrasta??
No olvidemos que ENRIQUE tiene como primera esposa a otra hija de JUAN RIVAROLA llamada Petrona Regalda Antonia, que muere a los 26 años, un mes despues de dar a luz a su unica hija.
Esto me trae a la memoria un cuento que lei hace muchos años en la Revista Selecciones....voy a buscarla y compartirla con ustedes...¡lo prometo!
El día que corrieron los chanchos en la Plaza de Mayo
El 25 de Mayo de 1872 hubo un espectáculo extravagante. En lugar de riñas de gallos o corridas de toros, un empresario inventó una corrida de chanchos, en la Plaza 11 de Septiembre que fue muy promocionada. La corrida atrajo un numeroso público a la plaza en donde todavía se veían gauchos auténticos y era el lugar de reunión de los dueños de carros y carretas. El cronista de La Tribuna escribió: “Llega el supremo momento y aquí entra lo bueno.
El empresario suelta un cerdito flaco y haciendo que es detenido de la cola inmediatamente por unos tantos espectadores. Viene luego un segundo chancho, flaco y chico también, y tiene la misma suerte que el primero, siendo detenido apenas trata de escaparse. El público desde este instante empieza a alborotarse y pide vociferando que sean presentados cerdos grandes y chúcaros. El empresario se hace sordo a estos clamores y no aparece siquiera a dar alguna explicación hasta que al fin la concurrencia se desbanda y algunos de los que formaban se retiran destruyendo y llevándose consigo parte del tablazón del circo. Éste ha sido el principio y fin de las corridas de chanchos anunciadas con tanta pompa ayer”.
El empresario suelta un cerdito flaco y haciendo que es detenido de la cola inmediatamente por unos tantos espectadores. Viene luego un segundo chancho, flaco y chico también, y tiene la misma suerte que el primero, siendo detenido apenas trata de escaparse. El público desde este instante empieza a alborotarse y pide vociferando que sean presentados cerdos grandes y chúcaros. El empresario se hace sordo a estos clamores y no aparece siquiera a dar alguna explicación hasta que al fin la concurrencia se desbanda y algunos de los que formaban se retiran destruyendo y llevándose consigo parte del tablazón del circo. Éste ha sido el principio y fin de las corridas de chanchos anunciadas con tanta pompa ayer”.
Huelga de Inquilinos...alla por 1907
Historias curiosas siempre encontraremos en cualquier pueblo del mundo, esta amerita un parrafo aparte.
Huelga de Inquilinos
Al cumplirse 100 años de esta gran lucha protagonizada en las principales ciudades del país por la clase trabajadora en la Argentina, iniciada el 13 de Septiembre de 1907 en las 132 piezas del conventillo de la calle Ituzaingó 279 en el barrio de Barracas; pretendemos no solo mantener viva en nuestra memoria colectiva estos hechos; sino traerlos en perspectiva histórica a nuestros días para enmarcarlos en la lucha de LOS SIN TECHO HOY.
El conventillo
Con este nombre, derivado de una expresión irónica española (Convento como prostíbulo) se comenzó a conocer a las casas que alquilaban cuartos a inmigrantes. Como consecuencia del fenómeno de crecimiento urbano que significó la inmigración europea, en una ciudad apenas preparada para un cambio de tal magnitud, nació el conventillo, cuya antesala sórdida y atestada fue el célebre Hotel de Inmigrantes. La mudanza de los grupos tradicionales al Barrio Norte (alrededor del 80% por la epidemia de fiebre amarilla) permitió alojar a numerosas familias, que se hacinaron en los ya obsoletos caserones del sur. Los especuladores, a su turno, no tardaron en acondicionar viejos edificios de la época colonial o en hacer construir precarios alojamientos para esta demanda poco exigente y ansiosa por obtener, mal o bien, su techo. La improvisación, el hacinamiento, la falta de servicios sanitarios y la pobreza sin demasiada esperanza hicieron el resto. La superficie promedio por persona era de 1,6 metros. Había nacido el conventillo.
El patio del conventillo fue sede de reclamos y un ámbito de sociabilidad. Allí se forjaban nuevas familias y, a veces, ocurrían dramas pasionales. En sus fiestas nació el tango y el sainete. Hasta mediados de 1880 no hubo agua potable en la ciudad. Los conventillos eran abastecidos por carros de aguateros, situación que se volvía intolerable en los meses de verano. No había cloacas. Tanto el retrete como el lavabo eran comunes. Había, en los barrios de Once y La Boca, un servicio cada diez cuartos aproximadamente, según las estadísticas de 1919. Esta situación provocaba epidemias como el cólera, la fiebre amarilla, el paludismo, los parásitos y las infecciones. En algunos casos había cocinas comunes, pero lo más frecuente era que se cocinara en los cuartos. También se destinaban a la cocina los rincones del patio. En cada cuarto había un calentador a alcohol o aceite que se colocaba en la puerta para que los olores fueran al patio. Si la pieza estaba en la galería superior, se lo ubicaba en el pasillo, lo cual generaba grandes discusiones por obstruir el paso.
El alto precio de los alquileres fue convirtiendo a los conventillos porteños en focos de conflicto. Los cobradores debían pasar a cobrar custodiados por la Policía. El inquilino moroso era desalojado por la fuerza pública. Los muebles se subían al carro municipal para trasportarlos a un depósito. En el camino se manifestaba la solidaridad de clase; y los desalojos solían terminar en batallas campales contra la policía.
El conventillo fue el centro de la única huelga de inquilinos de la historia. La Huelga de Inquilinos abarcó a más de cien mil personas atrincheradas en piezas y patios.
El 13 de setiembre de 1907 comenzó en las 132 piezas de Ituzaingó 279 en la Capital Federal la huelga más masiva de la época: Una medida de fuerza realizada por más de cien mil inquilinos de conventillos. Durante dos meses lucharon, entre otras reivindicaciones, por la reducción del 30 por ciento en el precio de los alquileres de las miserables piezas que habitaban. Hasta no obtener ese descuento no pagarían más.
Conventillos había en toda la Capital. Pero en la Boca, Barracas, San Telmo y Retiro los había al por mayor. Otro sector clave tenía como eje a la avenida Corrientes desde Cerrito hasta Callao. Costaba mucho pagar el alquiler. 1907 fue un año de aumentos masivos.
Los trabajadores inmigrantes vivían en los conventillos. Muchos de ellos traían en su equipaje la vivencia de lucha de los trabajadores europeos. Anarquistas, Socialistas, luchadores sindicales. Propusieron entonces luchar por rebajas. Los libertarios en particular supieron hilvanar los reclamos aislados y organizarlos en un solo haz. Impulsaron la designación de delegados por conventillo y crearon una dirección centralizada. Fue el comité central de la Liga de Lucha Contra los Altos Alquileres e Impuestos el que lanzó la huelga general aquel viernes 13 de septiembre de 1907.
"Nuestra divisa contra la avaricia de los propietarios debe ser: no pagar el alquiler"
El inquilinato que dio la patada inicial de la huelga estaba en la calle Ituzaingó, Barracas. Tenía dos puertas numeradas con el 279 y el 325 respectivamente. A este conventillo lo apodaban Los Cuatro Diques, porque sus cuatro patios eran iguales en número y disposición que los diques del puerto capitalino. A su alrededor vivían ciento treinta y dos familias -en treinta y tres cuartos por patio o dique- Vivían al día en una habitación de cuatro por cuatro, con baños, cocinas y braseros en común. Este lujo representaba un tercio de sus sueldos. Siempre y cuando consiguieran trabajo todos los días; cosa insegura porque en los frigoríficos se cobraba si había matanza, en la construcción si no llovía y en el puerto si había estiba. De lo contrario, de vuelta a la pieza sin un peso.
La huelga nacida en este conventillo de la calle Ituzaingó se extendió como un rayo a otros cien-tos de conventillos de la ciudad, Avellaneda, Lomas de Zamora, Bahía Blanca, Corrientes y Rosario.
Los caseros representantes del dueño perdieron toda autoridad. En cada inquilinato mandaba el comité del lugar. A tal punto era así que, por ejemplo, cuando el arrendatario del conventillo de Hernandarias 1756, la Boca, recibió el petitorio con los reclamos, se les rió en la cara. Entonces, los inquilinos declararon el boicot al almacén que el hombre tenía en frente. Juan Summo hizo cuentas y notó que perdía. No sólo reconoció el descuento del 30 por ciento en los alquileres sino que hasta pagó el costo de los volantes con los que se había convocado al boicot de su comercio.
Sobre las mujeres recayó una responsabilidad extra, ya que estaban todo el día en las casas al cuidado de sus proles: enfrentar las amenazas del desalojo que comenzaron a aparecer. El diario La Prensa contará que el 21 de octubre la Policía intentó desalojos en un conventillo de la calle Perú, "pero las mujeres ya estaban preparadas e iniciaron un verdadero bombardeo con toda clase de proyectiles, mientras arrojaban agua que bañaba a los agentes".
La resistencia a los desalojos tuvo diversos métodos. Por ejemplo cerrando las puertas de calle con cadenas y manteniendo guardias día y noche. Junto a las puertas acumulaban piedras, palos y todo elemento intimidatorio. Algunas crónicas relatan la decisión en algunos conventillos, de colocar enormes calderos con agua hirviendo amenazando despellejar a quienes intentaran echarlos. Un siglo antes, ésa había sido la táctica contra el invasor inglés. Los desalojos tuvieron un final funesto. El 22 de octubre una comisión judicial y policial fue a ejecutar un desalojo a la calle San Juan 677. El rumor corrió y cientos de vecinos quisieron impedirlo. Entre los gritos, los golpes y los sablazos, se abrió fuego. Cayó fulminado con un tiro en el cráneo un muchachito obrero baulero, Miguel Pepe, de 18 años. En esos días la Policía era comandada por el coronel Ramón Falcón, el mismo que dirigió la represión obrera durante la Semana Trágica de 1919. Ante la firmeza del reclamo algunos propietarios cedieron. La alegría recorrió la ciudad. En muchos patios, entre piletas y malvones, hubo fiesta y baile. Paladeaban el triunfo.
Pero en donde la organización era débil, los desalojos avanzaron. Docenas de familias quedaron en las veredas, a solas con sus pocos muebles. El gremio de los conductores de carros, anarquistas y solidarios, se puso al servicio de los desalojados para llevarlos a donde quisieran, gratis.
Pero el desalojo que quebró los ánimos fue el del conventillo iniciador del movimiento. El primer intento fue el 30 de setiembre, cuando vaciaron las piezas de Enrique Almada, 6 personas; María López, 11 personas; Fermín Micheli, 5 personas; y Santiago Rivas, 10 personas. Antonio Rinaldi -dirigente destacado del levantamiento-se salvó de ser echado del cuarto número uno por tener un hijo en cama.
Pero el golpe final en el conventillo líder ocurrió el 14 de noviembre: 250 hombres a máuser y bayonetas lo invadieron y la casa de Ituzaingó 279 quedó transformada en una barraca de la milicia.
La huelga se hizo larga. La cárcel aisló a muchos dirigentes. Y la Ley de Residencia, que autorizaba a expulsar del país inmediatamente a todo extranjero "revoltoso", mandó a otros a su país natal. Docenas de familias se reubicaron en piezas compartidas con vecinos. Otros se instalaron en plazas y en huecos de la ciudad. Hasta en la Plaza de Mayo hubo colchones más de una noche.
Huelga de Inquilinos
Al cumplirse 100 años de esta gran lucha protagonizada en las principales ciudades del país por la clase trabajadora en la Argentina, iniciada el 13 de Septiembre de 1907 en las 132 piezas del conventillo de la calle Ituzaingó 279 en el barrio de Barracas; pretendemos no solo mantener viva en nuestra memoria colectiva estos hechos; sino traerlos en perspectiva histórica a nuestros días para enmarcarlos en la lucha de LOS SIN TECHO HOY.
El conventillo
Con este nombre, derivado de una expresión irónica española (Convento como prostíbulo) se comenzó a conocer a las casas que alquilaban cuartos a inmigrantes. Como consecuencia del fenómeno de crecimiento urbano que significó la inmigración europea, en una ciudad apenas preparada para un cambio de tal magnitud, nació el conventillo, cuya antesala sórdida y atestada fue el célebre Hotel de Inmigrantes. La mudanza de los grupos tradicionales al Barrio Norte (alrededor del 80% por la epidemia de fiebre amarilla) permitió alojar a numerosas familias, que se hacinaron en los ya obsoletos caserones del sur. Los especuladores, a su turno, no tardaron en acondicionar viejos edificios de la época colonial o en hacer construir precarios alojamientos para esta demanda poco exigente y ansiosa por obtener, mal o bien, su techo. La improvisación, el hacinamiento, la falta de servicios sanitarios y la pobreza sin demasiada esperanza hicieron el resto. La superficie promedio por persona era de 1,6 metros. Había nacido el conventillo.
El patio del conventillo fue sede de reclamos y un ámbito de sociabilidad. Allí se forjaban nuevas familias y, a veces, ocurrían dramas pasionales. En sus fiestas nació el tango y el sainete. Hasta mediados de 1880 no hubo agua potable en la ciudad. Los conventillos eran abastecidos por carros de aguateros, situación que se volvía intolerable en los meses de verano. No había cloacas. Tanto el retrete como el lavabo eran comunes. Había, en los barrios de Once y La Boca, un servicio cada diez cuartos aproximadamente, según las estadísticas de 1919. Esta situación provocaba epidemias como el cólera, la fiebre amarilla, el paludismo, los parásitos y las infecciones. En algunos casos había cocinas comunes, pero lo más frecuente era que se cocinara en los cuartos. También se destinaban a la cocina los rincones del patio. En cada cuarto había un calentador a alcohol o aceite que se colocaba en la puerta para que los olores fueran al patio. Si la pieza estaba en la galería superior, se lo ubicaba en el pasillo, lo cual generaba grandes discusiones por obstruir el paso.
El alto precio de los alquileres fue convirtiendo a los conventillos porteños en focos de conflicto. Los cobradores debían pasar a cobrar custodiados por la Policía. El inquilino moroso era desalojado por la fuerza pública. Los muebles se subían al carro municipal para trasportarlos a un depósito. En el camino se manifestaba la solidaridad de clase; y los desalojos solían terminar en batallas campales contra la policía.
El conventillo fue el centro de la única huelga de inquilinos de la historia. La Huelga de Inquilinos abarcó a más de cien mil personas atrincheradas en piezas y patios.
El 13 de setiembre de 1907 comenzó en las 132 piezas de Ituzaingó 279 en la Capital Federal la huelga más masiva de la época: Una medida de fuerza realizada por más de cien mil inquilinos de conventillos. Durante dos meses lucharon, entre otras reivindicaciones, por la reducción del 30 por ciento en el precio de los alquileres de las miserables piezas que habitaban. Hasta no obtener ese descuento no pagarían más.
Conventillos había en toda la Capital. Pero en la Boca, Barracas, San Telmo y Retiro los había al por mayor. Otro sector clave tenía como eje a la avenida Corrientes desde Cerrito hasta Callao. Costaba mucho pagar el alquiler. 1907 fue un año de aumentos masivos.
Los trabajadores inmigrantes vivían en los conventillos. Muchos de ellos traían en su equipaje la vivencia de lucha de los trabajadores europeos. Anarquistas, Socialistas, luchadores sindicales. Propusieron entonces luchar por rebajas. Los libertarios en particular supieron hilvanar los reclamos aislados y organizarlos en un solo haz. Impulsaron la designación de delegados por conventillo y crearon una dirección centralizada. Fue el comité central de la Liga de Lucha Contra los Altos Alquileres e Impuestos el que lanzó la huelga general aquel viernes 13 de septiembre de 1907.
"Nuestra divisa contra la avaricia de los propietarios debe ser: no pagar el alquiler"
El inquilinato que dio la patada inicial de la huelga estaba en la calle Ituzaingó, Barracas. Tenía dos puertas numeradas con el 279 y el 325 respectivamente. A este conventillo lo apodaban Los Cuatro Diques, porque sus cuatro patios eran iguales en número y disposición que los diques del puerto capitalino. A su alrededor vivían ciento treinta y dos familias -en treinta y tres cuartos por patio o dique- Vivían al día en una habitación de cuatro por cuatro, con baños, cocinas y braseros en común. Este lujo representaba un tercio de sus sueldos. Siempre y cuando consiguieran trabajo todos los días; cosa insegura porque en los frigoríficos se cobraba si había matanza, en la construcción si no llovía y en el puerto si había estiba. De lo contrario, de vuelta a la pieza sin un peso.
La huelga nacida en este conventillo de la calle Ituzaingó se extendió como un rayo a otros cien-tos de conventillos de la ciudad, Avellaneda, Lomas de Zamora, Bahía Blanca, Corrientes y Rosario.
Los caseros representantes del dueño perdieron toda autoridad. En cada inquilinato mandaba el comité del lugar. A tal punto era así que, por ejemplo, cuando el arrendatario del conventillo de Hernandarias 1756, la Boca, recibió el petitorio con los reclamos, se les rió en la cara. Entonces, los inquilinos declararon el boicot al almacén que el hombre tenía en frente. Juan Summo hizo cuentas y notó que perdía. No sólo reconoció el descuento del 30 por ciento en los alquileres sino que hasta pagó el costo de los volantes con los que se había convocado al boicot de su comercio.
Sobre las mujeres recayó una responsabilidad extra, ya que estaban todo el día en las casas al cuidado de sus proles: enfrentar las amenazas del desalojo que comenzaron a aparecer. El diario La Prensa contará que el 21 de octubre la Policía intentó desalojos en un conventillo de la calle Perú, "pero las mujeres ya estaban preparadas e iniciaron un verdadero bombardeo con toda clase de proyectiles, mientras arrojaban agua que bañaba a los agentes".
La resistencia a los desalojos tuvo diversos métodos. Por ejemplo cerrando las puertas de calle con cadenas y manteniendo guardias día y noche. Junto a las puertas acumulaban piedras, palos y todo elemento intimidatorio. Algunas crónicas relatan la decisión en algunos conventillos, de colocar enormes calderos con agua hirviendo amenazando despellejar a quienes intentaran echarlos. Un siglo antes, ésa había sido la táctica contra el invasor inglés. Los desalojos tuvieron un final funesto. El 22 de octubre una comisión judicial y policial fue a ejecutar un desalojo a la calle San Juan 677. El rumor corrió y cientos de vecinos quisieron impedirlo. Entre los gritos, los golpes y los sablazos, se abrió fuego. Cayó fulminado con un tiro en el cráneo un muchachito obrero baulero, Miguel Pepe, de 18 años. En esos días la Policía era comandada por el coronel Ramón Falcón, el mismo que dirigió la represión obrera durante la Semana Trágica de 1919. Ante la firmeza del reclamo algunos propietarios cedieron. La alegría recorrió la ciudad. En muchos patios, entre piletas y malvones, hubo fiesta y baile. Paladeaban el triunfo.
Pero en donde la organización era débil, los desalojos avanzaron. Docenas de familias quedaron en las veredas, a solas con sus pocos muebles. El gremio de los conductores de carros, anarquistas y solidarios, se puso al servicio de los desalojados para llevarlos a donde quisieran, gratis.
Pero el desalojo que quebró los ánimos fue el del conventillo iniciador del movimiento. El primer intento fue el 30 de setiembre, cuando vaciaron las piezas de Enrique Almada, 6 personas; María López, 11 personas; Fermín Micheli, 5 personas; y Santiago Rivas, 10 personas. Antonio Rinaldi -dirigente destacado del levantamiento-se salvó de ser echado del cuarto número uno por tener un hijo en cama.
Pero el golpe final en el conventillo líder ocurrió el 14 de noviembre: 250 hombres a máuser y bayonetas lo invadieron y la casa de Ituzaingó 279 quedó transformada en una barraca de la milicia.
La huelga se hizo larga. La cárcel aisló a muchos dirigentes. Y la Ley de Residencia, que autorizaba a expulsar del país inmediatamente a todo extranjero "revoltoso", mandó a otros a su país natal. Docenas de familias se reubicaron en piezas compartidas con vecinos. Otros se instalaron en plazas y en huecos de la ciudad. Hasta en la Plaza de Mayo hubo colchones más de una noche.
domingo, septiembre 13
Necochea, mi ciudad
Comparto con ustedes esta nota que salio en el diario de mi ciudad, "Ecos Diarios"
Pueblo Nuevo, la otra ciudad
Aunque al fundarse la ciudad, en 1881, los necochenses ya soñaban con un balneario y algunos de los fundadores plantearon que la ciudad fuera creada sobre la costa, no fue hasta 21 años después que comenzó a hacerse realidad aquel sueño y recién en 1945 se expropiaron las tierras para urbanizar la zona balnearia. Pero en 1902 ya estaban en funcionamiento los hoteles San Sebastián y el General Díaz Vélez, había dos ramblas de madera, una confitería y algunas casas entre las dunas de la zona.
En aquellos años una vieja casilla oficiaba de almacén de ramos generales y alquilaba trajes de baño. La casilla era el resto de un puente de madera de un velero que naufragó en la zona.
Aquellas iniciativas turísticas se hallaban a más de dos kilómetros de distancia del pueblo de Necochea, de allí que, aún hoy, parece existir la idea de que la Villa balnearia es otra ciudad, algo que se ve reflejado en la típica pregunta de los turistas: ¿Cómo llego hasta el "Centro Nuevo"?
La otra ciudad
Don Julián Azúa, pionero del turismo en nuestra ciudad, habilitó una casa de baños junto al mar en 1883. Al año siguiente comenzó a cavar los cimientos del legendario hotel La Perla del San Sebastián Argentino.
El nombre del hotel refleja lo que Azúa pensaba de las playas necochenses. Las comparaba con las de las afamadas Bahía de San Sebastián, en el país vasco.
Los primeros pobladores tenían tal confianza en las posibilidades turísticas de estas cosas, que en 1988 la firma Praderes Hermanos presentó un proyecto para construir el primer gran hotel turístico.
En 1894, Juan B. Patau proyectó delimitar entre "la orilla Sur del pueblo y el mar" un lugar para balneario en terrenos que pertenecían a los herederos del General Eustoquio Díaz Vélez.
Con la solución, en 1898, del enojoso pleito sobre las tierras donde estaba plantada la ciudad de Necochea, pueden comenzar a concretarse estos proyectos.
A fines de 1901 Eustaquio Díaz Vélez (heredero del general Eustoquio Díaz Vélez) comenzó las gestiones para la fundación de un pueblo entre el ejido de Necochea y el océano.
En febrero de 1902, el ingeniero Carlos Paquet realizó el proyecto. El Departamento de Ingenieros de la Provincia de Buenos Aires dictaminó que el proyecto debía ser modificado, pues la extensión de las manzanas era considerada excesiva.
Allí comenzaron los inconvenientes y no por Díaz Vélez, sino por las autoridades. Los herederos del dueño de la tierra proyectaron un trazado de avanzada turística, superior al de Pinamar.
Aunque se escucharon voces de protesta contra la familia Díaz Vélez, fue el Concejo Deliberante el que no aprobó el proyecto.
El 26 de septiembre de 1927, al aprobarse la ley 3.928 de ensanche del ejido de Necochea en 10.000 hectáreas, los herederos de Díaz aceptaron también el ensanche de lo que ya comenzaba a llamarse Villa Díaz Vélez.
En 1939, la señora Mathilde Alvarez de Toledo de Díaz Vélez solicitó la aprobación de la división de tierras en lo que hoy es la villa balnearia.
Intervino el ingeniero Justo Duggan y la dirección de Geodesia aprobó el proyecto, ya que se trataba de una ampliación del ejido y las reservas de uso público sobrepasaban el porcentaje establecido por la ley.
Sin embargo, este proyecto encontró oposición en la Municipalidad de Necochea por considerarse que la "subdivisión es inconveniente para una ciudad balnearia cuya población estable y de temporana no es de gran densidad".
Se consideraba que era inútil la ampliaciónd e la zona balnearia en "regiones actualmente despobladas".
De haber sido de otra manera, se hubiera solucionado en 1939 el problema surgido a partir de la implantación del Parque Miguel Lillo, que en la actualidad cierra la posible expansión urbana del frente marítimo.
La Dirección de Geodesia expresó en ese momento "que no puede privarse a un particular la facultad que tiene de dividir o vender su propiedad, siempre que se ajuste a las reglamentaciones vigentes".
El asesor del Gobierno adhirió a la opinión de Geodesia y aconsejó la aprobación del fraccionamiento. El Consejo de Obras Públicas dela Provincia consideró que podían aprobarse las subdivisiones propuestas.
El Comisionado Federal, por decreto 6.043, aprobó el proyecto. Pero la Municipalidad de Necochea, basándose en opiniones de la Asociación de Fomento y de la Cámara Comercial local, dictó una resolución que estableció «oponerse en forma terminante a la ampliación del ejido» de la villa balnearia.
El nombre del héroe
Los afanes de los Díaz Vélez se vieron limitados desde la fundación de la ciudad de Necochea. Lo único que pedían a cambio de la tierra en la que se levantó la ciudad, era que el pueblo llevara el nombre del héroe que actuó en las invasiones inglesas y participó en las jornadas del 25 de Mayo de 1810.
Pero al no lograr sus objetivos, los herederos de Eustoquio Díaz Vélez vieron la oportunidad de que el apellido fuera recordado con la fundación de la ciudad balnearia. Con el paso de los años, el "Nuevo Pueblo" se convirtió en la Villa Díaz Vélez.
JUAN JOSE FLORES
Redacción
Ecos Diarios, 13 septiembre 2009
Un video de mi ciudad subido por Piruloneco
Pueblo Nuevo, la otra ciudad
Aunque al fundarse la ciudad, en 1881, los necochenses ya soñaban con un balneario y algunos de los fundadores plantearon que la ciudad fuera creada sobre la costa, no fue hasta 21 años después que comenzó a hacerse realidad aquel sueño y recién en 1945 se expropiaron las tierras para urbanizar la zona balnearia. Pero en 1902 ya estaban en funcionamiento los hoteles San Sebastián y el General Díaz Vélez, había dos ramblas de madera, una confitería y algunas casas entre las dunas de la zona.
En aquellos años una vieja casilla oficiaba de almacén de ramos generales y alquilaba trajes de baño. La casilla era el resto de un puente de madera de un velero que naufragó en la zona.
Aquellas iniciativas turísticas se hallaban a más de dos kilómetros de distancia del pueblo de Necochea, de allí que, aún hoy, parece existir la idea de que la Villa balnearia es otra ciudad, algo que se ve reflejado en la típica pregunta de los turistas: ¿Cómo llego hasta el "Centro Nuevo"?
La otra ciudad
Don Julián Azúa, pionero del turismo en nuestra ciudad, habilitó una casa de baños junto al mar en 1883. Al año siguiente comenzó a cavar los cimientos del legendario hotel La Perla del San Sebastián Argentino.
El nombre del hotel refleja lo que Azúa pensaba de las playas necochenses. Las comparaba con las de las afamadas Bahía de San Sebastián, en el país vasco.
Los primeros pobladores tenían tal confianza en las posibilidades turísticas de estas cosas, que en 1988 la firma Praderes Hermanos presentó un proyecto para construir el primer gran hotel turístico.
En 1894, Juan B. Patau proyectó delimitar entre "la orilla Sur del pueblo y el mar" un lugar para balneario en terrenos que pertenecían a los herederos del General Eustoquio Díaz Vélez.
Con la solución, en 1898, del enojoso pleito sobre las tierras donde estaba plantada la ciudad de Necochea, pueden comenzar a concretarse estos proyectos.
A fines de 1901 Eustaquio Díaz Vélez (heredero del general Eustoquio Díaz Vélez) comenzó las gestiones para la fundación de un pueblo entre el ejido de Necochea y el océano.
En febrero de 1902, el ingeniero Carlos Paquet realizó el proyecto. El Departamento de Ingenieros de la Provincia de Buenos Aires dictaminó que el proyecto debía ser modificado, pues la extensión de las manzanas era considerada excesiva.
Allí comenzaron los inconvenientes y no por Díaz Vélez, sino por las autoridades. Los herederos del dueño de la tierra proyectaron un trazado de avanzada turística, superior al de Pinamar.
Aunque se escucharon voces de protesta contra la familia Díaz Vélez, fue el Concejo Deliberante el que no aprobó el proyecto.
El 26 de septiembre de 1927, al aprobarse la ley 3.928 de ensanche del ejido de Necochea en 10.000 hectáreas, los herederos de Díaz aceptaron también el ensanche de lo que ya comenzaba a llamarse Villa Díaz Vélez.
En 1939, la señora Mathilde Alvarez de Toledo de Díaz Vélez solicitó la aprobación de la división de tierras en lo que hoy es la villa balnearia.
Intervino el ingeniero Justo Duggan y la dirección de Geodesia aprobó el proyecto, ya que se trataba de una ampliación del ejido y las reservas de uso público sobrepasaban el porcentaje establecido por la ley.
Sin embargo, este proyecto encontró oposición en la Municipalidad de Necochea por considerarse que la "subdivisión es inconveniente para una ciudad balnearia cuya población estable y de temporana no es de gran densidad".
Se consideraba que era inútil la ampliaciónd e la zona balnearia en "regiones actualmente despobladas".
De haber sido de otra manera, se hubiera solucionado en 1939 el problema surgido a partir de la implantación del Parque Miguel Lillo, que en la actualidad cierra la posible expansión urbana del frente marítimo.
La Dirección de Geodesia expresó en ese momento "que no puede privarse a un particular la facultad que tiene de dividir o vender su propiedad, siempre que se ajuste a las reglamentaciones vigentes".
El asesor del Gobierno adhirió a la opinión de Geodesia y aconsejó la aprobación del fraccionamiento. El Consejo de Obras Públicas dela Provincia consideró que podían aprobarse las subdivisiones propuestas.
El Comisionado Federal, por decreto 6.043, aprobó el proyecto. Pero la Municipalidad de Necochea, basándose en opiniones de la Asociación de Fomento y de la Cámara Comercial local, dictó una resolución que estableció «oponerse en forma terminante a la ampliación del ejido» de la villa balnearia.
El nombre del héroe
Los afanes de los Díaz Vélez se vieron limitados desde la fundación de la ciudad de Necochea. Lo único que pedían a cambio de la tierra en la que se levantó la ciudad, era que el pueblo llevara el nombre del héroe que actuó en las invasiones inglesas y participó en las jornadas del 25 de Mayo de 1810.
Pero al no lograr sus objetivos, los herederos de Eustoquio Díaz Vélez vieron la oportunidad de que el apellido fuera recordado con la fundación de la ciudad balnearia. Con el paso de los años, el "Nuevo Pueblo" se convirtió en la Villa Díaz Vélez.
JUAN JOSE FLORES
Redacción
Ecos Diarios, 13 septiembre 2009
Un video de mi ciudad subido por Piruloneco
Provincia de Santa Fe, Archivo General
Archivo General de la Provincia de Santa Fe
Antecedentes Históricos y Legales
En 1921 adquirió su fisonomía institucional ya que fue creada la Biblioteca de la Casa de Gobierno que pasó pronto a ser Biblioteca y Archivo Histórico de Gobierno.
En 1961, mediante la sanción de la Ley N° 5516/61 se convirtió en Archivo General, único repositorio de la provincia destinado a la conservación de la documentación del poder ejecutivo.
Sus fondos organizados en secciones y series, abarcan todos los aspectos de la vida provincial; cabildo, gobierno, contaduría, hacienda, justicia, culto, instrucción pública, topografía, obras públicas, agricultura, fomento y otros.
Se ha enriquecido además con la transferencia de los fondos del Archivo de la 1° Circunscripción Judicial del siglo XIX y la primera y segunda décadas del siglo XX, como también con colecciones documentales de particulares.
En 1979 por Ley N° 8399 se reformó la Ley N° 5516/61 creándose dentro del Archivo General los Archivos Histórico e Intermedio, distinguiéndose ambos por los plazos de la documentación que conservan. El primero guarda documentos históricos de más de 30 años de antigüedad y el segundo administra los fondos que poseen entre 15 y 30 años.
Por Decreto N° 2232/82 se reglamentó el funcionamiento del Archivo General como también de los archivos sectoriales y jurisdiccionales de la Administración.
Por Resolución MG Nº 253/71 y Disposiciones AGPSF Nº 3/71, 46/81 y 71/87 se aprueba el Reglamento de la Sala de Referencias del Archivo.
La Ley N° 10870/92 creó el Sistema Provincial de Archivos cuya dirección ejerce la Dirección del Archivo General de la Provincia e integran obligatoriamente todos los Archivos Jurisdiccionales y de organismos descentralizados del Poder Ejecutivo, y al cual se han integrado mediante convenio, hasta marzo de 2000, las Municipalidades de Las Rosas, Rafaela, Capitán Bermúdez, Coronda, Salto Grande, Reconquista, Progreso, Venado Tuerto y San Justo, el Arzobispado de Santa Fe, Cablevideo S.A., Ente Regulador del Puerto de Santa Fe, Instituto Superior del Profesorado de Inglés y Francés Particular Incorporado N° 1 “Estela Guinle de Cervera, Dirección de Estadística y Archivos del Poder Legislativo.
En el año 1997 el Archivo General firmó un Acuerdo de Cooperación Científica con la Dirección del Libro, Archivos y Bibliotecas dependiente del Ministerio de Educación y Cultura de España para relevar los archivos de la provincia de Santa Fe, habiéndose renovado para el año 1998. A dicha información se puede acceder a través del CENSO GUIA DE ARCHIVOS IBEROAMERICANOS.
Contactos
Archivo General de la Provincia
Correo electrónico:sipar@ceride.gov.ar
domicilio:Avda.General López2792
ciudad:Santa Fe de la Vera Cruz
provincia:Santa Fe
país:Argentina
código postal:3000
teléfono:(+54)(0342)4506600 int.1571/4573029
fax:(+54)(0342)4506600int.1597
horario de atención:Lunes a viernes 7.30a12.30hs.
servicios Fotocopiado - Consulta en línea
Hemeroteca / Fototeca
correo electrónico: bancopaucke@ceride.gov.ar
domicilio: Francia2351
ciudad: Santa Fe de la Vera Cruz
provincia: Santa Fe
país: Argentina
código postal: 3000
teléfono:(+54)(0342)4573901
fax: ——
horario de atención: Lunes a viernes7.30a12.30hs.
servicios Digitalización
Fuente:
Texto extraído de: http://www.ceride.gov.ar/sipar/organizacion.html
Antecedentes Históricos y Legales
En 1921 adquirió su fisonomía institucional ya que fue creada la Biblioteca de la Casa de Gobierno que pasó pronto a ser Biblioteca y Archivo Histórico de Gobierno.
En 1961, mediante la sanción de la Ley N° 5516/61 se convirtió en Archivo General, único repositorio de la provincia destinado a la conservación de la documentación del poder ejecutivo.
Sus fondos organizados en secciones y series, abarcan todos los aspectos de la vida provincial; cabildo, gobierno, contaduría, hacienda, justicia, culto, instrucción pública, topografía, obras públicas, agricultura, fomento y otros.
Se ha enriquecido además con la transferencia de los fondos del Archivo de la 1° Circunscripción Judicial del siglo XIX y la primera y segunda décadas del siglo XX, como también con colecciones documentales de particulares.
En 1979 por Ley N° 8399 se reformó la Ley N° 5516/61 creándose dentro del Archivo General los Archivos Histórico e Intermedio, distinguiéndose ambos por los plazos de la documentación que conservan. El primero guarda documentos históricos de más de 30 años de antigüedad y el segundo administra los fondos que poseen entre 15 y 30 años.
Por Decreto N° 2232/82 se reglamentó el funcionamiento del Archivo General como también de los archivos sectoriales y jurisdiccionales de la Administración.
Por Resolución MG Nº 253/71 y Disposiciones AGPSF Nº 3/71, 46/81 y 71/87 se aprueba el Reglamento de la Sala de Referencias del Archivo.
La Ley N° 10870/92 creó el Sistema Provincial de Archivos cuya dirección ejerce la Dirección del Archivo General de la Provincia e integran obligatoriamente todos los Archivos Jurisdiccionales y de organismos descentralizados del Poder Ejecutivo, y al cual se han integrado mediante convenio, hasta marzo de 2000, las Municipalidades de Las Rosas, Rafaela, Capitán Bermúdez, Coronda, Salto Grande, Reconquista, Progreso, Venado Tuerto y San Justo, el Arzobispado de Santa Fe, Cablevideo S.A., Ente Regulador del Puerto de Santa Fe, Instituto Superior del Profesorado de Inglés y Francés Particular Incorporado N° 1 “Estela Guinle de Cervera, Dirección de Estadística y Archivos del Poder Legislativo.
En el año 1997 el Archivo General firmó un Acuerdo de Cooperación Científica con la Dirección del Libro, Archivos y Bibliotecas dependiente del Ministerio de Educación y Cultura de España para relevar los archivos de la provincia de Santa Fe, habiéndose renovado para el año 1998. A dicha información se puede acceder a través del CENSO GUIA DE ARCHIVOS IBEROAMERICANOS.
Contactos
Archivo General de la Provincia
Correo electrónico:sipar@ceride.gov.ar
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