lunes, agosto 31

Famosos en el Cementerio de la Recoleta

Como hemos enunciado, en el cementerio de la Recoleta, descansan héroes de la patria y presidentes.


HEROES | PRESIDENTES

También pueden visitarse las bóvedas de escritores, premios Nóbel, médicos, deportistas y gente del espectáculo.
A continuación citaremos algunos de ellos:

Mujer destacada en la política
Eva Duarte
Nació el 7 de Mayo de 1919 en Los Toldos (Provincia de Buenos Aires).
Fue la segunda esposa del Gral. Perón, a quien acompañó durante sus dos primeras presidencias.
A ella se debe la ley que establece el voto femenino (1947) y que se concretó por primera vez en 1951.


Premios Nóbel
Luis Federico Leloir
Nació el 6 de septiembre de 1906 y falleció en 1987.
Ganó el Premio Nóbel de Química en 1970 por su trabajo en bioquímica al descubrir los nucleótidos de azúcar y su función en la biosíntesis de hidratos de carbono.

Carlos Saavedra Lamas
Nació el 1º de noviembre de 1878 y falleció el 5 de mayo de 1959.
Fue Ministro de Relaciones Exteriores.
Ganó el Premio Nóbel de la Paz en 1936 por su intervención en la resolución del conflicto entre Bolivia y Paraguay


Escritores
José Hernández
Nació el 10 de noviembre de 1834 y falleció el 21 de octubre de 1886.
Gran poeta y político recordado por sus poemas "Martín Fierro" y "La vuelta de Martín Fierro", donde plasmó la vida del gaucho y su entorno.
Se desempeñó como diputado y senador de la provincia de Buenos Aires.
El 10 de noviembre, fecha del natalicio de José Hernández se festeja el Día de la Tradición
Es una bóveda de líneas neoclásicas simples, con un fino trabajo de herrería en la puerta de acceso.

Miguel Cané
Nació el 27 de enero de 1851.
Fue abogado y escritor. Se destacó entre los escritores de la generación del 80, siendo su obra cumbre "Juvenilia" -1884- donde relata su experiencia en los años de estudiante en el Nacional Buenos Aires.
También fue diputado y proyectó la Plaza de los dos Congresos.
Falleció en Buenos Aires en 1905.

Victoria Ocampo
Nació en Buenos Aires, el 7 de abril de 1890
Su primer libro ("De Francesca a Beatrice") que era un estudio sobre la Divina Comedia de Dante Alighieri.
Falleció el 27 de enero de 1979.

Silvina Ocampo
Nació en Buenos Aires en 1903. En 1933 conoció a Adolfo Bioy Casares, con quien se casó en 1940.
Murió en Buenos Aires en 1994.

Adolfo Bioy Casares
Nació el 15 de septiembre de 1914 en Buenos Aires murió el 8 de marzo de 1999.
A los once años escribe su primera novela, Iris y Margarita -plagiando a"Petit Bob" de, para una prima de la que estaba perdidamente enamorado.

Olegario V. Andrade
Nació el 6 de marzo de 1839.
Una de sus obras más importantes: "El nido de cóndores".
Falleció el 30 de Octubre de 1882.

Estanislao del Campo
Nació el 7 de febrero de 1834.
Una de sus obras destacadas fue "Los debates de Mitre y Carta de Anastasio el Pollo".
Murió joven aún el 6 de noviembre de 1880 y los mejores poetas de la época, José Hernández y Guido y Spano, pronunciaron conmovedoras oraciones en su tumba.

Oliverio Girondo
Nació el 17 de agosto de 1891.
Una de sus obras: Espantapájaros.
Muere en Buenos Aires el 24 de enero de 1967.

Carlos Guido Spano
Nació en Buenos Aires en 1827 y falleció en la misma ciudad en 1918.
Dejó una considerable y muy variada obra en prosa, según puede apreciarse en las páginas de Ráfagas, (1879) recopilación de textos sobre diversos temas.

Paul Groussac
Nació en Toulouse el 15 de febrero de 1848 y murió en Buenos Aires el 27 de junio de 1929.
Escritor francés radicado en Buenos Aires desde 1866. Fue director de la Biblioteca Nacional, donde estuvo más de cuarenta años.


Médicos
Cosme Argerich
Nació en Buenos Aires en 1758.
Fue el primer maestro de estudios médicos que actuó en nuestro medio.
Murió en Buenos Aires el 14 de febrero de 1820

Toribio Ayerza
(1815-1884)
Fue un médico de origen vasco, realizó la primera traqueotomía, salvando muchas vidas en épocas de difteria y junto con Guillermo Rawson, fundaron la Cruz Roja Argentina en 1880.

Francisco Muñiz 
Nació el 21 de diciembre de 1795.
Sus primeros trabajos científicos en el campo de la medicina se refirieron a la vacuna antivariólica (contra la viruela).
Murió en Buenos Aires el 8 de abril de 1871.

Guillermo Rawson
Nacido en la provincia de San Juan, el 24 de junio de 1821.
Fue médico higienista, estudió las casas de inquilinato y sus consecuencias para la salud. Fundó la Cruz Roja Argentina el 10 de junio de 1880.
Falleció en París el 2 de febrero de 1890.


Famosos del Espectáculo
Blanca Podestá
Nació en La Plata, Buenos Aires, el 6 de julio de 1889 y murió el 17 de mayor de 1967.
La recordada actriz descansa en la bóveda familiar de García Velloso.

Armando Bó
Nació en Buenos Aires el 3 de mayo de 1914 y murió el 8 de octubre de 1981.
Fue un importante director del cine nacional y pareja de la actriz Isabel Sarli.

Zully Moreno
Nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1920 y murió el 25 de diciembre de 1999.
La actriz argentina, protagonista en 1948 de "Dios se lo pague", donde compartió créditos con el actor mexicano Arturo de Córdova, decidió retirarse del cine, los flashes, las cámaras y las entrevistas a los 39 años de edad.

Luis César Amadori
Poeta (28 de mayo de 1902 - 5 de junio de 1977), uno de los directores cinematográficos más prolíficos y exitosos, casado con Zully Moreno.


Deportistas
Luis Angel Firpo
Nació en Junín en 1894 y falleció en 1960.
Fue un boxeador argentino de gran coraje, por lo que se ganó el apodo de "Toro Salvaje de Las Pampas".
Es muy recordada su pelea con Dempsey el 14 de septiembre de 1923 en New York.
En la entrada de esta bóveda se aprecia la escultura realizada por el artista argentino Luis Perlotti que lo muestra con su bata y su equipo de boxeo.

Martín Karadagián
Nació el 30 de abril de 1922 en San Telmo y murió el 27 de Agosto de 1991. Creador del programa Titanes en el Ring.


Caso policial famoso
María Marta García Belsunce
Presidía la entidad Damas del Pilar, de fines solidarios y benéficos. Además, era vicepresidente de Missing Children, una organización dedicada a ubicar niños perdidos,
El crimen de María Marta García Belsunce, ocurrido el 27 de octubre de 2003, en una casa del Carmel Country Club de Pilar, no deja de causar asombro y conmoción, al punto que en todo el país se aguarda con gran expectativa el desenlace de la investigación, que aún no fue resuelto.

Fuente:http://www.cementeriorecoleta.com.ar

El luto a principios de siglo

 El luto ocupaba un lugar simbólico importante por su duración estricta y sus formas. La relación con el finado era determinante: una viuda, por ejemplo, se cubría la cabeza y las manos con sombrero y guantes negros, se ponía ropa interior y medias todo negro y si usaba alguna alhaja debía tener ese color. Se vendían perlas negras y grises, camafeos sin color, retratos al esmalte para llevar al muerto en un colgante. Según la época se usaron crespones, que eran largos velos flotantes desde el sombrero o turbante hasta el suelo, y, en verano, tapados de seda negra. A los niños de algunas colectividades se los vestía de ese color, pero era más común que sólo les pusieran un brazalete a los varones y un gran moño en el pelo a las niñas.
La corbata negra y el brazalete eran obligatorios también para los que asistían al velatorio y entierro mientras que las mujeres se vestían de oscuro y con modestia. Entendamos que era obligatorio en un sentido moral, impuesto por la costumbre. La transgresión era, simplemente, mal vista.

Cuando alguien moría, se silenciaban las radios, los fonógrafos y los pianos. La gente hablaba en voz más baja, los vecinos cercanos no sacaban las sillas a la calle y los deudos sólo asistían al teatro después del período de luto riguroso. Donde había palco grillé, como en el Teatro Menoti-Garibaldi, lo reservaban para ellos. Era un palco provisto de una grilla o enrejado que permitía ver sin ser vistos. La correspondencia, por otra parte, se escribía en papeles y sobres especiales que se hacían imprimir con un ribete o una banda negra. Los profesionales se encargaban tarjetas de esa clase. Las imprentas hacían propaganda: tarjetas y papel epistolar gran fantasía, con diseño moderno de luto.

Naturalmente, alrededor del duelo floreció una industria. Hubo modistas y sastres especializados que cosían ropa en 24 horas, tintorerías que teñían en el día, costureras que iban a domicilio a arreglar, teñir, adaptar prendas. Los fotógrafos tomaban fotos de los deudos, que después enmarcaban con bandas de luto, y las imprentas imprimían en el día las tarjetas que firmaba cada asistente al velorio y que dentro del mes retribuían los deudos con otras. Había florerías que, igual que ahora, confeccionaban coronas, palmas y ramos cuya dimensión se graduaba por el grado de parentesco o amistad.

La duración del luto iba desde tres meses para los primos hasta dos años para parientes más cercanos, y se pasaba del luto riguroso al aliviado –con algún cuello blanco- y después al medioluto, con ropas de color violeta o gris, medias de un color que se llamaba torcaza o humo, y algunas telas con pequeños motivos en blanco sobre negro. Bailes, diversiones en general, estaba prohibidas. Guay de la chica que tenía un luto en tiempo de romerías o carnaval... Hasta los casamientos se postergaban para poder festejar, aun cuando se pensara en una fiesta discreta. Dentro del período de luto y con algún espacio de tiempo podían hacerse casamientos que se anunciaban: las nupcias tendrán lugar en la intimidad. Se hacían con pocos invitados, los más íntimos, a puertas cerradas y generalmente se armaba un pequeño altar en la misma casa para la ceremonia religiosa.

Sumemos a todo esto las ventanas cerradas, la puerta cancel cerrada, las visitas reservadas a ciertas horas o días, los avisos, las misas al mes, al año, el día del santo. La misa que se hacía al año solía llamarse “de cabo de año”, igual que en España. En general, las ceremonias se parecieron en los pueblos de Buenos Aires a las de los pueblos de provincia en Europa y hasta los indios se plegaron a su modalidad. Alrededor de 1870 se enterraban de manera semejante y, por otro lado, la Ley de Municipios (1854) mandaba que los entierros se hicieran en un lugar especial y con ciertos cuidados de higiene. En Azul hubo un cementerio desde los comienzos del poblamiento, circunstancia ésta que fue igual en todas partes ya que la muerte no esperaba. Ese camposanto creció a la par de la rica ciudad. Tuvo grandes bóvedas familiares y panteones de las colectividades y asociaciones. Tuvo una parte destinada a los no cristianos o disidentes y actualmente se caracteriza por la sensacional portada que en 1936 diseñó el ingeniero Salamone y se ejecutó con la ayuda del escultor Santiago Chierico. Ese Angel Exterminador mereció una publicación especial de la Universidad de Columbia y hoy, seguramente y a la luz de la historia reciente, puede traernos imágenes de encapuchados castigadores. En 1960, agotada la capacidad de los terrenos, se abrió una extesión al otro lado del arroyo, que la gente dio en llamar cementerio de los pobres. Hay que aclarar que es muncipal, con iguales condiciones y precios que el antiguo. Este, hoy muy deteriorado, es digno de ser visitado.

¿Por qué visitar cementerios, algo aparentemente siniestro? Porque guardan la memoria de uno de los pasos de la vida que mayor interés concita y que resume como ninguno la fuerza de la tradición. Visitar el nuestro, el de colonia Hinojo, el de Hinojo, el de algún pueblo rural, nos permite conocer la genealogía de sus pobladores y también la estética de cada época, y, esencialmente, las ideas que en cada tiempo se tuvieron de la vida y la muerte, cómo se cuidaba la imagen pública de cada uno y de la familia, la permanencia del nombre y el recuerdo.

En las fotografías pueden verse unos zapatos de dama de 1910 que, con su rigidez y solidez, nos hablan de la duración de los objetos. También, un aviso de una autoproclamada modista de la corte de Londres que tomaba pedidos en Buenos Aires. No era algo raro ni sólo los muy ricos se encargaban trajes a Londres, vestidos y sombreros a París, zapatos a Italia. Digamos, por los precios relativos que hemos visto, que no eran costumbres accesibles a los pobres pero sí a la gente de clase media en ascenso. Todo los objetos de uso, por otra parte, se hacían para durar y, en lo posible, para pasar de una generación a otra: el reloj del padre a un hijo, los sombreros, abanicos, adornos a las hijas, el mobiliario de padres a hijos que se casaban lo mismo que las alfombras, cortinas, tapices, etcétera. Se gastaba pensando en la calidad pero también en el valor simbólico de pertenencia a cierto grupo social y de pertenencia a una familia estable. Ese valor acompañaba a la gente, la consolaba en los infortunios, la rodeaba de objetos y costumbres que no se perdían con la muerte. Eso representaron los ángeles de mármol en los cementerios, las representaciones en bajorrelieves, los epitafios, las privaciones en los tiempos de luto, las misas, los ritos sociales.

El enterramiento de los araucanos de la provincia de Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX está muy bien descripto en las memorias de Santiago Avendaño (Usos y costumbres de los indios de la pampa. Recopilación de P. Meinrado Hux. Editorial Elefante Blanco). Este hombre había sido tomado cautivo a los siete años y se crió y educó con sus captores, adoptando todas sus costumbres y el idioma. Antes de la expedición de Rosas en 1833 había logrado volver entre los suyos y se presentó ante el gobernador para ofrecerle sus servicios como lenguaraz. En ese carácter participó de la expedición y las fundaciones que se hicieron hasta pasar a desempeñarse como secretario de los Catriel.
Avendaño habla de sus captores, los ranqueles, pero, tal como lo señala el Padre Hux ya desde el título, habla de los indios llegados a la zona pampeana en el siglo XIX desde Chile o el oeste del territorio. Su relato sobre los ritos funerarios deja en claro que el respeto por los muertos, aunque se regía por una estricta jerarquía material y era mayor para los varones, respondía a sentimientos que no nos son ajenos: valor de la vida, valor de las relaciones de familia –parentesco de sangre o afinidad-, existencia de otro mundo y del alma inmortal.
Básicamente, se determinaba un período de espera para constatar la defunción.; luego el curandero o la machi hacían la autopsia, que consistía en introducir una varilla de madera ahuecada en un corte como una jota que iba desde el pecho hasta el vientre rodeando el ombligo, y que servía para extraer bilis. El estado del hígado se medía por ese humor, y de allí se derivaban las conclusiones sobre los otros órganos.
La tumba era un cubículo hondo donde se acomodaba el finado envuelto en cueros y con sus objetos más queridos, y se techaba con cañas dejando un espacio vacío donde moraría el alma a medida que se desprendía del cuerpo. Finalmente se echaba tierra sobre las cañas y se alisaba. A medida que avanzaba el siglo XIX se hacía más común sacrificar uno o más caballos que se enterraban con el dueño. Hubo casos de caudillos indios que eran llevados sobre su mejor caballo al que le habían pegado un tiro en la pata para que fuera lento y dolido, para luego rematarlo y enterrarlo. Igual que en todos los pueblos, existían ceremonias de llanto y luto, como echarse ceniza por encima, gritar, cantar cantos especiales. Se guardaban días de dolor y se recordaba al difunto con elogios y relatos sobre su vida.
Aún para los traidores, aún en medio de la guerra, el enterramiento era de rigor para que los cuerpos no fueran pasto de las aves rapiñeras. El señalamiento del lugar de entierro, entre pueblos nómades o seminómades, solía no existir más que en la memoria de los deudos y, a veces, con piedras.
Un párrafo del libro se refiere a la muerte de un indio picunche que ha llegado en busca de su suegro, que es de otra etnia. Sirve para ver cómo lo fundamental de las ceremonias era común a muchos pueblos indios.
“Voy a morir, mi suegro. Y ano hay remedio” dice Caniucal, y le encomienda a su hijo de catorce años. “Por fin murió, pocos momentos después de haber hablado a todos. Entonces todo fue clarmores y llantos. Había fallecido antes del medio día. De inmediato se lo vistió con la mejor ropà que tenía, hasta que se enfriase el cadáver. Cuando estuvo ya frío, lo llevaron a caballo, por delante de la gente, a sepultarlo. Se abrió la sepultura y, al ir a colocarlo en ella, lo detuvieron para hacerle la anatomía (autopsia)”.
Hecha la autopsia como hemos dicho, lo ponen enla sepultura con una vsija con agua, un poco de carne cocida y unbuen equipaje. Los parientes y amigos se cortaron un mechón de pelo, lo ataron con un hilo para que no se mezclara con otros y se lo pusieron en la mano izquierda para que no los olvide cuando llegue al alhué ampumú, lugar de resucitamiento de las almas. En este caso, a su caballo lo ahorcan y lo entierran con la cabeza hacia donde sale el sol, igual que a su dueño. Kfinalmente dejaron durante unos días el fuego siempre ardiendo y guardaron silencio y compostura.


Muchos son los ritos de pasaje en los distintos pueblos. Por la época de fundación y poblamiento de Olavarría hubo muchos grupos de inmigrantes que aportaron sus costumbres: banda de música que acompañaba al cortejo fúnebre; discursos que rememoraban la vida entera del difunto; fotografías del mismo en su cajón o sentado en la cama o un sillón (hay una fotografía famosa de Sarmiento en esa pose), fotografías del cortejo, la misa, los discursos; misa de cuerpo presente; carrozas muy adornadas en número y formato más y más lujoso, cocheros entorchados, caballos empenachados, cortejos a pie, cortejos en coche de caballos, cortejo en vehículos que marchaban lentamente multándose a cualquiera que cortara la hilera. Sin embargo, pronto se unificaron los rituales y resultó un estilo cada día más sencillo e impersonal, ya sin lutos, ya sin monumentos y con lápidas muy simples: actitudes nuevas cuyo significado irá revelando el tiempo.

Los Panteones



 
¿Alguna vez ha vagado por un cementerio y se preguntó sobre el significado de los dibujos grabados en las lápidas mas antiguas? Miles de diferentes símbolos religiosos y seculares, asi como emblemas han adornado lápidas a través de los tiempos, lo que indica las actitudes hacia la muerte y el más allá, la pertenencia a una organización fraternal, social o comercial de un individuo, la ocupación o incluso la identidad étnica.
Si bien muchos de estos símbolos en las lápidas tienen interpretaciones bastante simples, aunque no siempre es fácil determinar su sentido y significado.
Muchas veces un simbolo era colocado, solo por el hecho que al difunto le gustaba.
Aunque sólo podemos especular lo que nuestros antepasados estaban tratando de decirnos a través de su elección, estos símbolos y su interpretación son comúnmente aceptados por los estudiosos de las lápidas.


Que significa la palabra "lapida"?:

Una lápida es una piedra plana que normalmente lleva grabada una inscripción. El término se utiliza habitualmente para designar a la lápida funeraria: una piedra labrada (en pedernal, granito, mármol, etc.) que marca el lugar donde se encuentra una sepultura.
Generalmente muestran alguna inscripción (el epitafio), fragmentos de textos religiosos o alguna cita alegórica, o "lapidaria".
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 SímbolosLo Que Significa
ÁngelesSimbolizan el cielo y el viaje del espíritu desde la tierra hasta el cielo
Arcos (a menudo se vean con los pilares)Simbolizan el paisaje al cielo. El espíritu viaja desde la tierra hasta el cielo por los arcos simb&oacutelicos.
FlechasLas flechas, dardos, y jabalinas simbolizan la muerte. Estos símbolos existen porque los colonistas siempre sentían miedo de los indios
VelasLas velas o luces simbolizan la vida. A veces estas se ven con los esqueletos o con un viejo que simboliza el paso del tiempo. Ellos se ven tratando de apagar la vela!
Los Gallos o Pavos RealesSimbolizan la vanidad, al carecer de la gracia de Dios, y la conciencia de arrepentimiento
AtaúdesSimboliza la acción de morir
CoronasSimbolizan la honradez y la habilidad del espíritu honrado para viajar al cielo
La CalaveraLa muerte fue predicada todo el tiempo durante la época colonial. La Cabeza de la Muerte (y también el esqueleto) pueden ser vistos alegres, enojados, o tristes. A veces se ven con alas, con menos frecuencia con otra calavera en mano.
PalomaSimboliza la paz y devoción
Las FloresSimboliza la vida, su belleza y su estado temporario (Flores quebradas simbolizan la muerte)
CalabazasSimbolizan la llegada y paso de la vida
La VidSimboliza el Cristo y su Iglesia
El CorozónSimboliza el espíritu que está el cielo
El Corozón en la Boca de Una Cabeza de la MuerteSimboliza el espíritu surgiendo de la muerte.
Reloj de ArenaSimboliza el estado temporal de la vida y el paso del tiempo. (Aunque es menos común a veces esto se ve con las alas).
SirenasEllas son símbolos de los mitos que fueron una parte de la vida de los colonistas llamadas "Puritans". Las sirenas fueron mensajeras de la Prosperina y fueron mandados para llevar los espíritus de los muertos a Hades.
Una Concha de VieiraLas conchas fueron utilizados por los colonistas (Puritans o Pilgrims). De esta manera la concha de vieira es vista como un símbolo humílde representando la lucha por la vida.
GuadañaSimboliza el fin y el estado temporal de la vida. Cuando se ve en las manos del viejo que marca el paso de tiempo, simboliza el fin de una vida.
Esqueleto (Calavera o menos común el esqueleto entero)La muerte fue predicada todo el tiempo durante la época colonial. La Cabeza de la Muerte (y también el esqueleto) pueden ser vistos alegres, enojados, o tristes. A menudo se ven con alas! Los esqueletos enteros a menudo se ven con el viejo que marca el paso del tiempo y a veces con los dardos en las manos.
El SolUn mitad del sol puede simbolizar el principio y el fin de la vida. El sol también es un símbolo del cielo y el viaje del espíritu desde de la tierra hasta el cielo.
Las EstrellasEl Cielo
El Árbol de VidaSimboliza la vida terrestrial y celestial y espiritualidad. El sauce también simboliza la tristeza que los miembros de la familia sienten durante el tiempo de la muerte de un querido
Las UrnasSímbolos del fin de la vida terrestrial



                                                          

La calesita?...se acuerdan!

Los que tienen algunos añitos como yo, seguramente mas de un sabado a la tarde iban a la "calesita" cuando eran chicos. 
Mirando unas fotos de la ciudad de Loberia, me encontre con esta foto que me llevo al pasado, donde mi mama y mi hermana mayor Mary nos llevaban a Veronica y a mi a la Calesita de Don Juan.....
Si bien no hay fotos de ese entrañable carrusel, comparto con ustedes la de SERAFIN TERUGGI. 

sábado, agosto 29

Payadores negros

LOS NEGROS Y LA PAYADA

Entre el candombe y el tango se reconocen etapas o períodos. Uno de ellos es el de la payada. Siguiendo la definición tradicional consiste en el canto del payador, y de la competencia o contrapunto de dos o más payadores. Payador por su parte ha sido definido como el cantor popular que acompañado de guitarra, y generalmente en contrapunto con otro, improvisa sobre temas variados.

En este último caso se habla de payada de contrapunto. Se establece en el confrontamiento entre los cantores-payadores una competencia poético musical, en la que ambos tratan de superarse logrando de esa manera el apoyo y la adhesión popular. Para Leopoldo Lugones, la payada es el certamen improvisado por los trovadores errantes. El tema, como el de las églogas de Virgilio o de Teócrito, tiene un fondo filosófico que se desarrolla por preguntas y respuestas. El buen payador inventaba también el acompañamiento recital de sus canciones.

En esta actividad artística y musical, también hay herencia aborigen, ya que el payador no fue originalmente urbano sino, rural. Basta para comprobarlo releer las observaciones de los varios viajeros de la época hispana, como también las cartas de Hernandarias al rey de España, donde dice haber erradicado a los que estaban todo el día sin hacer tareas de provecho y se pasaban todo el tiempo tomando mate y cantando con la guitarra en la mano, solos o en grupos. Por ello, el payador es un personaje muy típico del Río de la Plata y ha dado lugar al nacimiento literario de un personaje como Santos Vega. La parábola de este poema es la payada con el diablo y la muerte final del cantor-payador. Puede ser tomada como el significado de la inevitable muerte de este canto y su confrontamiento lírico y musical, por la acción del progreso material, que implicó de manera directa el ingreso al nivel de vida de nuevas formas, al mismo tiempo que señala la desaparición física del gaucho cantor, con toda la herencia cultural del negro y del indio sublimadas en el mestizo que es el gaucho. Además, de la payada de Santos Vega, ha quedado en las páginas de la literatura nacional la de Martín Fierro y el negro. La derrota de este, también puede ser tomada como un signo premonitorio del destino final de la raza negra, en una civilización de blancos: su derrota cultural y su desaparición física.

A la influencia o herencia aborigen, mencionada antes, por ser la payada original un fenómeno cultural agrario y rural, hay que agregar la influencia de los negros con sus confrontaciones tamboriles -a los que hacen alusión las fuentes hispanas, ya enunciadas- por el sonido monocorde durante horas. Es lo que Néstor Ortiz Oderigo llama los diálogos organográficos, que terminaban cuando un contrincante dejaba fuera de combate al contendiente.

No es fortuito que ante la poca penetración de los negros en la literatura que podemos llamar blanca, expresada en la novela y el periodismo, sus mejores creadores literarios, volcados en la veta poética hayan logrado destacarse en la poesía payadoresca, a la que se debe agregar la colaboración periodística en prosa, pero en este caso como seudópodo, reafirmando sus valores payadorescos. Los libros publicados que llevan el nombre de payadores son para reafirmar sus condiciones de contendores versales y no como prosistas probados.

Otra particularidad hay que hacer notar respecto a todos los payadores en general, y a los de color, en especial. Es la de haber incursionado en alguna etapa de su trayectoria, como compositores de música o letristas en el tango, en la época en que éste era semiurbano y semirural, por estar en la etapa de definición desde la payada, la milonga y el tango ciudadano. Ello indica que los payadores de la campaña, o sea, desde los pueblos de la campaña, se fueron acercando, cuando no afincando, en las grandes urbes como fueron Santa Fe, Córdoba, Rosario y Buenos Aires.

Sin pretender hacer una lista totalizadora se dan a continuación breves biografías de los más destacados payadores que tienen raigambre africana:

ACOSTA GARCÍA, LUIS

ALFARO, ANDRÉS

BARRERA, RAMÓN

BETINOTI, JOSÉ

CAGIANO, ANTONIO A.

CAZÓN, HIGINIO

CEPEDA, ANDRÉS

CURLANDO, FEDERICO

DAMILANO, JUAN

DAVANTES, TOMÁS M.

DÍAZ, MAMERTO

DORREGO, CELESTINO

EZEIZA, GABINO

FERRETI, CONSTANTINO

GARCÍA, JUAN J.

GARCÍA, LUIS

HIDALGO, FÉLIX

JEREZ, PABLO

JUÁREZ, FELIPE

LUNA, PANCHO

MANCO, SILVERIO

SUÁREZ, RUDECINDO

TREJO, NEMESIO

MARTÍN: sobre este payador moreno es más lo que se ignora que lo que se sabe de su vida. Así por ejemplo se sabe que era conocido por el apodo de Matilibimbe y que sostuvo una payada con el payador Agapito, posiblemente bajo la carpa de un circo. El resto de su actividad se desvanece en la ignorancia de hechos probatorios.

RAMÍREZ: Con este payador moreno se repite la circunstancia ya dicha en el caso anterior, es más lo que se ignora que lo que se sabe. Se lo ubica como afincado en la zona de Dolores, Buenos Aires, donde trabajaba en tareas rurales, las que dejaba para celebrar payadas en los partidos cercanos. Así se menciona la payada con el manco Baigorria, ya citado antes, en el ex partido de El Vecino, hoy General Guido.

Quedan otros nombres para incluir en esta lista somera, como Pancho Luna de quien se hablaba en la época rivadaviana o Valentín Ferreyra, de la zona de 9 de Julio, Buenos Aires, para el filo de la federalización de Buenos Aires, pero la enorme ausencia de datos creibles y comprobables, hace que se dejen sin mencionar.

Una curiosidad posible de apuntar, es la referida al homenaje popular brindado a los negros de la ciudad de Buenos Aires. Se estima que sus calles, plazas y parques están adornados y embellecidos por unas 2.000 estatuas u obras de arte. De ese número sólo tres corresponden a negros. Uno es el recordatorio de la esclavitud, otro el de Falucho y el tercero de Gabino Ezeiza.

Una variante en la poética popular la constituyen los versos de los pregoneros. Esta actividad es muy antigua data, conociéndose su actividad en las ciudades griegas y romanas, pero fue en la Edad Media, donde tuvieron un apogeo inusitado. En la época del dominio español el pregonero callejero, adquirió los perfiles de la actual publicidad televisiva, pues al mismo tiempo que mostrar la mercadería, decían en palabras muy directas las virtudes y el precio de los pregonado. Por ello, en las viejas crónicas virreinales se encuentran menciones de pregones de todo aquello que podía ser consumido por la población, ya fuera la carne, como el agua traída del río, el pan, la leche o la mazamorra, y también profesiones como la de hormiguero, jardinero, trenzador, frutero, pocero, etc.

Han quedado reflejados en las litografías de Bacle o en los cuadros de Vidal o de Pellegrini, haciendo el pregón y vendiendo al menudeo. Por las noches esos pregoneros de mercaderías eran reemplazados por los pregones de los serenos, que además de dar las condiciones climatológicas, daban con la afirmación de Sereno, la tranquilidad para seguir durmiendo o descansando. Con el correr del tiempo y el avance material, fueron reemplazados los pregones por los carteles, pues ya el nivel de alfabetismo hacía posible la lectura de los mismo. Quedaron como resabio los negros y negras que vendían y pregonaban por las calles la mazamorra, las tortas y los pasteles, intentando reunir el dinero necesario para el cotidiano vivir. Estos a su vez fueron desapareciendo por sucesión biológica y adelantos técnicos.

Tangueros de Sangre Negra:

Carlos Posadas

El primer hombre negro que llegó a América lo hizo como explorador y no como esclavo: fue don Alfonso Prieto, piloto de la Pinta con Pinzón y Colón. Esto lo apunta Marcos de Estrada en su interesante estudio titulado Argentinos de origen africano, que editara Eudeba en 1979.
Es que la trata -o sea el tráfico de negros para venderlos como esclavos- comienza a partir del siglo XV (en 1693 aparece la primera referencia sobre la esclavitud en el Río de la Plata) alcanzando una inconcebible magnitud durante los últimos años del siglo XIX. Diversos autores (Du Bois, Ducasse, entre ellos) estiman que durante este lapso de trescientos años, más de ciento cincuenta millones de personas fueron arrebatadas de su Africa natal.
No resulta fácil saber con exactitud el origen de los negros que, como esclavos, llegaron al Río de la Plata.
Según Bernardo Kordon 1- tanto en Brasil, como en Uruguay y en Buenos Aires, desaparecieron los documentos más importantes del tráfico negrero. No obstante se ha aceptado que los negros porteños procedían mayoritariamente del Congo y de Angola: eran los llamados bantúes.
También existen marcadas diferencias entre los diversos investigadores, acerca de la cantidad de negros esclavos llegados a nuestras costas. Ricardo Rodríguez Molas
2- habla que «posiblemente no menos de doscientos mil esclavos ingresan en los doscientos treinta años posteriores a 1580, por los puertos de Buenos Aires y Montevideo...», aunque el empadronamiento de 1744 y los censos realizados en 1778 y 1810 arrojaban cifras exiguas para nuestra ciudad.
 En 1744 la proporción de negros respecto del total de la población de Buenos Aires, era del 14,1 % (1.701 negros, mulatos y zambos), porcentaje que llegó al 29,6 % en 1810 con un total de 11.837.
En las décadas siguientes esta participación sufrió distintas oscilaciones. Hacia 1822 la cantidad se había incrementado a 13.685 personas (8.795 morenos y 4.890 pardos); por 1836, según el censo mandado a realizar por Rosas, la cifra llegaba a 14.906, calculándose que a principio de los años cuarenta, el número de pardos y morenos rondaba los 20.000.
Pero es muy interesante remitirse al censo de 1887 ordenado por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires que distinguió entre la población blanca y la de color. Los guarismos revelan que, para entonces, solos existían 8.005 negros y mulatos en la ciudad de Buenos Aires, sobre un total de 430.000 habitantes.
Y otro dato a considerar, es la memoria del censo realizado en 1895, donde se expresa que se resolvió no estudiar la composición étnica de la población porque el corto número de negros, mulatos e indios civilizados lo hacía irrelevante.
Pero, sea como fuere, la sangre negra influyó en el desarrollo de distintos oficios y profesiones en la Argentina y también enalteció los cuadros militares de la patria en sus guerras emancipadoras. También es innegable su presencia en algunos patrones culturales de ambas márgenes del Plata. A uno y otro lado del ancho río se cultivaron danzas negras como la calenda y la bambula, el candombe y la chika y se oyeron los ecos de tambores y tamboriles, de mazacollas y marimbas, de hueseras y tacuaras. En danzas como el malambo -nombre de origen africano- y la milonga -voz de idéntica procedencia- se observan características acerca de cuya africanía resulta ocioso discutir.
Sin embargo no es posible una afirmación tan rotunda respecto de la génesis del tango criollo. Vicente Gesualdo en su monumental obra Historia de la Música Argentina (Beta 1961, vol. 2) recorre las diversas etimologías de este vocablo que, a pesar de su innegable sonoridad africana, aparece también en la literatura del medioevo español y en el lenguaje de diversos pueblos europeos y americanos. A ese respecto dice Vicente Rossi  que podría publicarse un respetable volumen con los supuestos oríjenes (sic) del Tango, descubiertos por nuestros cronistas y los de todas las lenguas más o menos vivas. No quedaría un solo rincón de la tierra sin citar. Para este autor el tango proviene de la música negra a través de la milonga montevideana.
Pero no es motivo de esta nota discutir los orígenes del tango criollo, aunque vale apuntar -al menos para incitar a la reflexión- que su gesta se produjo simultáneamente a la de otras manifestaciones urbanas: el fútbol, el teatro, la literatura y las artes localistas. Esto, en principio, nos estaría indicando la improcedencia de intentar su estudio al margen de todo ese proceso de auténtica raigambre popular.

Los POSADAS
Los primeros músicos del tango criollo debieron ser cuasi ambulantes como dice Fernando Assunçao  aunque no carentes de verdadero virtuosismo. Muchos nombres se perdieron en la memoria del tiempo; otros perduran sin demasiada certidumbre sobre su existencia (el negro Casimiro, por ejemplo). Pero al mismo tiempo hubieron músicos y compositores de reconocida trayectoria, cuyas obras fueron preanuncio de la gran renovación musical ocurrida décadas más tarde.
Entre ellos se encuentra Carlos Posadas, hombre de raza negra -violinista, pianista, guitarrista, compositor y director- miembro de una familia de destacados músicos con sólida formación académica.
Fue Carlos Posadas quien inauguró esa línea de evolución estética que reconocemos en la obra de Agustín Bardi y José Martínez, entre otros. Ya en sus primeras composiciones -El Toto, El Taita, El Calote- aflora esa inventiva musical que define a sus composiciones más perdurables: Jagüel y El Tamango.
Como ejecutante del tango tuvo muy poca actuación. Se anotan algunas orquestas que dirigiera desde el violín o desde el piano en bailes de carnaval y en ciertos escenarios porteños. Su verdadera trascendencia y su definitivo aporte al tango, está en su trayectoria de compositor.
Carlos Posadas nació en Buenos el 2 de diciembre de 1874 y murió a los 44 años de su edad el 12 de noviembre de 1918. Era uno de los hijos de Manuel Posadas, periodista argentino de origen africano, nacido el 18 de octubre de 1841 y de Emilia Smith, también morena.
Don Manuel tuvo verdadera pasión por la música y en su adolescencia tomó clases con el profesor Silveira, destacada personalidad de aquel entonces. Pero también fue guerrero del Paraguay. Enrolado en el 2º batallón del 3er. regimiento al mando del coronel José María Morales, se ganó meritoriamente el grado de sargento. Después acompañó a Mitre en su intento revolucionario de 1874 y otra vez en la revolución de 1880 estuvo al lado de su admirado coronel Morales peleando en los combates de Barracas y Puente Alsina. Empuñó el fusil en la revolución del 90 al lado de los sublevados del Parque de Artillería. Fundó periódicos y colaboró asiduamente en el diario La Nación recién lanzado por Bartolomé Mitre. Dos de sus hijos -Carlos y Manuel- transitaron caminos de la música. (Tuvo un tercer hijo llamado Luis María, ajeno a esta actividad).
Manuel, nacido en 1860 (por ende, catorce años mayor que Carlos) fue el primero en mostrar su vocación. Don Manuel padre -con la muy presumible ayuda de Mitre- pudo enviarlo a estudiar a Europa con el violinista belga Eugene Ysauye. Llegó a ser primer violín del Teatro Colón, profesor del Instituto Nacional de Ciegos y, nada menos, que maestro de Juan José Castro. También dirigió grandes orquestas que animaron bailes del carnaval de principios de siglo. El diario «La Tribuna» del 11 de febrero de 1903 comenta al respecto: «El Politeama Argentino presentará en los próximos bailes una innovación que será recibida seguramente con satisfacción por el elemento bailarín. La empresa se ha ocupado especialmente de organizar una orquesta de 40 profesores en su totalidad argentinos, bajo la dirección del maestro Manuel Posadas...»
Fue, por supuesto, quien guió los primeros pasos de Carlos en el aprendizaje del violín y en los secretos de la composición musical.
Carlos se casó con Mercedes Sumiza y tuvo varios hijos: Manuel Carlos, Luis María, Emilia, Haydée, Delia, Adela y Julia. Como violinista actuó en algunas orquestas con repertorio clásico y hacia 1917 fue concertino en la del teatro Avenida dirigida por el maestro Penella que interpretaba especialmente operetas y zarzuelas en boga.
Como guitarrista -instrumento del que era eximio ejecutante por heredada vocación paterna- trabajó en el Teatro Opera en la famosa compañía de Madame Rassimi.
Con los hermanos Juan José y José María Castro, Carlos Posadas solía actuar frecuentemente en servicios religiosos. Y vale decir que Juan José Castro, en nombre de esa amistad, le dedicó su excelente tango ¡Qué titeo! También supo presentarse, con un trío que integraba junto a Ennio Bolognini en celo y Pizzapia en piano, en las primeras salas cinematográficas de la ciudad.
Según Ulyses Petit de Murat  muchos formadores importantes en la evolución tanguística pasaron por lo de Hansen, (entre ellos) el autor de El Jagüel y Cordón de Oro, (quien además) amenizaba las farras en lo de Laura.
Idéntica es la opinión de Néstor Ortiz Oderigo : «... al promediar el siglo diecinueve durante un vasto lapso, el arte sonoro y los músicos afroargentinos, sobre todo los pianistas, monopolizaron o poco menos, las famosas «academias de baile»... ¿Algunos nombres? El ya legendario Alejandro Vilela, Tiburcio Silbarrio, Rosendo Mendizábal, Harold Phillips, Juan Santa Cruz, el Negro Posadas...»
Tuvo asimismo una destacada labor docente en la formación de músicos e instrumentistas; entre sus discípulos se cuenta, entre otros, la renombrada concertista María Luisa Anido.
Carlos Posadas mantuvo una larga e inalterable amistad con grandes músicos tangueros: Juan Bergamino -el autor de Joaquina- era el padrino de su hijo Carlos; con el violinista Ernesto Zambonini, «El Rengo», solía encontrarse en el café El Maratón de Costa Rica y Canning; con Maglio (a quien le escribiera en el pentagrama muchas de sus brillantes composiciones) solía reunirse en el famoso Garibotto de Pueyrredón y San Luis, donde actuaba el inefable Pacho por 1910. (Llegué a conocer este almacén llevado por mi padre en inolvidables mediodías domingueros).
Su obra revela -como dije- una inspiración tan singular, que lo coloca entre los autores de mayor originalidad creativa en toda la historia del tango. Fue el precursor de esos tangos que rezuman pampa, que trasuntan un hálito campero inspirados, quizás, por el criollismo porteño de su padre que jugó su pluma y su pellejo por la causa de Buenos Aires, en las horas de la organización nacional. En la línea creativa que tuvo ilustres continuadores en Bardi, Martínez, Firpo, Filiberto y, en nuestros días, Horacio Salgán.

La obra de Carlos Posadas

No resulta fácil compendiar la obra que dejó Carlos Posadas. Algunas composiciones figuran en los registros de la Biblioteca Nacional; otras surgen de las partituras y de las etiquetas de las primeras grabaciones; algunas más aparecen en la memoria de sus contemporáneos en distintos reportajes. El siguiente listado, seguramente incompleto, da testimonio de su rica fecundidad.
Tangos: Una primera serie de ocho composiciones numeradas correlativamente al modo que lo hacía Américo Spátola entre otros y que fueran editadas por J. A. Medina e Hijos:

Nº 1- El Toto (a mi sobrino A. Valdez, hijo)
Nº 2 - El Taita
Nº 3 - El Calote
Nº 4 - La Llorona (a la señorita Aída Campos)
Nº 5 - Igualá y Largá
Nº 6 - Si me querés, decime
Nº 7 - El Gringo (dedicado a Juan Bergamino)
Nº 8 - El Talero

Posteriormente compuso:

* Cordón de Oro (a mi distinguido discípulo y amigo Alberto Cattáneo)
* Don Héctor (al señor Héctor Rodríguez)
* El Biguá (a los señores Luis y Pedro Zabalía)
* El Chacarero (a mi querido amigo Juan B. Martínez)
* Guanaco (al señor Honorio Valdéz)*
* Jagüel (a mi estimado amigo Teodoro Argerich)**
* El Tamango (al amigo Carlos Garibotto)
* Tímido (al jockey Francisco Liceri)
* El Ventilador (al señor Ricardo Galup Lanús)
* Enriquito (a mi amiguito Enrique Klappenbach Piñeiro
* Fatal herida
* Indio Muerto
* La Tacuarita (al amigo Carlos La Rosa)
* Pituca
* El Retirao (al amigo Argentino Tarantino)***
* Teodorito (a mi amiguito Teodorito Argerich)
* Un Reculié (al discípulo y amigo Alfredo M. Ferré)
* Marta (al señor Alberto Caprile)
* El Flaco (a mi discípulo y mejor amigo Bernardo Bulando)
* Mi Doctor
* Mi Porota (a mi querida hija Haydée Enriqueta)
* Mi Ricurita
* Qué Parada
* Tené Paciencia
* El Simpático (al simpático compositor Agustín Jaurigue)
* Catita (al señor Aristóbulo J. Delfino

Rubén Pesce 8 cita además como inéditos:
* Cuarteto Pacho
* Nicucho
* La Pera de Cesáreo
* Cuartelera
* El Protegido
* Mi Compadre

Mazurca: * Mi Comadre
Vals: * Pitita (inédito según Rubén Pesce)

Francisco Canaro en Mis Memorias, pág. 71 le adjudica a Posadas la autoría del tango Quiero Papita. Presumiblemente se trata de un error.

No hay un juicio definitivo sobre la ascendencia negra del tango. Como bien dice José Luis Salinas Rodríguez  la etimología del vocablo identifica un baile negro, pero la gestación del tango criollo no puede ser desvinculada del cuadro social de la época: «El nuevo género que estaba dando sus primeros pasos en los arrabales de Buenos Aires y Montevideo durante el último tercio del siglo XIX, todavía difuso y movedizo, pero ya con vida propia, también habría de difundirse como tango».
Lo innegable es que, en los días fundacionales, hubo muchos negros y pardos vinculados al tango en ambas márgenes del Plata, lo que hace verosímil alguna influencia de la milenaria cultura afro, proveniente de reinos, imperios y señoríos que se remontan al siglo VIII a. C.
Sin embargo, muy pocos son los nombres que trascendieron con significación. De todos ellos Carlos Posadas fue el único que alcanzó a producir una obra tan original, criolla y perdurable como la comentada. Lamentablemente muy pocas de sus obras fueron llevadas al disco. A continuación figuran algunas de las grabaciones más conocidas

Cuarteto Criollo La Armonía: El Jagüel (1913 - Disco Sonora Nº 7018 - Matriz 28545).
Aníbal Troilo: Cordón de Oro (18/7/41), El Tamango (23/10/41) y Retirao (10/7/57).
Carlos Di Sarli: El Retirado (sic 11/12/39, su primer registro para el sello Victor) y El Jagüel (4/11/43, 9/52, 23/2/56).
Juan D’Arienzo: Cordón de Oro (23/10/67), El Jagüel (23/10/67) y El Tamango (16/8/67).
Horacio Salgán: Retirao.
Trío Federico, Berlingieri, Cabarcos: Retirado (1972).
Los Señores del Tango: El Jagüel (26/9/62).
Tango x 3: Retirao (R. C. A. - CAS 3329).
Ernesto Baffa: Cordón de Oro (Polydor 2387108-A).


Fuente: Rricardo A. Ostuni: negros en el río de la plata