miércoles, setiembre 11

Sarmiento Albarracín en Marruecos y Argelia

En “Recuerdos de Provincia”, obra de 1850, Domingo Faustino Sarmiento parece ocuparse de su genealogía, y siguiendo una línea ascendente que parte de su madre, Paula Albarracín, se remonta hasta un jeque sarraceno, llamado Al Ben Razin (Albarracín), quien en el contexto de la ocupación musulmana de la península Ibérica, fundó una familia y conquistó una ciudad a la que dio su nombre. Ese es posiblemente el origen del nombre de Albarracín, en Teruel (España).
Sarmiento Albarracín tenía ancestros africanos.
No obstante que Sarmiento atribuyó su fisonomía “completamente árabe” al citado y lejano ancestro, lo cierto es que su verdadero origen se encontraría mucho más vinculado a los beréberes del África del Norte que a los árabes con quienes creyó relacionarse.
Ocurre que, como bien señaló Bosch Vilá, eminente catedrático numerario de historia del Islam de la Universidad de Granada, “La historia islámica de la península es, en una parte nada despreciable, una historia de los beréberes y de su intervención en el continente europeo”.
Al mando del liberto Tariq ben Ziyad (del que deriva el nombre de Gibraltar, “Gibal Tariq”), tropas compuestas por unos 12.000 beréberes – entre los cuales se contaban aquellos que eran mestizos de negros en virtud de los contactos establecidos con las tribus del Africa subsahariana occidental- y de un escaso número de elementos árabes ocuparon la Península Ibérica en el siglo VIII.
Este pueblo beréber, había sido islamizado por vez primera entre los años 640 y 705, poco antes de emprenderse la conquista de la Hispania, y puede decirse que su territorio abarcaba lo que hoy es Túnez, Argelia, Marruecos, el Noroeste de Libia e, incluso Siwa, en Egipto.
Por otra parte, el estudioso Atgier ha sostenido que lo beréberes procedían originariamente de Europa siendo posterior su establecimiento en el Africa septentrional; como sea, lo cierto es que el geógrafo e historiador Beltrán y Rozpide entendía que “eran blancos, y al mezclarse…resultó una población en la que había y aun predominaban los individuos de color moreno obscuro; a todos denominaron “moros” los romanos. Si entre griegos y romanos moro equivalía á «negro», en la lengua de bereberes negro se decía y se dice “berik”.
En varios dialectos de esas gentes el masculino plural se forma con el prefijo “i”. Iberik (ibérico), pues, significa «los negros». En otros dialectos, se prescinde del prefijo, y berik es lo mismo en plural. Si en este vocablo suprimimos la terminación ik, que adjetiva, así como ico en ibérico, y se dobla la radical ber—lo que es bastante común en los idiomas del Norte de África—obtendremos la voz berber. Resulta, pues, que moro, íbero y beréber indican…un mismo pueblo primitivamente negro, que se ha ido modificando por mezcla con otros que sucesivamente fueron invadiendo el país.”
A pesar de la escasa valoración que los estudios históricos parecen haber dado al componente beréber en la conquista del territorio hispano, los beréberes continuarían expandiéndose e incluso en algunos casos, aventajando en número al elemento arábigo.
“Sabidas estas victorias en África, fue tanto el número de Africanos que creció en España que todas las ciudades y villas se hincheron dellos, porque no pasaron como guerreros sino como pobladores con sus mujeres e hijos, en tanta manera que la religión, costumbres y lenguas corrompieron, y los nombres de los pueblos , de los montes, de los ríos y de los campos se mudaron”, se lamentaba Luis del Mármol Carvajal, un historiador español de fines del siglo XVI.
Entre los grupos beréberes que pasaron a la enínsula Ibérica en el siglo VIII, puede contarse el de los “Hawara”, del tronco de los Botr y al cual pertenecía la familia de los Banu Razin.
Los asentamientos correspondientes a esta comunidad Hawara son reconocibles porque al comienzo de sus respectivas denominaciones aparecen los prefijos banu o beni y su presencia se esparció por el centro, sur y este de la Península, siendo que en lo que a la familia de los Banu Razin atañe, ésta se posicionó en el macizo ibérico entre Teruel y Cuenca, con el propósito de defender las fronteras de lo que se conocía como “Al-Andalus”, es decir, el territorio que efectivamente estuvo bajo poder musulmán y no solamente el de la actual Andalucía.
Será Bosch Vilá nuevamente quien, señalando que los Hawara fueron uno de los primeros grupos beréberes establecidos en estas tierras fronterizas de Al-Andalus, describe a una de sus fracciones, los Banu Razin, como una familia “numerosa y rica” y que ocupando “castillos al sur de la actual provincia de Teruel llegaron a constituir en Santa Mariya al-Sarq (Santa María de Ben Razin), una dinastía taifa…”
Los Hawara, o Huara y Houara habían habitado antiguamente el Fezzan Libio y conforme a los estudios realizados por el francés Charles Foucauld, el término “Huara” debe asociarse con el vocablo “Ahaggar” (tuareg noble). Posteriormente emigrarían hacia la costa del Norte de Africa, pasando a dominar a las antiguas poblacionesque allí se asentaban e integrarse étnicamente. Y hay más, en 1950, cien años después de la publicación de “Recuerdos de Provincia”, se traducía al español “Historia de la España Musulmana hasta la caída del Califato de Córdoba”, obra del prestigioso islamólogo franco-argelino, Evariste Levi Provençal, sustentando asimismo, el citado origen beréber de los Baanu Razin.
“El español de hoy es el árabe de ayer, –escribe Sarmiento en “Viajes en Europa, Africa y América” (1847), renegando de aquello con lo que se creía emparentado– frugal, desenvuelto, gracioso en la Andalucía, poeta y ocioso por todas partes; goza del sol, se emborracha poco, y pasa su tiempo en las esquinas, figones y plazas.
Las mujeres llevan velo sobre la cara, la mantilla, como las mujeres árabes. Se sientan en el suelo en las iglesias, sobre un tapiz o alfombra con las piernas cruzadas a la manera oriental. En todo el mundo cristiano lo hacen en sillas, en Roma incluso. Los hombres llevan la faja colorada de los moriscos; los andaluces la chamana, los valencianos la manta y las gabuchas; los picadores conservan los estribos; y el gobierno de los Capitanes generales, cadies absolutos de las provincias que se entrometen en hacer justicia a la manera de Aroun-al- Raschid. Rézanse tres oraciones al día, en contraposición a las tres plegarias enunciadas por el Muhezzin…”
Sabida es la admiración que Sarmiento profesaba por los Estados Unidos y menos conocida la poca estima en que tenía a Nueva Orleans, ciudad portadora de un importante elemento hispánico en su composición poblacional.
Bien, es precisamente desde este lugar donde un periódico en español titulado “La Patria”, decide responder a los ataques que Sarmiento hizo a la literatura española, negándole valor alguno.
“La Patria”, dirigida por Victoriano Alemán y Eusebio J. Gómez, daba la bienvenida por 1850 a quien poco después pasaría a integrar aquella dirección, reproduciendo un artículo en el cual el estadista, diplomático y periodista, Jose Antonio de Irisarri, en una clara referencia a Sarmiento y sus consabidas acusaciones al legado hispano, se animaba a contestarle:
“Conviene al interés de la América española que se conozca la literatura de la nación que dio su lengua y sus costumbres a tantos millones de hombres, para que se destruya la falsa idea que han querido generalizar entre nosotros algunos escritores ignorantes (Sarmiento), de que en España no hay libros que leer.
Y ahora recuerdo, que no ha muchos años que un escritor argentino en Chile (Sarmiento), queriendo convencer al público de la conveniencia de adoptar un nuevo sistema de ortografía, que en nada se diferenciaba del que usan los carreros en Andalucía, sostenía que no se había escrito en español una obra que mereciese la pena de leerse, pero lo que consiguió este ortógrafo moderno fue demostrar que ignoraba completamente el español y todo lo que tenía que relación con la España”
Paradójicamente al atacar a Sarmiento de este modo, Irisarri terminaría concordando con él en cuanto a denostar al sur de España que era donde más evidentes se habían hecho, a lo largo de 800 años de dominación, los rasgos de la cultura árabe y beréber.
En “Recuerdos…”, Sarmiento cuenta que una tía suya, “casi mendiga”, ofendida al no ser saludada en su paso por las calles y atribuyendo esta omisión a su pobre condición, alegaba que seguramente el sujeto en cuestión tendría entre sus ancestros algún zambo o mulato.
Esto además de otros prejuicios de su pariente respecto a los “hijos de Mahoma”, lleva a su sobrino a concluir que poca gracia le hubiera hecho el enterarse de esta procedencia arábiga que él creía haber descubierto en su familia.
El mulato lo fue solo en tanto y en cuanto este se hallaría en lo que para Sarmiento era un “virtuoso”.
Facundo de D. F. Sarmiento: “la vida de sus hombres son a menudo similares (árabes y gauchos). Cuando la ciudad era aún aldea, y las calles caminos, y las casas chozas improvisadas, echaba de menos la Patria de donde había venido, podía decirle como Abderahman, el rey árabe de Córdoba: “Tú también, insigne palma, eres aquí forastera; De Algarbe las dulces auras, tu pompa halagan y besan; En fecundo suelo arraigas, y al cielo tu cima elevas; tristes lágrimas lloraras, si cual yo sentir pudieras”.
En Recuerdos de Provincia, libro de Sarmiento, decía éste “sois agricultores y os faltan peones para el trabajo”.
Por Alejandra Isabel Díaz Bialet César

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