jueves, mayo 24

"Pinceladas de la Pampa Gringa" otro libro de la escritora Liliana Fassi

Motivada por las anécdotas y vivencias narradas por un familiar, Fassi pudo transformar esas historias en relatos que nos recrean épocas de grandes esfuerzos, de lucha diaria por conseguir los sueños y ser felices.
Liliana Fassi se preocupa por la historia, por la identidad de un pueblo que se conformó a través de la mixtura cultural y por dejar para la posteridad instantáneas de épocas que las generaciones actuales no deben olvidar.
Dejamos a continuación la palabra de quien prologara el libro, para luego culminar con la voz de la autora detallando su trabajo y obsequiando su prosa.

 PINCELADAS QUE TIÑEN EL ALMA
por Miriam Luján Divito

Vívido fresco de una Argentina latente y vital, estos cuentos de Liliana Fassi son como espigas que a veces se mecen con la brisa suave o que son azotadas por violentas tempestades. Historias de sacrificio, resignación, abnegación obstinada para vencer obstáculos, sueños y proyectos, fracasos y éxitos medidos con un solo parámetro: trabajo y más trabajo. Esa laboriosidad de los inmigrantes que hicieron una Argentina potente con su humilde y continuo esfuerzo aparece en estas páginas con una fuerte carga nostalgiosa.
Italianos, catalanes, turcos, húngaros, criollos, indígenas, entre otros, conviven en estas historias que se entrelazan como en un riquísimo caleidoscopio que emociona profundamente por su vuelo poético en relatos sólo en apariencia simples, ya que plasman la complejidad de la condición humana, sus deseos, contradicciones, sueños y realidades. Intertextualidad que ilumina aspectos de historias individuales a lo largo del tiempo y las multiplica ficcionalmente en la visión de los otros, como la memoria que la autora quiere rescatar de antepasados reales, para darles voz, cuerpo, presencia; para que la indiferencia de nosotros, descendientes de esas generaciones, no sea "un rechazo de esa postrera ofrenda" que ellos nos entregaron. Voces propias, voces de los otros y un entramado sutil que reconstruye una identidad y una cultura tan variada y mixta como la Argentina.
En esta serie de cuentos laten olores y sabores de la tierra, los alimentos, los animales y los hombres. La vida rural y sus faenas, el ritmo de las pequeñas colonias, los oficios simples cobran relieve en el mundo sacrificado de la pampa gringa. Las expresiones propias de cada cultura, las voces de cada pueblo encuentran puntos de contacto en la difícil construcción de una identidad común. Plásticas imágenes se plasman en la retina con enorme fuerza evocadora. Paisajes descriptos con mínimos detalles generan un friso de época que son el marco vívido de estos relatos que cobran ritmo ora cansino, ora dramático, como la vida misma.
Los invito a vivir otros tiempos, no obstante, a medida que el itinerario de lectura se agudiza, la universalidad que late en estas historias de honda calidez humana guía a que nos replanteemos nuestro tiempo y crea un espacio de reconocimiento de la atemporalidad de los sentimientos más profundos de nuestra existencia.
Como el boyerito de estos relatos, tendamos la mano al croto que pasa sobre el tren como símbolo de la eterna libertad y gocemos con la experiencia de la lectura de estos emotivos relatos escritos desde el alma para que nos asomemos al mundo de los otros, que es, ni más ni menos, nuestro mundo también, el de nuestra memoria colectiva.
A vivir, pues, la experiencia de celebrarnos en estas "pinceladas", que, más que colorear, tiñen el alma…


EL FIN DE LOS TIEMPOS
de "Pinceladas de la Pampa Gringa"
por Liliana Fassi

A la memoria de mi padre

Lando bajó del auto con ayuda de su nieto y, apoyado en su bastón, dio unos pasos vacilantes. Ante él, unos metros más allá, se erguía el viejo molino, oxidado y abatido por el tiempo.
Como un flash, un recuerdo vino a su mente, tan vívido como si no hubieran pasado los años: aquel día de carnaval en que jugaba con sus hijas pequeñas y ellas se escondieron detrás del muro de ladrillos que cercaba el pozo de ese mismo molino. Sus risas las delataban, pero él quiso prolongar la diversión y, por eso, demoró el momento de descubrirlas y mojarlas.
La pared ya no existía, pero del molino todavía salía un segmento de caño. Caminó trabajosamente en esa dirección, entre las plantas que le llegaban a las rodillas, hasta que encontró unos pocos restos del enorme tanque.
Cuando tenía 14 ó 15 años, al finalizar las tardes de verano y, con ellas, su trabajo diario, se sumergía en ese tanque y nadaba hasta la noche. Le gustaba flotar con los ojos cerrados e imaginarse pez o pájaro, libre y suspendido en un espacio sin norte ni tiempo. En esas horas, se olvidaba del mundo y de sí mismo.
Apoyado en el auto, su nieto guardaba silencio. Lo había traído porque Lando había insistido. Ahora el anciano percibía su mirada y su contrariedad. Sabía que se preocupaba por él, que creía que no le haría bien volver a ese lugar donde había nacido y había vivido hasta que tuvo más de 30 años. Hacía mucho de eso y de todo aquello ya no quedaba nada. Pero él necesitaba despedirse y, por eso, le había rogado que se quedara atrás, porque le apremiaba hacer ese duelo a solas. El joven había accedido a disgusto y lo esperaba junto al coche.
Miró a su alrededor y recordó los tiempos en que, primero su padre y luego él, araban y sembraban esos campos. Hoy ya no ondulaban espigas doradas ni temblaban al viento las flores de lino. Todo era dominado por el verde codicioso de un cultivo que había avanzado en los últimos años y arrasaba con lo que encontraba a su paso, como un ejército invasor que no perdonaba.
Ya le habían contado que las casas en los campos habían sido demolidas para ceder su lugar a los sembradíos, como si esos pocos metros pudieran significar una diferencia en el resultado de las cosechas.
Miró a su alrededor sin ver nada del viejo paisaje. Recordaba nítidamente cada una de las casas que rodeaban la suya y que siempre pudo ver desde donde estaba parado. Por los cuatro puntos cardinales había tenido vecinos a los que visitaba y que lo visitaban durante las noches, después de la cena, no importaba el día que fuera.
Lando se volvió hacia el lugar donde había estado la casa que construyó su padre antes que él naciera. Con su bastón, exploraba el terreno antes de dar cada paso, en parte porque no quería tropezar y caerse, pero también con la remota esperanza de encontrar algún resto que le devolviera su pasado.
Llegó hasta el lugar donde le pareció que pudo estar el dormitorio que había sido suyo y después de sus hijas.
Un poco más allá, a la izquierda, recordó la galería por la que se accedía al zaguán. En un acto inconsciente, miró hacia arriba como esperando ver, colgados del techo, los embutidos elaborados en las carneadas, pero sólo encontró el cielo gris de la tarde.
Cuando se dirigía hacia el sitio donde estuvieron la herrería y los galpones, chocó con un objeto de metal. Con la punta del bastón apartó las plantas a su alrededor y pudo ver parte del disco de un arado, semienterrado.
Sintió que esa imagen representaba de una manera más certera que cualquier otra lo que había sucedido: aquella vida, la misma pampa gringa habían sido enterradas para dar lugar a un tiempo diferente.
Se preguntó si ese disco habría pertenecido al arado que él había usado, tirado por el "Negro", el "Lucero", la "Tagua" y aquellos otros cuyos nombres se le escapaban en ese momento. En su tiempo ese arado, en el que iba sentado, era un verdadero avance. Su padre solía contarle cómo él y su abuelo caminaban detrás de los bueyes mientras empujaban un arado de mancera. De todo eso ya no quedaba nada. Las generaciones jóvenes ni siquiera sabían de ello.
Se preguntó si algo permanecía allí, una presencia invisible, la esencia de aquellos que habían engrandecido ese mundo con su sacrificio, que habían regado esos campos con su sudor y sus lágrimas, que habían abonado esa tierra con sus huesos. A veces, sentía que la indiferencia de sus descendientes era un rechazo de esa postrera ofrenda.
Se sobresaltó cuando sintió una mano sobre su hombro.
-Abuelo -dijo su nieto, a su lado-. Se pone fresco y está por hacerse de noche. Deberíamos irnos.
Lando notó que un torbellino lo traía de regreso al mundo actual, frío y mecanizado. Miró el cielo y descubrió el brillo hipnótico del Lucero, que apareció fugazmente entre las nubes.
Aceptó el brazo que el joven le ofrecía y, apoyado en él, se dirigió hacia el auto. Lo agobiaba una emoción que no podía compartir con nadie, porque nadie podría entender. Se sentía como el guardián de un tesoro que alguien había robado frente a sus ojos.
Aquel tiempo había llegado a su fin hacía mucho y, cuando él se fuera, se lo llevaría definitivamente consigo.

LA ESCRITORA

Liliana Fassi nació en La Palestina (Córdoba) en el año 1962. Reside en la ciudad de Villa María desde 1968. Es licenciada en Psicopedagogía, graduada en la Universidad Nacional de Río Cuarto. Conjuga el interés por la creación literaria y la narrativa con la investigación genealógica, a la cual se ha dedicado en los últimos años. Este interés la ha llevado a investigar sus orígenes y a recrear literariamente la historia de la inmigración de sus ancestros. Durante los años 1998 y 1999 escribió artículos en "El Corredor Mediterráneo". Suplemento Cultural de Puntal. Río Cuarto/Villa María/San Francisco. En 2010 publicó "En busca de un tiempo olvidado. Un viaje a mis raíces para recobrar historias de inmigrantes". En 2011 su cuento "La ofrenda" integró la antología "Memoria y rescate. Primer Certamen de Narrativa", editada por la Asociación Italiana de Santo Tomé (Santa Fe). Ha publicado y presentado recientemente el libro de relatos "Pinceladas de la Pampa Gringa".

RE-CREANDO LA CULTURA GRINGA
por Liliana Fassi

La "Pampa Gringa" tiene su origen en la llegada masiva de inmigrantes entre las últimas décadas del Siglo XIX y las primeras del Siglo XX.
En un lapso de alrededor de cincuenta años, arribaron a la Argentina más de cuatro millones de personas de todas las nacionalidades; mayoritariamente, italianos y españoles. De ellos, varios cientos de miles se dispersaron a lo largo y ancho de las llanuras de Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires. Eran campesinos que buscaban una alternativa para lograr una vida digna. Venían motivados por diversas razones, entre ellas, la promesa de la propiedad de la tierra.
A partir de distintos proyectos del Gobierno nacional para poblar el territorio, la pampa se regó de colonias agrícolas. Rápidamente, surgieron enormes extensiones dedicadas al cultivo del trigo; a la par, el ferrocarril se extendió a un ritmo febril y penetró en las regiones más alejadas. Con este proceso de colonización e inmigración, el paisaje rural se transformó por completo: a medida que se producía el cambio espacial y productivo más espectacular que haya tenido la Argentina, la pampa se fue haciendo gringa.
Superando barreras, aquellos inmigrantes se integraron a la sociedad receptora. Poco a poco, fueron adoptando las pautas culturales del nuevo país. En un proceso recíproco, su presencia masiva impactó fuertemente en la vida social, cultural y política de la Argentina. Los "gringos" llegados a estas tierras modificaron las costumbres, los valores, el lenguaje; dejaron una impronta duradera.
El país debe mucho a esos hombres y mujeres que, trabajando duro para su progreso y el de su familia, hicieron crecer la tierra de sus hijos y sus nietos. Aún hoy sus descendientes constituyen una significativa proporción de la población argentina; muchos de éstos conservan todavía el recuerdo de su tradición cultural.
Las vivencias y recuerdos de un nieto de inmigrantes como aquellos (Víctor Fassi), relatados con paciencia y generosidad, gestaron los cuentos que conforman este libro. Ellos tienen la intención de re-crear esa cultura gringa, de rescatar sus costumbres, creencias, tradiciones, neologismos surgidos de la mixtura entre el piemontés heredado y el español de la tierra de nacimiento.
"Pinceladas de la Pampa Gringa" pinta breves escenas de esos viejos tiempos en los que podemos encontrar las raíces de nuestra identidad.
 Texto: Darío Falconi
Fotografías: Héctor Fassi
www.lilianafassi.com.ar
eldiariocultura@gmail.com

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