sábado, octubre 19

Cordoba y sus apellidos

A dos siglos del censo de 1813, una investigación de la UNC repasa las características de la época a partir de los apellidos de quienes habitaban la provincia durante la colonia y el período independentista.

Se suele decir que los argentinos, y en consecuencia los cordobeses, somos una mezcla de italianos, españoles y criollos con algunos toques judíos o árabes. Sin embargo, si ahondamos un poco más en la conformación racial y cultural de nuestro país, nos encontraríamos con la sorpresa de que entre nuestros ancestros hay indígenas y africanos o afroamericanos.
Sonia Colantonio, vicedecana de la Facultad de Ciencias Exactas e investigadora principal del Conicet, conforma un equipo junto con científicos de Buenos Aires y Salta, que comenzarán a trabajar sobre lo que algunos llaman, desde lo social, el “gen cordobés” y lo que los científicos denominan “los distintos componentes de la población” que vienen desde hace dos siglos.
Se estudiará una muestra de la sociedad actual y sus aportes genéticos, y esos datos se cruzarán con las cifras censales históricas para determinar los distintos grupos biológicos que formaban parte de la población de la ciudad de Córdoba y cómo podrían haber llegado sus genes hasta nuestros días.
Para tener una aproximación de cuáles han sido los pueblos que componían desde la época colonial en adelante, se estudiaron sus apellidos. “Es interesante ver que en cada ‘curato’ (las unidades eclesiástico-administrativas de la época) predominaban en general apellidos diferentes” (ver interactivo con todos los apellidos).
Los más frecuentes
Por ejemplo, uno de los apellidos más comunes en la población de la Córdoba de la segunda década del siglo 19 fue González. El 2,3 por ciento de los censados en lo que hoy es la Capital se anotaron con ese apellido español. Esta es una cifra alta si se tiene en cuenta la gran cantidad de apellidos de aquel entonces y que la población total de Córdoba era de unas diez mil personas, sin contar lo que hoy es el interior provincial

También eran numerosos los habitantes con apellidos tales como Ferrey­ra; Gómez; Martínez; Argüello; Sánchez y Suárez. Todos de aparente procedencia española.
En San Javier –el segundo curato con mayor población– se suma otro apellido poco frecuente en el resto de la provincia: Altamirano (cuatro por ciento), seguido por otros dos que se repiten en otras zonas: López y Pereyra (tres por ciento).
El tercer curato en importancia era el de Río Segundo. Los apellidos preponderantes allí eran Luque y Peralta (cuatro por ciento). Los seguía Gómez, con el tres por ciento.
En la zona de Pocho –con una población de 5.298 personas– el tres por ciento de la población se apellidaba De la Cámara, un nombre que hoy dejó de ser mayoritario.
En el curato de Tulumba, el apellido Bustos era mayoría, con el cuatro por ciento. Flores, Novillo y Márquez le seguían con el dos por ciento.
Colantonio explica que debido a “que los apellidos pasan de padre a hijos en nuestro sistema de herencia, estos pueden ser vistos como un gen que es trasmitido a la descendencia y entonces utilizado como dato para describir los comportamientos desde una perspectiva biológica”.
Sin embargo, la investigadora explica que la transmisión del apellido sufre a veces alguna irregularidad. “En el caso de los registros históricos, esto sucede cuando a una persona se le pone otro apellido distinto del de sus padres, como es el caso de los esclavos, a quienes los inscribían con el apellido del amo, o cuando alguien declaraba tener un apellido que no le correspondía por herencia. Es por esta razón que los cálculos estadísticos que se hagan con los apellidos no serán mediciones exactas sino probabilidades”, aclara, “y por las razones anteriores, tampoco trabajamos con los apellidos de los que figuran en los censos como ‘negros’, ‘indios’ y ‘esclavos’”.
Matrimonios y algo más
Según explican los resultados de las investigaciones, Córdoba era fundamentalmente una ciudad donde predominaban las mezclas. Las denominadas “castas” (grupos étnicamente heterogéneos) siempre superaban a la población blanca, y mucho más a los indios y afroamericanos.
Sin embargo, cuando se analizan los matrimonios que se celebraban en la Iglesia, aparece siempre lo que se llama “endogamia u homogamia matrimonial”, es decir que se casaban en su gran mayoría “entre iguales” de acuerdo al grupo al que pertenecían.
Ello se daba fundamentalmente en el grupo blanco, en el que nunca menos del 90 por ciento de los matrimonios eran endogámicos, mientras que este fenómeno era menor entre los indios y afroamericanos.
Eso concuerda con reglamentaciones de fines del siglo 19 de la Corona que desaconsejaban el matrimonio “desi­gual”. Entonces, ¿de dónde provenían las castas si los matrimonios eran tan homógamos? “La única explicación viene de las muy frecuentes uniones por fuera del matrimonio y por ello hay en los registros tantos niños de padre desconocido y que llevaban el apellido de su madre”, responde la investigadora.
Con esto, es de suponer entonces que podría haber dos poblaciones reproductivamente diferentes, la “legítima” y la “ilegítima”.
Respecto de este punto, la investigadora dice que “cuando se estudiaron los apellidos de ambas, se encontró que no había diferencias entre ellas, que en lo que respecta a los apellidos de cada una se comportaban como una sola población, y por tanto en Córdoba el uso de los apellidos era válido cuando se aplicaba también a los apellidos maternos”.
Según el estudio, los apellidos revelaron además que en la población total, cualquiera fuese el grupo estudiado, la consanguinidad estimada era muy baja, lo cual coincidía con la escasísima cantidad de permisos para casarse entre personas emparentadas.
“Ello no significa que no existieran determinadas familias de relevante posición social que por distintas razones alentaran el casamiento entre parientes, tal como lo muestran distintos estudios genealógicos”, agrega la investigadora.
Marca de estatus
Lo que han mostrado los apellidos es que, especialmente en el grupo de supuesto mayor estatus –que aparecen en los registros con el apelativo “Don” o “Doña”– había una preferencia por casamientos entre determinados linajes familiares, que si bien estaban o no directamente emparentados formaban alianzas casando a sus hijos, seguramente debido a intereses económicos, políticos o para mantener núcleos privilegiados en medio de una sociedad que avanzaba en dirección a la igualdad jurídica y social, la libertad y el mestizaje.
Los apellidos que estadísticamente era acompañados con el mote “Don-Doña” eran predominantemente González (más del tres por ciento), López, Gutiérrez, y Sánchez (los últimos con más del uno por ciento).
Los distintos cálculos efectuados con los apellidos indicaron que estas uniones preferenciales y, cuando la había, la consanguinidad, aumentaban precisamente en momentos de mayor inestabilidad política y mayores libertades sociales, como por ejemplo sucedió en la segunda década de 1800, que fue una época de luchas por la independencia y en la que se avanzó en la igualdad de derechos propugnada por la Asamblea de 1813.
“Es probable que ante el avance de los grupos relegados y del mestizaje que se estaba produciendo, las castas se hayan cerrado, formando alianzas convenientes desde el punto de vista económico y de la sobrevivencia en épocas difíciles”, dice la investigadora.
“Y fue precisamente para ese momento de conflictos políticos cuando los apellidos nos permitieron descubrir otros comportamientos de la población que de otra manera no hubiésemos podido hallar”, agrega.
Uno de ellos fue el intenso movimiento de personas producido en la provincia. Esto se estudió a través de la frecuencia de apellidos nuevos que aparecen en cada curato.
Tiempos revueltos
La ciudad de Córdoba fue en la época colonial un centro de atracción para gente que venía de Europa (especialmente españoles), de otros curatos de la provincia, del resto del país y de América. Si bien siempre fue el destino de inmigrantes, en 1813 pasó lo contrario.
El estudio de los apellidos muestra que la ciudad tiene en ese momento escasa inmigración y que, por el contrario, mucha gente se va de ella rumbo a la campaña cordobesa, así como se advierte un movimiento de gente importante entre los curatos.
Considerando sólo el lugar de origen que aparecía en el censo, parecería que los blancos migraban mucho y los pardos-mestizos poco, pero los cálculos de migración que usan apellidos mostraron que era este último grupo el que más se movía dentro de la región en esta época y que casi no venían a la ciudad.
Más aun, cuando se toman en cuenta los apellidos “únicos” (es decir, que aparecen en una sola persona) nos encontramos con otra sorpresa. Ya que es poco probable que todos sus parientes con el mismo apellido hayan desaparecido de la población y que quede uno sólo, la única alternativa es que estos sean inmigrantes.
Así, aparecían muchas personas que en el censo se habían declarado como pertenecientes al curato pero a quienes su apellido único los delató como inmigrantes. Esto sucedió especialmente en el grupo de pardos-mestizos, en los cuales también se verificó que se iban a los lugares más aislados y lejanos de la provincia y las pruebas estadísticas demostraron que la distancia geográfica no tenía influencia sobre estos desplazamientos.
Algunos apellidos de personas que se encontraron solas en el curato de Añejos (lo que hoy sería el Gran Córdoba) fueron Almada, Altamirano, Barros y Acosta.
Según explica la investigación, es muy posible que en plena época de luchas en la región y de constantes “levas” (se llamaba así al reclutamiento de hombres para los ejércitos) que afectaban especialmente a la población de castas, gran parte de esta gente haya huido de los centros de control, como la ciudad Capital o el lugar donde estaban registrados, tratando de esconderse con su familia para evitar su reclutamiento.

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