domingo, setiembre 4

Chuetas: los últimos perseguidos

JULIÁN MÉNDEZ -  ENVIADO ESPECIAL. PALMA DE MALLORCA
6 de mayo de 1691. Palma de Mallorca asiste al tercer auto de fe contra un grupo de 88 vecinos acusados de realizar prácticas judaizantes. 30.000 personas llegadas de toda la isla se agolpan en los alrededores del convento de Santo Domingo para asistir a un espectáculo terrible. Tres de los acusados, Catalina Terongí, Rafael Benito Terongí y Rafael Valls («el Rabino de todos») van a ser quemados vivos en la hoguera.
En el interior de la iglesia se han levantado nueve gradas y tablados de maderaje desnudo para acoger a los reos. Los «Señores Inquisidores», acusadores del Santo Oficio, ocupan sillones bajo doseles adornados con damascos y terciopelos de color carmesí. Nobles, militares, mercaderes y cirujanos que asisten al juicio ocultan sus rostros tras celosías de madera. El arzobispo de Mallorca, Pedro de Alagón, preside el oficio.
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Los acusados, abrumados por el ánimo hostil de los que hasta ayer eran sus vecinos, visten «infamantes» sayas penitenciales, sambenitos con demonios y sabandijas pintadas. Llevan velas verdes en las manos y sogas al cuello. Torturados, algunos tienen las bocas tapadas con mordazas de hierro.
Leídas las sentencias, los condenados salen en procesión, acompañados de canónigos y confesores. Van camino del ‘Fogó des jueus’ (el fogón de los judíos), nombre con el que se conoce todavía en Palma el lugar donde fueron quemados los tres acusados de criptojudaísmo, es decir, de practicar el culto judío en secreto.
El silencio abrumador sólo es roto por los sacerdotes que claman por el arrepentimiento de los reos, por una conversión de última hora. Algunos arengan a los curiosos y logran que el gentío musite un Ave María.
«En llegando la llama, se defendió, se cubrió y forcejeó como pudo y hasta que no pudo más. Estaba gordo como un lechonazo de cría y encendióse en lo interior, de manera que aún cuando no llegaban las llamas, ardían sus carnes como un tizón». Estas espeluznantes palabras sobre la muerte de Rafael Valls fueron escritas por el jesuita Francisco Garau, autor de ‘La fe triunfante’, una obra tan precisa como repugnante que narra los autos de fe celebrados en Mallorca y que ha alimentado durante siglos viejos prejuicios y rechazos.
Aquel mismo año de 1691, otras 34 personas fueron ejecutadas en Palma acusadas del mismo delito contra la fe católica. Niñas como Úrsula Forteza, de 14 años, fueron interrogadas por los inquisidores. Los verdugos consideraban una herejía que la pequeña supiera leer.
chuetas3Un puñado de supuestos criptojudíos fugados fueron quemados en efigie (se incendiaron muñecos que los representaban) y, de otros, fallecidos en la cárcel o muertos durante el proceso, se arrojaron sus huesos a las llamas.
Decenas más fueron castigados a abjurar en público de sus supuestas creencias judías, otros recibieron 200 latigazos y a cientos se les incautaron todos sus bienes.
Pero la condena no terminó ahí. Los sambenitos de los condenados, con sus apellidos escritos sobre la tela, estuvieron expuestos al público en la iglesia de Santo Domingo de Palma hasta 1813. Los descendientes directos de los martirizados han padecido durante tres siglos el estigma y la vergüenza de pertenecer a «la raza maldita». En Palma les llaman chuetas.
Los integrantes de la asociación mallorquina Memòria del Carrer calculan que, hoy, unas 18.000 personas portan alguno de los quince apellidos escritos en los sambenitos de los sentenciados: Aguiló, Bonnin, Cortés, Forteza, Fuster, Martí, Miró, Picó, Pinya, Pomar, Segura, Tarongí, Valentí, Valleriola y Valls.
Es curioso que en Mallorca haya apellidos de claro origen judío (como Jordá, Abraham, Salom, Daviu, Maimó). Pero sus portadores nunca han sido tenidos por tales. Sin embargo, cualquiera que en Mallorca se apellide Pinya, Forteza o Picó es considerado judío y chueta. Son cosas que en la isla se aprendían de niño. También les llaman ‘del carré’ (los de la calle), ya que los señalados, recluidos forzosos, residían en la calle Argenteria (Platería) y en el barrio del Segell.
Además de las condenas impuestas por la Inquisición, a los familiares directos de los ajusticiados, a sus hijos y a sus nietos, se les prohibió ejercer cargos públicos, ordenarse sacerdotes, casarse con personas que no fueran chuetas, lucir joyas y montar a caballo. Aunque con lo de las alhajas y las monturas pronto se hizo la vista gorda, el resto de las sanciones, «siguieron vigentes por la fuerza de la costumbre hasta mediados del siglo XX».
Amores contrariados
En Mallorca hay muchas historias de amores contrariados, prohibidos por el estigma maldito. Chuetas y cristianos viejos no podían mezclarse. También, de amores concertados. Las familias chuetas arreglaban enlaces entre linajes compatibles y la segregación siguió.
A mediados de los años 60, la situación empezó a cambiar. Los chuetas empezaron a casarse con ‘gentiles’ (como llaman algunos a sus vecinos). Pero no fue fácil. Las ceremonias debían celebrarse casi en secreto y de madrugada. Los novios se citaban en la iglesia a las seis de la manaña. El cura oficiaba una ceremonia casi clandestina, sin convites ni banquetes, a escondidas. «Hubo bodas a las que no asistió ni un familiar de la novia que se casaba con el chueta», explica Antoni Pinya.
«No estaban bien vistos esos enlaces. Hemos sido familias repudiadas y recluidas durante siglos en guetos», señala su hermano, el pintor Jaume Pinya. Ambos portan uno de los apellidos de la lista sombría.
Los chuetas tampoco podían ser militares ni ordenarse como religiosos. «En Mallorca la discriminación ha sido ideológica, no económica porque, entre los chuetas, hay de todo: una suerte de nobleza, comerciantes, artesanos, algunos que ejercían oficios tenidos por infames, como carniceros, y pobres. Los chuetas tenían prohibido acceder a la educación, que estaba controlada por la Iglesia, y a la religión. Iban a clases particulares y debían marcharse a la Península para ser curas y monjas, como unas tías mías», recuerda Bernat Aguiló, chueta, estudioso y alto cargo en el Consell balear. Aguiló recuerda también cómo sus abuelos le hablaban de que sus antepasados debían ir a misa vestidos con un blusón amarillo; obligados a sentarse en bancos aparte, eran sermoneados y contados por el párroco.
chuetas2«¡Chueta tenías que ser!»
«Tenemos un sentimiento muy fuerte de comunidad. Los chuetas se casan juntos, viven juntos y, cuando emigran, tienden a asentarse en las mismas zonas. ¿Solidaridad? Sí. Crearon la organización San Vicente de Paúl, una especie de auxilio social para chuetas. También se ponen fondos que se entregan como dote a chicas casaderas pobres. Y los chuetas crean las primeras sociedades de seguros marítimos; una estructura comercial controlada cuyos beneficios se destinan a la solidaridad interior», subraya Aguiló.
Aguiló, como otros chuetas, ha leído mucho sobre su pasado. Como la mayoría, también recibió algún coscorrón y más de un insulto de crío. «¡Chueta tenías que ser’», recuerda Jaume Pinya que le gritó la madre de un compañero de clase. «Pero nunca lo viví como algo vergonzante. Al contrario, sentía un cierto orgullo cuando me llamaban chueta. Lo importante es que los autos de fe nos transmiten el conocimiento de cómo eran, cómo vivían y qué decían nuestros ancestros. Y de un modo muy detallado. Es algo que hay que ‘agradecer’ a la Inquisición», dice Aguiló.
Otros, como Pinya, creen ver en aquella represión contra los criptojudíos (la clase media mallorquina, quienes manejaban el comercio y mantenían contactos con el exterior, con Flandes, de donde llegaban encajes, pero también ideas y libros) una acción del poder eclesiástico para detener la entrada en España de la doctrina protestante.
«La esencia de nuestro pueblo es la tradición. Los chuetas mallorquines han mantenido su identidad durante siglos. Nuestro orgullo, nuestra sangre, es la razón por la que estamos juntos», dice desde Tel Aviv Sión Tawil, judío sefardí argentino, uno de los responsables del periódico israelí en español ‘Aurora’ y estudioso de los ‘bnei anusim’, los judíos forzados a abandonar sus creencias.
Ensaimadas y judíos
La palabra chueta, vendría de ‘juetó’, diminutivo de judío. Algunos investigadores consideran que podría proceder de ‘xulla’, que en mallorquín designa a la carne de cerdo. Algún sacerdote chueta ordenado en la Península se encontró, tras oficiar misa en Palma, con una loncha de tocino dentro de su misal. También cuentan que cristianos viejos quemaron el púlpito desde el que un cura chueta había pronunciado un sermón ante los fieles. Viejos prejuicios, rencores viejos.
La persecución contra los descendientes de los condenados ha logrado crear una comunidad que, sin poseer elementos judaicos, se ve obligada a mantener una fuerte cohesión. Con el paso de los años, los chuetas recuperaron el protagonismo económico de que disfrutaban en el XVII. La publicación de los estudios realizados sobre la persecución de los chuetas por Baruch Braunstein en el Archivo Histórico Nacional ayudó a racionalizar el debate en los años 60. Y la elección como alcalde de Palma en 1979 de Ramón Aguiló, de linaje chueta, normalizó la cuestión.
Todo eso es hoy sólo un incómodo pasado. Bernat Aguiló subraya que, entre los jóvenes mallorquines, muy pocos saben qué es ser chueta. «Mi hijo, por decisión propia, contó que lo era en su clase. Ninguno de sus compañeros sabía qué eramos los chuetas», recuerda.
Aunque al padre, y a tantos y tantos chuetas que han buceado en archivos y libros de cuentas en busca de sus raíces, les toca leer con lágrimas en los ojos cómo sus antepasados eran ajusticiados por la Inquisición. «Catalina Terongí, pariente mía, fue quemada viva. No abjuró de sus creencias. Aquella mujer repetía cuando era torturada: ‘sólo sé que soy judía y quiero ser judía’. No renunció a sus ideas pese a todo. Leer eso impacta mucho. Los inquisidores eran unos salvajes, pero muy metódicos: anotaban hasta qué gritaban los torturados, cómo iban dando vueltas al potro… Es como asomarse al pasado. Los chuetas mantenemos esa herencia», subraya Aguiló. La mayoría son unos apasionados de la historia y del legado chueta y, también, del mundo hebreo. Tanto que un descendiente mallorquín de judíos ha abrazado la antigua fe y hoy es rabino.
Ahora, y tras siglos de vergüenza, los chuetas empiezan «a salir del armario», organizan conferencias, exposiciones y jornadas sobre su legado, apunta Jaume Pinya.
Su hermano Toni, el cocinero, hasta sostiene que la famosa ensaimada mallorquina no es otra cosa que una derivación del ‘jalá’, el pan sabático de los judíos, que enrollaban y trenzaban como se hace hoy. Pinya toma un café con Gloria Forteza, de la librería ‘Embat’. Hablan. Ambos son chuetas. A Gloria se le pone la piel de gallina cuando Toni comenta que en su casa siempre se usaba un mismo recipiente («el cassolí de la llet») para hervir la leche. «¡Como en la mía!», dice Gloria con el vello erizado. También hablan de las velas, de cómo las abuelas tapaban con cenizas la sangre de las gallinas que degollaban, del cuchillo para el pan, de las antiguas costumbres… de una herencia de más de tres siglos que la persecución y los prejuicios han mantenido viva en Mallorca como una rara joya.

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