Se
suele decir que los argentinos, y en consecuencia los cordobeses, somos
una mezcla de italianos, españoles y criollos con algunos toques judíos
o árabes. Sin embargo, si ahondamos un poco más en la conformación
racial y cultural de nuestro país, nos encontraríamos con la sorpresa de
que entre nuestros ancestros hay indígenas y africanos o
afroamericanos.
Sonia Colantonio, vicedecana de la Facultad de Ciencias Exactas e
investigadora principal del Conicet, conforma un equipo junto con
científicos de Buenos Aires y Salta, que comenzarán a trabajar sobre lo
que algunos llaman, desde lo social, el “gen cordobés” y lo que los
científicos denominan “los distintos componentes de la población” que
vienen desde hace dos siglos.
Se estudiará una muestra de la sociedad actual y sus aportes
genéticos, y esos datos se cruzarán con las cifras censales históricas
para determinar los distintos grupos biológicos que formaban parte de la
población de la ciudad de Córdoba y cómo podrían haber llegado sus
genes hasta nuestros días.
Para tener una aproximación de cuáles han sido los pueblos que
componían desde la época colonial en adelante, se estudiaron sus
apellidos. “Es interesante ver que en cada ‘curato’ (las unidades
eclesiástico-administrativas de la época) predominaban en general
apellidos diferentes” (ver
interactivo con todos los apellidos).
Los más frecuentes
Por ejemplo, uno de los apellidos más comunes en la población de la
Córdoba de la segunda década del siglo 19 fue González. El 2,3 por
ciento de los censados en lo que hoy es la Capital se anotaron con ese
apellido español. Esta es una cifra alta si se tiene en cuenta la gran
cantidad de apellidos de aquel entonces y que la población total de
Córdoba era de unas diez mil personas, sin contar lo que hoy es el
interior provincial
También eran numerosos los habitantes con apellidos tales como
Ferreyra; Gómez; Martínez; Argüello; Sánchez y Suárez. Todos de
aparente procedencia española.
En San Javier –el segundo curato con mayor población– se suma otro
apellido poco frecuente en el resto de la provincia: Altamirano (cuatro
por ciento), seguido por otros dos que se repiten en otras zonas: López y
Pereyra (tres por ciento).
El tercer curato en importancia era el de Río Segundo. Los apellidos
preponderantes allí eran Luque y Peralta (cuatro por ciento). Los seguía
Gómez, con el tres por ciento.
En la zona de Pocho –con una población de 5.298 personas– el tres por
ciento de la población se apellidaba De la Cámara, un nombre que hoy
dejó de ser mayoritario.
En el curato de Tulumba, el apellido Bustos era mayoría, con el
cuatro por ciento. Flores, Novillo y Márquez le seguían con el dos por
ciento.
Colantonio explica que debido a “que los apellidos pasan de padre a
hijos en nuestro sistema de herencia, estos pueden ser vistos como un
gen que es trasmitido a la descendencia y entonces utilizado como dato
para describir los comportamientos desde una perspectiva biológica”.
Sin embargo, la investigadora explica que la transmisión del apellido
sufre a veces alguna irregularidad. “En el caso de los registros
históricos, esto sucede cuando a una persona se le pone otro apellido
distinto del de sus padres, como es el caso de los esclavos, a quienes
los inscribían con el apellido del amo, o cuando alguien declaraba tener
un apellido que no le correspondía por herencia. Es por esta razón que
los cálculos estadísticos que se hagan con los apellidos no serán
mediciones exactas sino probabilidades”, aclara, “y por las razones
anteriores, tampoco trabajamos con los apellidos de los que figuran en
los censos como ‘negros’, ‘indios’ y ‘esclavos’”.
Matrimonios y algo más
Según explican los resultados de las investigaciones, Córdoba era
fundamentalmente una ciudad donde predominaban las mezclas. Las
denominadas “castas” (grupos étnicamente heterogéneos) siempre superaban
a la población blanca, y mucho más a los indios y afroamericanos.
Sin embargo, cuando se analizan los matrimonios que se celebraban en
la Iglesia, aparece siempre lo que se llama “endogamia u homogamia
matrimonial”, es decir que se casaban en su gran mayoría “entre iguales”
de acuerdo al grupo al que pertenecían.
Ello se daba fundamentalmente en el grupo blanco, en el que nunca
menos del 90 por ciento de los matrimonios eran endogámicos, mientras
que este fenómeno era menor entre los indios y afroamericanos.
Eso concuerda con reglamentaciones de fines del siglo 19 de la
Corona que desaconsejaban el matrimonio “desigual”. Entonces, ¿de dónde
provenían las castas si los matrimonios eran tan homógamos? “La única
explicación viene de las muy frecuentes uniones por fuera del matrimonio
y por ello hay en los registros tantos niños de padre desconocido y que
llevaban el apellido de su madre”, responde la investigadora.
Con esto, es de suponer entonces que podría haber dos poblaciones reproductivamente diferentes, la “legítima” y la “ilegítima”.
Respecto de este punto, la investigadora dice que “cuando se
estudiaron los apellidos de ambas, se encontró que no había diferencias
entre ellas, que en lo que respecta a los apellidos de cada una se
comportaban como una sola población, y por tanto en Córdoba el uso de
los apellidos era válido cuando se aplicaba también a los apellidos
maternos”.
Según el estudio, los apellidos revelaron además que en la población
total, cualquiera fuese el grupo estudiado, la consanguinidad estimada
era muy baja, lo cual coincidía con la escasísima cantidad de permisos
para casarse entre personas emparentadas.
“Ello no significa que no existieran determinadas familias de
relevante posición social que por distintas razones alentaran el
casamiento entre parientes, tal como lo muestran distintos estudios
genealógicos”, agrega la investigadora.
Marca de estatus
Lo que han mostrado los apellidos es que, especialmente en el grupo
de supuesto mayor estatus –que aparecen en los registros con el
apelativo “Don” o “Doña”– había una preferencia por casamientos entre
determinados linajes familiares, que si bien estaban o no directamente
emparentados formaban alianzas casando a sus hijos, seguramente debido a
intereses económicos, políticos o para mantener núcleos privilegiados
en medio de una sociedad que avanzaba en dirección a la igualdad
jurídica y social, la libertad y el mestizaje.
Los apellidos que estadísticamente era acompañados con el mote
“Don-Doña” eran predominantemente González (más del tres por ciento),
López, Gutiérrez, y Sánchez (los últimos con más del uno por ciento).
Los distintos cálculos efectuados con los apellidos indicaron que
estas uniones preferenciales y, cuando la había, la consanguinidad,
aumentaban precisamente en momentos de mayor inestabilidad política y
mayores libertades sociales, como por ejemplo sucedió en la segunda
década de 1800, que fue una época de luchas por la independencia y en la
que se avanzó en la igualdad de derechos propugnada por la Asamblea de
1813.
“Es probable que ante el avance de los grupos relegados y del
mestizaje que se estaba produciendo, las castas se hayan cerrado,
formando alianzas convenientes desde el punto de vista económico y de la
sobrevivencia en épocas difíciles”, dice la investigadora.
“Y fue precisamente para ese momento de conflictos políticos cuando
los apellidos nos permitieron descubrir otros comportamientos de la
población que de otra manera no hubiésemos podido hallar”, agrega.
Uno de ellos fue el intenso movimiento de personas producido en la
provincia. Esto se estudió a través de la frecuencia de apellidos nuevos
que aparecen en cada curato.
Tiempos revueltos
La ciudad de Córdoba fue en la época colonial un centro de atracción
para gente que venía de Europa (especialmente españoles), de otros
curatos de la provincia, del resto del país y de América. Si bien
siempre fue el destino de inmigrantes, en 1813 pasó lo contrario.
El estudio de los apellidos muestra que la ciudad tiene en ese
momento escasa inmigración y que, por el contrario, mucha gente se va de
ella rumbo a la campaña cordobesa, así como se advierte un movimiento
de gente importante entre los curatos.
Considerando sólo el lugar de origen que aparecía en el censo,
parecería que los blancos migraban mucho y los pardos-mestizos poco,
pero los cálculos de migración que usan apellidos mostraron que era este
último grupo el que más se movía dentro de la región en esta época y
que casi no venían a la ciudad.
Más aun, cuando se toman en cuenta los apellidos “únicos” (es decir,
que aparecen en una sola persona) nos encontramos con otra sorpresa. Ya
que es poco probable que todos sus parientes con el mismo apellido hayan
desaparecido de la población y que quede uno sólo, la única alternativa
es que estos sean inmigrantes.
Así, aparecían muchas personas que en el censo se habían declarado
como pertenecientes al curato pero a quienes su apellido único los
delató como inmigrantes. Esto sucedió especialmente en el grupo de
pardos-mestizos, en los cuales también se verificó que se iban a los
lugares más aislados y lejanos de la provincia y las pruebas
estadísticas demostraron que la distancia geográfica no tenía influencia
sobre estos desplazamientos.
Algunos apellidos de personas que se encontraron solas en el curato
de Añejos (lo que hoy sería el Gran Córdoba) fueron Almada, Altamirano,
Barros y Acosta.
Según explica la investigación, es muy posible que en plena época de
luchas en la región y de constantes “levas” (se llamaba así al
reclutamiento de hombres para los ejércitos) que afectaban especialmente
a la población de castas, gran parte de esta gente haya huido de los
centros de control, como la ciudad Capital o el lugar donde estaban
registrados, tratando de esconderse con su familia para evitar su
reclutamiento.