domingo, agosto 19

Libro recomendado

El poder de las mujeres

En Mujeres de Rosas (Sudamericana), la historiadora María Sáenz Quesada reconstruye a través de archivos públicos y privados, memorias y relatos las biografías de algunas de las imágenes femeninas que rodearon a Juan Manuel de Rosas. Este recorrido va desde personajes como Encarnación Ezcurra hasta Manuelita Rosas, pasando por la figura de Agustinita, la hermana menor del dictador.

 Un fragmento del capítulo 1, La Madre.
  
No pasa día sin que me acuerde de madre”, escribe Rosas desde el exilio en Southampton en 1868. Habían pasado veinte años de la muerte de Agustina López, y la memoria de esta mujer singular no se había desvanecido en el recuerdo del hijo mayor, que en su intensa vida política había acumulado tantísimas historias y acontecimientos relevantes que se presentarían una y otra vez como fantasmas del pasado en la inacción forzosa del destierro.

Pero el historiador puede hacerse esta pregunta: ¿qué hubiera sido del recuerdo de Agustina López de Osornio (1769-1845) de no haber sido la madre de Juan Manuel de Rosas, el gobernante más poderoso de la Confederación Argentina, el “magnánimo Rosas” para sus fieles federales, “el odioso tirano” para la oposición liberal? Seguramente sólo tendríamos de esta señora una mención al pasar en los libros que nos hablan del Buenos Aires antiguo, un discreto homenaje a su belleza, su alcurnia y sus caudales. Pero poco más que eso.
La circunstancia de que Agustina fuera la madre de Rosas hace que su biografía participe del indiscutible atractivo que la personalidad del dictador porteño ha ejercido y ejerce sobre la historiografía argentina. Ella nos sirve a manera de hilo conductor para internarnos en el laberinto de la sociedad de Buenos Aires en épocas que van de la Colonia a la Independencia, y de allí al período de las guerras civiles. Dicha secuencia temporal nos muestra indirectamente que, al cortarse los lazos que unían al Río de la Plata con la metrópoli, los clanes familiares ocuparon el sitio que dejaban libre el monarca y sus altos funcionarios, y que dentro del nuevo esquema de poder había un espacio importante para las mujeres. Ese lugar derivaba, además, del que tuvieron las mujeres españolas de linaje en las sociedades provenientes de la Conquista.
Por todo esto, Agustina López ha merecido muchas páginas de historia, desde la noticia cronológica que insertó La Gaceta Mercantil de Buenos Aires con motivo de su fallecimiento (1845) a los capítulos que le dedicó su nieto, Lucio V. Mansilla, en las distintas obras en que se ocupó de su tío, Juan Manuel, y a la versión novelada de estos mismos hechos que nos ofrece Eduardo Gutiérrez. Misia Agustina escapa milagrosamente incólume de las invectivas de José Rivera Indarte, que en las Tablas de sangre dice de ella: “Señora respetable de costumbres patriarcales” y se complace en subrayar las diferencias que tenía con su hijo más que en atribuirle las culpas genéticas que en la formación del futuro dictador argentino le endilga José María Ramos Mejía en dos ensayos notables: Las neurosis de los hombres célebres y Rosas y su tiempo.
Detengámonos en este último autor, el médico y sociólogo Ramos Mejía, vástago de una familia destacada dentro de los sectores más unitarios de la provincia porteña. Ramos considera a misia Agustina responsable de la herencia genética de Juan Manuel. Su neurosis, patente en numerosas anécdotas que circulaban por el Buenos Aires finisecular –y que Mansilla reconoce en sus libros–, se agudizaría en el varón primogénito trocándose en aberraciones de la conducta. Dentro de las mujeres de la familia, dice, la madre de Rosas “fue el tipo de más color y acentuación; la más viva expresión de esa fuerza dominadora en sus formas femeniles y domésticas, ya que por su muerte no pudo serlo en otras más trascendentes. No sólo manda, eso sería poco, sino que tiraniza, lógica con su abolengo de violencia y caprichoso imperio”.
Agustina desempeñaba un papel en su hogar que supera al que tradicionalmente correspondía a la madre en la educación de los hijos. Ella asumía el rol del padre autoritario de la legislación española, mientras su marido, León Ortiz de Rozas, permanecía en un plano secundario. Pero no era el suyo un caso excepcional en la historia de las familias coloniales, como lo corrobora la biografía de otro gran argentino de ese tiempo, Domingo Faustino Sarmiento, hijo también de una mujer fuerte que llevaba las riendas de la casa. Juan Manuel, el mayor de los hijos varones de los Ortiz de Rozas, aprendería de esa madre imperiosa a valorar la herencia hispánica: el orden y la sumisión impuestos a cualquier costo, el ideal de la armonía social, la defensa a ultranza de los intereses patrimoniales (los particulares primero, los del Estado después), el respeto debido por las clases viles a las clases superiores y las obligaciones de patronazgo y protección de los más fuertes hacia los más débiles.

Todo esto dentro de un esquema tan riguroso como inmodificable. Ese antiguo orden empezaría a tambalear cuando la Revolución de Mayo desató un proceso anárquico en el que estuvieron a punto de naufragar los valores de la sociedad colonial, que habían sido asentados en el curso de tres siglos en suelo americano. Juan Manuel asumió entonces la defensa del orden tradicional que había conocido y respetado a través del ejemplo de su madre, esa Agustina amada y temida a un tiempo, la mujer fuerte a la que debió enfrentar en su adolescencia, y cuyo recuerdo, embellecido por el paso de los años, lo acompañaría hasta la muerte.
Sin embargo, importa aquí rescatar al personaje mismo, a aquella Agustina Teresa López Rubio nacida el 28 de agosto de 1769 en Buenos Aires, hija de don Clemente López de Osornio, militar y hacendado de mucho prestigio, y de doña Manuela Rubio y Díaz, su segunda esposa, ambos pertenecientes al grupo de familias más encumbrado de la ciudad que aún no había alcanzado la jerarquía de cabeza del virreinato.
Clemente López (1726-1783), nacido en Buenos Aires, había alcanzado el grado de sargento mayor luchando contra los indios; comandante general de la campaña, y jefe de la expedición contra los guaraníes en 1767, se destacó como poblador de campos de frontera y llegó a ser cabeza del gremio de los hacendados, de los que fue durante muchos años representante ante las autoridades coloniales. En un sitio expuesto a los malones, pobló la estancia del Rincón del Salado, ubicada en un lugar estratégico, entre ese río y el océano Atlántico. Fue allí donde lo sorprendió el ataque de los indios pampas: el veterano militar luchó vigorosamente junto a su hijo Andrés, sus peones y sus esclavos, pero fue lanceado y degollado por los atacantes en un episodio que ha sido calificado como una suerte de vendetta contra quien no había tenido piedad para con el vencido en la guerra que salvajes y cristianos sostenían por el control del suelo y sus riquezas.

Su viuda, Manuela Rubio, cuyo nombre haría célebre su bisnieta, la señora de Terrero, quedó como albacea de la sucesión y tutora de los hijos menores de la pareja, Agustina Teresa, Silverio y Petrona Josefa.
Del primer matrimonio de don Clemente había una hija, Catalina, porque Andrés, el varón, había muerto junto a su padre. Los arreglos que hizo la viuda para disponer de dinero metálico mediante la venta del ganado vacuno, tanto orejano como herrado, que se hallaba del otro lado del Salado y que corría peligro de perderse debido a los robos que eran el mal endémico en la frontera, disgustaron a Catalina, que puso pleito a la sucesión. Pero la viuda no tuvo tiempo para ocuparse de estas cuestiones porque en 1785 falleció, dejando como albaceas y tutores de sus tres hijos menores a don Cecilio Sánchez de Velazco –el padre de Mariquita Sánchez– y a don Felipe Arguibel, abuelo de Encarnación Ezcurra.
Sánchez de Velazco, que era uno de los hombres más acaudalados de la ciudad, se tomó muy a pecho su tutoría y se empeñó en responder a los pedidos de los capataces que manejaban el establecimiento del Rincón y solicitaban vestuarios para los seis esclavos de ese lugar. Era preciso pagar los gastos de la administración: yerba para los peones, sal para aquerenciar la hacienda chúcara, estacas para levantar corrales, dinero para los conchabos de los peones que trabajaban en la doma y en la yerra. También los huérfanos debían ser atendidos, aunque bien pronto Agustina, la mayor, demostraría su capacidad para ocuparse del gobierno doméstico: a los 16 años de edad estaba en condiciones de manejar el dinero que le daba el tutor para los gastos de la casa, la ropa de sus hermanos y del servicio, y las compras de alimentos. De este modo, a medida que crecían sus responsabilidades, ella se acostumbraba a hacer su voluntad y al mismo tiempo a recibir el reconocimiento de su medio: “La sociedad le dio un distinguido lugar entre las señoritas de más virtud y distinción y mérito”, afirma su nota necrológica publicada en La Gaceta Mercantil en 1845. La muchacha tenía una fortuna regular y era muy bonita, a tal punto que la crónica mundana la colocaba a la cabeza de tres generaciones de beldades argentinas. “Fue –afirma O. Battolla– la más bella dama de principios de siglo, belleza que heredaron todos sus hijos”. Pero el drama vivido en la estancia del Salado y su condición de huérfana ensombrecían la juventud de Agustina: “Tan linda, tan linda y vestida de fraile”, habría exclamado el virrey Pedro Melo de Portugal cuando la muchacha le fue presentada vistiendo, en señal de luto, el hábito de la cofradía de La Merced, prenda similar a la que había amortajado a su madre. Vestir hábito, y enterrarse con él, eran signos de piedad muy apreciados por esa sociedad barroca, que tenía siempre presentes la expiación de los pecados y la muerte.
En cuanto al porte de Agustina, su nieto Lucio V. Mansilla señaló que, sin ser alta, realzaba su estatura el modo en que erguía el cuello, forma peculiar que heredarían su hija Agustinita y su nieta, Manuela Rosas. Como no han llegado hasta nosotros retratos de Agustina en su juventud, para conocer su imagen debemos remitirnos al buen dibujo a lápiz que le hizo Carlos Enrique Pellegrini cuando ya era una anciana. Este la muestra vestida con un abrigo de guarda floreada, pensativa, reconcentrada en sí misma, pero hay mucha vivacidad en ese rostro enérgico, de fuerte nariz. A juzgar por este retrato, Juan Manuel no era muy parecido a su madre; tenía más en común con don León, que era rubio como él, pero de semblante plácido y labios gruesos y sensuales, mientras el hijo tenía la mirada fuerte y la boca fina y apretada.
Cuando había cumplido veinte años, Agustina fue pedida en matrimonio por León Ortiz de Rozas, teniente de Infantería del Regimiento Fijo de la ciudad.

 Por María Saenz Quesada 
 http://www.perfil.com

jueves, agosto 9

Descendientes de los mártires de julio, reunidos en una misa Los sucesores de los próceres guardan reliquias e investigan sobre sus ascendientes.

Los sucesores de los nueve protomártires de la Revolución del 16 de julio de 1809 ocuparon ayer a mediodía los primeros bancos de la Basilia Menor de San Francisco durante la misa de homenaje a sus antecesores, que lucharon por la libertad.
Entre ellos y el altar estaban las urnas con los restos de Pedro Domingo Murillo, Juan Antonio Figueroa, Basilio Catacora, Apolinar Jaén, Buenaventura Bueno, Juan Bautista Sagárnaga, Melchor Jiménez, Mariano Graneros, Gregorio García Lanza.
“Nosotros llevamos una gota por lo menos de la sangre de nuestros héroes”, dice con orgullo Martha Ordóñez Gariazú, nieta, con mucho “tatara” delante, de Gregorio García Lanza. Ella forma parte de la séptima generación de sucesores de los revolucionarios Lanza y es miembro de la Asociación de Descendientes de los Protomártires y Héroes de la Revolución de Julio. 
“Somos una sola familia”, sostiene Gloria Sagárnaga, descendiente de Juan Bautista Sagárnaga, refiriéndose a la agrupación. “Para nosotros no es casual que ellos (los protomártires) hayan estado juntos en el momento de la revolución y en el momento de la muerte, (por eso) decimos siempre que todos son nuestros abuelos”.
El hecho de tener un antecesor que luchó por la revolución “es un tema del que se habla en casa, que transmitimos a nuestros hijos como el orgullo de pertenecer a una familia en la que ha existido una persona que ha tenido el suficiente coraje para morir por un ideal, porque él, Juan Bautista, era parte del ejército español, que se rebela contra su propia corona por un ideal. Para nosotros es muy significativo”, manifiesta Gloria con orgullo.
Hasta hace unos años, antes de que ella y su hermano investigaran su árbol genealógico, no conocían el origen de su estirpe. Su abuelo murió cuando su padre tenía tan sólo seis meses, y fue criado por la familia materna. “Hemos reencontrado nuestras raíces y hemos encontrado nuestra identidad “, asegura Gloria. Ellos descienden de Josep, hijo de Juan Bautista Sagárnaga, quien participó de la gesta libertaria y sobrevivió porque fue escondido por el prócer porque tenía 19 años”, relata la tataranieta, con el asentimiento de uno de sus familiares, Jorge Sagárnaga.
En cambio, en casa de Martha siempre han sabido de su procedencia. Tienen retratos de pincel de los Lanza de principios de siglo XIX e, incluso, guardan piezas de su atuendo. “Mis tatarabuelos han luchado contra la Corona siendo de padres españoles”, afirma. “Nos han liberado”.
Los tres sienten como un deber continuar con el espíritu de los protomártires. “Ojalá que nuestros hijos y nietos sigan en esta misma fe, este mismo cariño que tenemos, porque cada año nos emocionamos, lloramos, al ver nuestros restos”, expresa Martha.
Traslado de la megatorta  tropieza con problemas
Las 600 piezas que compondrán la Torta Gigante elaborada por docentes y alumnos del instituto gastronómico Bolivia Gourmet para celebrar el 16 de Julio debían ser trasladadas a la plaza Camacho desde las 09.30 de ayer, pero un cambio de planes de última hora y problemas de logística retrasaron la tarea.
A media mañana, Óscar Mora, director de la escuela, indicó que se había aplazado el transporte hasta las 16.00  para evitar que el sol malograse los bizcochos.
A esa hora se informó que la tarea se postergó hasta las 19.00 por problemas de coordinación con la Alcaldía, explicó Mora, que debía proporcionar dos volquetas para el traslado. Después se dijo que el transporte comenzaría a las 23.00. La torta debe estar armada y decorada hoy a las 12.00.
La Portada estrena un complejo deportivo
El alcalde de La Paz, Luis Revilla, inauguró ayer el Complejo Deportivo La Portada, que beneficiará a 24 barrios del Distrito 9 del Macrodistrito Max Paredes, como Rincón La Portada, Bajo Ballivián, Munaypata Central, Bajo Pacajes y Huacataqui, entre otros.
La inauguración es parte del programa de entrega de obras de la Alcaldía con motivo de las fiestas julias por el 203 aniversario de la gesta libertaria de 1809.
La instalación cuenta con una cancha de césped sintético reglamentaria, graderías, barandas de protección, camerinos con duchas, auditorio y oficinas.
El costo total de las obras del centro, que incluye el asfaltado de una parte de la avenida Florida, por la que se accede al complejo, ronda los Bs 8 millones.
El Alcalde anunció que en esta infraestructura funcionará una escuela deportiva para niños y adolescentes: “Aquí vamos a formar a nuestros niños, jóvenes, para que sean las futuras estrellas de nuestro deporte nacional. Tenemos previsto el funcionamiento de una escuela deportiva gratuita. Vamos a tener profesores, implementos deportivos para que nuestros niños no solamente jueguen y se distraigan, sino que aprendan el deporte, se formen como futuros deportistas profesionales”, dijo.
Promesas. Durante el acto de inauguración, Revilla prometió a los vecinos y estudiantes la ejecución de otras obras, como la construcción del nuevo hospital La Paz, el asfaltado de la avenida Florida y la refacción de la bóveda del río Apumalla, tras la cual se construirá una avenida y un parque.
“Ya estamos llevando adelante el estudio y el diseño del proyecto, y hemos incorporado recursos que está trabajando nuestra Dirección de Riesgos y que nos va permitir, hasta fin de año, contar con el diseño del proyecto que tenemos que llevar adelante. Y seguramente el próximo año vamos a iniciar las obras”, afirmó el Alcalde.
Vecinos de la zona acudieron a la inauguración, que fue antecedida por un desfile de tres unidades educativas de la zona.

 GEMMA CANDELA / La Paz
16 de julio de 2012
 http://www.la-razon.com

martes, agosto 7

El Museo de Israel

El Museo de Israel expone estos días la muestra etnográfica "Un mundo aparte en la puerta de al lado: un atisbo de la vida de los judíos jasídicos", que abre una ventana al desconocido territorio de esta vertiente ultraortodoxa.
Tanto en Jerusalén como en Brooklyn, pocos conocen de cerca la vida de los jasídicos, que pululan por las calles ataviados con ropajes del siglo XIX y viven encerrados en un planeta propio, sin apenas contacto con el exterior.
"Aquí explicamos una población que es parte de la cultura judía: entramos en un mundo emocionante para contar sus costumbres, sus vestidos, sus creencias", explicó a Efe Ravital Hovav, vicecomisaria de la exposición que, como la propia comunidad, se divide en esferas separadas: el mundo de los hombres, el de las mujeres, el de los niños y el de los rabinos.
El jasidismo nació a finales del siglo XVIII en Ucrania de la mano del rabino ultraortodoxo Israel Baal Shem Tov (Besht), que promovía el contacto con Dios a través de la alegría, la devoción profunda y la adoración directa.
Según Shem Tov, no solo los privilegiados que dedican su vida al estudio bíblico pueden contactar con Dios, también se puede hacer a través de los cantos y el disfrute de la naturaleza, su creación.
La comunidad cierra las puertas a extraños para no contaminarse por las inclinaciones malvadas ("Yetzer ha-ra") ni desviarse de su escrupulosa adherencia a las normas religiosas, que rigen cada aspecto de la vida.
Los niños son parte integral de las celebraciones y todo lo que hacen tiene un significado espiritual y una forma específica de hacerlo.
No usan los juguetes de los demás pequeños: sus muñecos están tapados, tiene juegos de mesa como "Tierra de Mitzvá" -en el que ascienden de casilla tras realizar actos piadosos- e intercambian cromos que no tienen imágenes de jugadores de fútbol o cómics, sino de serios hombres de negro con barbas blancas: rabinos, sabios de los que todo jasídico tiene que conocer su nombre y sus enseñanzas.
A los tres años, a los niños se les rapa el pelo, dejando tirabuzones por encima de las orejas y se les toca con una kipá (solideo), mientras las niñas se tapan los brazos hasta la muñeca, el torso hasta el cuello y las piernas hasta media pantorrilla.
A esa edad empiezan la escuela talmúdica, a la que se les lleva el primer día totalmente cubiertos con una tela, para que lleguen puros, ataviados los varones con un batín dorado para la ocasión.
"Puedes reconocer de qué facción jasídica es alguien por su vestimenta y, en particular, por el tocado", explica Hovav, mostrando, entre otros, los gorros de las Toldot Aharon, un poco elevados al frente y de color blanco para el sabhat y negro a diario.
Algunas mujeres se colocan bajo el sombrero tocados que simulan un flequillo, un pequeño adorno en un mar de sobriedad y, en determinadas sectas, los rabinos permiten usar pelucas, que algunas hacen con sus propios cabellos.
En ocasiones especiales se ponen joyas, como diademas o diamantes y prefieren siempre la plata al oro, un material más impuro por el relato bíblico del becerro dorado.
Los varones visten batines negros o rayados, blancos en festivos como Yom Kipur (Día del Perdón) o Rosh Hasaná (Año Nuevo), que se abrochan de derecha a izquierda para mostrar el triunfo de la misericordia sobre el discernimiento.
La corriente Lubavitch lleva sombreros de ala ancha con un pico triangular que simboliza la sabiduría, inteligencia y conocimiento, mientras otros grupos se tocan en sabath con los imponentes "eshtraimel" de piel de nutria o zorro.
El día de su boda, las mujeres se cubren la cara con una tela blanca y los hombres llevan bajo el traje largas camisolas interiores que serán también usadas como mortaja a su muerte.
Los matrimonios son arreglados por casamenteras, se pueden acordar en diez minutos y los novios nunca están juntos a solas antes de estar casados.
Los rabinos se atavian con elegantes batines, que abrochan con 62 pequeños ganchos que recuerdan el valor numérico del nombre de Dios, atados con cinturones blancos con 248 rayas, el número de mandamientos positivos que deben cumplir.
"Todos los objetos de los rabinos son sagrados, son venerados. Por eso ha costado mucho obtener préstamos para la exposición", explica Hovav.
"El rabino es como un rey, representa a Dios, se le pide ayuda, bendiciones, consejos que se siguen al pie de la letra. Hay una admiración absoluta. Ellos consultan todos los aspectos de la vida con el rabino, que es el hombre más importante en la vida de un jasídico", dice Hovav, que añade, que también son "sirvientes de su gente obligados siempre a atenderlos".
Un cargo casi hereditario, que se transmite a un hijo o, si no está preparado, a un alumno destacado, lo que a veces provoca escisiones que dibujan una rama más en el complejo árbol genealógico del jasidismo, en el que todos los miembros pueden reconocer su procedencia y trazar su origen hasta 250 años atrás. EFE.
 http://www.larioja.com 
Ana Cárdenes

domingo, agosto 5

Una historia de amor de ochenta años

Justo Galindo, de 104 años, y Lucía Rodríguez, de 101, conforman el matrimonio más longevo de la región . Los 'abuelillos' siempre han vivido en Valdelacasa de Tajo y dentro de un mes cumplirán ocho décadas felizmente casados

Durante cientos de años se ha hablado del amor, se ha escrito sobre él, le han dedicado canciones, pero pocos son los afortunados que conocen el amor que dura más que toda una vida. Justo Galindo y Lucía Rodríguez, tras sus casi 80 años casados, han conocido en profundidad todas las etapas del amor y del matrimonio.

Los abuelillos , como los llaman en su pueblo, se han convertido en el matrimonio más longevo de Extremadura. Una pareja que, pese a los pequeños achaques de la edad, mantiene una buena salud y son candidatos a entrar en la lista mundial de matrimonios vivos más longevos. Una larga vida juntos donde la fórmula para permanecer unidos ha sido, según cuentan, el amor y el profundo respeto que ha habido entre ellos a lo largo de estos años.
Los dos nacieron en el tranquilo pueblo extremeño de Valdelacasa de Tajo, situado al este de la provincia de Cáceres, enclavado entre la sierra de Valdelacasa y el río Tajo, de ahí su nombre. Se conocieron en los famosos bailes veraniegos del pueblo. A Lucía le encantaba bailar, pero a Justo no tanto. Debido a esto, Lucía confiesa que "tenía que bailar con un amigo llamado Juan Cruz porque Justo estaba siempre sentado". Los hijos, al igual que el padre, evitan bailar salvo en ocasiones necesarias. "A mí me gusta bailar a mi aire" afirma uno de ellos.
Se casaron un 2 de septiembre del año 1932, tras 5 años de noviazgo. Ella fue vestida "con un estilo muy hippie", según cuenta su hijo Justo. Tras su boda, tuvieron 4 hijos varones: Felipe, Justo, Pedro y Felipe (dos de ellos residentes en Madrid) y a partir de ahí el árbol genealógico ha ido aumentando hasta tener 6 nietos y 7 biznietos.
Justo pasó cuatro años en Melilla haciendo el servicio militar, en la sección de Sanidad; y años más tarde participó en la Guerra Civil española junto a los carabineros en la frontera de Portugal. Esto no le impidió conocer a su segundo hijo, Justo, que a los seis meses de nacer fue llevado al lugar donde estaba él, gracias a la proximidad existente entre Extremadura y Portugal.
Lucía, tras haber superado un cáncer de colon hace 20 años, el pasado 6 de julio cumplió 101 años. "Mi madre se ha dedicado por completo a cuidar de nosotros; hemos sido los más arreglados del pueblo", recuerda Justo. "Además de ser una excelente ama de casa y madre, también ha sido una fantástica cocinera", siendo todo un manjar para algunos amigos de sus hijos y vecinos de la familia sus famosos huevos fritos.
Con sus 104 años, Justo es un gran amante del campo y los animales. Ha ejercido su profesión de tratante de ganado con gran dedicación y esfuerzo, desplazándose por ello de feria en feria cada 15 días. Entre las más visitadas se encontraba la feria de Talavera de la Reina. "Mi padre ha trabajado toda la vida sin haber tenido vacaciones y nunca ha protestado", indica su hijo. Hasta alcanzar los 100 años ha estado paseando por el pueblo y saliendo al campo para cuidar de sus reses. Es conocido por todos en Valdelacasa, hasta por personas de los pueblos colindantes que cada vez que pasan con el autobús preguntan por la salud del 'abuelillo'. Desde que Lucía sufrió una caída y se fracturó la cadera, él siempre ha permanecido a su lado cuidándola y desde entonces comparten su tiempo en casa junto a vecinos y familiares.
Para este matrimonio valdecasareño no todo ha sido fácil. Han sufrido la pérdida de su primer hijo cuando era niño a causa de un sarampión y hace quince años la muerte de otro de sus hijos a la edad de setenta años. Esto les marcaría para siempre. Pero si algo les ha ayudado a superar estos duros momentos ha sido el permanecer el uno junto al otro y recordar cada día los mejores momentos de sus años vividos.
 
El Periódico Extremadura | Jueves, 19 de julio de 2012

jueves, agosto 2

Anécdotas familiares

Personajes, batallas, acontecimientos importantes, biografías y episodios de la historia de México se reunieron en este libro

CIUDAD DE MÉXICO (17/JUL/2012).- Personajes, batallas, acontecimientos importantes, biografías y episodios de la historia de México, fueron recuperados en el libro "Historias de familia del Bicentenario", en el cual colaboraron diversas entidades de México.

Todos llegaron a tiempo a la cita del Bicentenario de la Independencia (1810) y del Centenario de la Revolución (1910) para traer a la memoria el pasado de las familias mexicanas, destaca en el prólogo Pablo Serrano Álvarez, coordinador de la selección del volumen.

Tatarabuelos, bisabuelos, abuelos, padres, tíos, primos, sobrinos, compadres, amigos, señoras, señores, niñas, niños, jóvenes, surgieron por doquier, en su pasado y en su remembranza, tanto de tiempos muy añejos como actuales, añadió.

"Sería imposible editar un libro con más de 100 mil historias, por ello, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) se dio a la tarea de realizar una rigurosa selección", explicó Serrano.

Después de un proceso de lectura de todas y cada uno de los materiales para realizar una selección inicial, luego otras revisiones y nuevas lecturas hasta lograr 101 historias, a las que se le dieron nuevas lecturas, a partir de la Independencia, la Reforma Liberal, la Revolución, al igual que del México contemporáneo, subrayó

Un detalle importante, dijo, es que también se buscó reunir en esta obra aquellas historias que dieran cuenta de los recuerdos, remembranzas y anecdotarios vinculados a todos los estados de la República.

Además, dijo, para transmitir con toda fidelidad las voces de los ciudadanos que comparten su historia, se ha respetado la escritura con la que se plasmó en el portal de "Historias de familia del Bicentenario".

Para enriquecerla se incluyeron imágenes tomadas de los acervos iconográficos del INEHRM, que ilustran los acontecimientos que se narran en cada historia.

"Qué mejor manera de seguir celebrando, que rescatar los relatos de las familias mexicanas en torno a la historia y compartir nuestros recuerdos familiares", adujo Serrano.

Según el coordinador de la selección, es importante reconocer a quienes quedaron en el anonimato por luchar por nuestra libertad y soberanía, porque "La historia de México es la de todos los que habitamos este gran territorio", recordó.

La obra, añadió, es producto de un magno proyecto convocado por la Secretaría de Educación Pública y la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión que tuvo lugar en 2010, en el marco de las conmemoraciones del Bicentenario del inicio de la Independencia y del Centenario de comienzo de la Revolución Mexicana, denominando "Historias de familia del Bicentenario", cuyo objetivo principal fue rescatar esas historias y rendir homenaje a las familias mexicanas.

"Qué mejor forma de seguir celebrando, que rescatar los relatos de las familias mexicanas en torno a la historia y compartir nuestros recuerdos familiares", apuntó finalmente Serrano.

 Informador.com.mx

domingo, julio 29

Los Hassan

En la historia de Nicaragua hay varias páginas escritas por los Hassan Morales. Unas están firmadas con tinta, otras con sangre. Algo tuvieron que ver con el derrocamiento de Anastasio Somoza Debayle, el periodismo, la política y también la fundación del Hospital del Niño. Pero, un momento. Vamos muy rápido. Para entender cómo sucedieron las cosas es necesario regresar a la Managua y el Nagarote de los años 30, porque todo comenzó con la llegada de un inmigrante árabe, de esos a los que en este país llamamos “turcos”, a pesar de que no vienen de Turquía sino de Palestina.

Se llamaba Musa Ahmad Hassan, pero en el certificado de vecindad que le extendieron en Nicaragua le tradujeron el nombre. “Moisés Jorge”, se aclaró entre paréntesis. Vino, pues, de Palestina. Dejó su tierra, el pequeño poblado de Yaba, cercano a Ramala, escapando de la ocupación judía y no judía que en aquellos años avanzaba como las olas del mar cuando la marea está alta. Atrás quedaron casa, patio, una esposa y dos hijos, Adel y Fosía. Una vida a la que nunca regresaría.

Pasó primero por Estados Unidos, junto con su hermano Issa, quien también buscaba mejor suerte. Y por alguna razón, que hoy nadie recuerda con exactitud, terminaron en el ombligo de Centroamérica.

Su negocio era el de las telas. Recorrían los departamentos nicaragüenses ofreciendo casimires ingleses, gabardinas, algodón, percales y linos holandeses. Casi nómadas, dormían en el hotelito del pueblo en el que les cogía la noche. Así, en Nagarote, conocieron la posada de Genoveva Hernández, madre de María Elsa Morales, una joven de cabellos crespos y mirada de paloma. Moisés se prendó de la muchacha y en 1940 se casaron. De ahí vienen los Hassan Morales.

Seis hijos tuvo este matrimonio. Los cinco varones fueron nombrados Moisés, como el padre. Anuar Moisés nació en 1941, le siguieron Issa Moisés, Amín Moisés, Omar Moisés y Foad Moisés. Sin embargo, solo uno sería llamado por el segundo nombre: Issa Moisés Hassan, que muchos años más tarde se convertiría en uno de los cinco miembros de la primera Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, conformada para dar rumbo a la revolución.

Sara María fue la penúltima (y por ser la única mujer nunca tuvo aliados en los pleitos entre hermanos). A ella no podían nombrarla “Moisés”, así que, por pura casualidad, terminó llamándose igual que la mujer que le vendía billetes de la lotería a doña María Elsa, cuando la familia ya vivía en la calle 15 de Septiembre, una de las principales arterias de la vieja Managua, y comía gracias a la venta de telas del Bazar Egipto, ubicado frente al mercado Central.

Siempre le apostaba al mismo número, con la terminación 71. Siempre. Excepto la vez que pudo ganarse el premio mayor.

El árabe y la nagaroteña 


Moisés Hassan, el padre, nunca aprendió a hablar español. Apenas aprendió lo básico para comunicarse con su familia, con un marcado acento árabe, salpicado de atropelladas bes.

Llevaba el negocio en la sangre y nadie salía de su tienda sin comprar al menos un retazo de tela. Era poco afectuoso, pero llenaba de caramelos a sus hijos. Nunca tomaba y, sin embargo, fumaba como condenado a muerte. A diferencia de doña María Elsa, era muy religioso. Rezaba tres veces al día y ayunaba un mes al año, en cumplimiento del Ramadán de los musulmanes.

Solía visitar el Club Árabe para platicar y jugar póquer con compatriotas inmigrantes; esto cuando no estaba ocupado sufriendo, pegado al radio que transmitía noticias acerca de la ocupación de Palestina, que tras la Primera Guerra Mundial y hasta 1948 quedó bajo mandato británico. “¡Ahora

sí!”, se dijo, contento, cuando Egipto intervino en el conflicto. Poco duró su alegría pues los árabes fueron vencidos por los sionistas y 750 mil palestinos, expulsados de sus tierras.

Doña María Elsa tenía otras preocupaciones. Era un ama de casa ocupada en la formación de sus hijos y criticar el régimen de los Somoza. “No es posible que podamos vivir en una dictadura que se va trasladando de padre a hijos”, replicaba cuando sus hermanos, todos somocistas, le preguntaban: ¿Y a vos qué te ha hecho Somoza?

Aunque no aprobó la primaria, era buena en la aritmética y escribía con claridad, gracias a su gusto por la lectura, una característica que heredó a Anuar, quien eligió salirse de la escuela para dedicarse a leer clásicos españoles, como Miguel de Cervantes Saavedra, Francisco de Quevedo y Gustavo Adolfo Bécquer.

Anuar estaba destinado a pasarse la vida leyendo y escribiendo. En 1961 empezó a laborar como periodista en el diario La Prensa. Fue ahí que conoció a Rosario Murillo, quien llegó a trabajar como secretaria de Pablo Antonio Cuadra. En 1968 se casó con ella. Él contaba 28 años de edad; Rosario, 18. Pese a su juventud —recuerda Anuar— ella ya tenía dos hijos de su primer matrimonio con Jorge Narváez (Zoilamérica y Rafael). Y “era fina, bonita y modosa”.

El matrimonio no duró mucho. Ya estaban separados cuando Managua se desmoronó, el 23 de diciembre de 1972. En este terremoto, bajo los escombros de una pared, murió el único hijo de la pareja, Anuar Joaquín Hassan Murillo, un niño “muy vivo” a quien le encantaba “leer” cada rótulo luminoso que encontraba en la calle cuando lo llevaban de paseo.

El asesinato de Omar 


Los Hassan Morales crecieron en una casa de dos pisos, con balcón y una azotea en la que los niños se bañaban en cada lluvia. Desde ahí se cayó Omar una tarde en que, como de costumbre, jugaban sobre un barandal, recuerda Moisés. Pero Foad, el benjamín de los hermanos, asegura que fue él quien sufrió el accidente, cuando a los 13 años de edad, justo después de gritar: “¡No le tengo miedo a la muerte!”, perdió el equilibrio y fue a parar sobre una maceta del jardín.

Cada uno tiene su propia versión de la historia familiar. Para Moisés, doña María Elsa era de lo más estricta; pero Amín dice que “ni tanto”. Anuar (cuyo nombre cristiano es Joaquín) cuenta que su madre los bautizó a escondidas de su padre; pero Foad considera que su progenitor estaba bien enterado de todo, nada más que “se hacía de la vista gorda”.

Al menos hay un dato que ninguno confunde ni olvida. Una fecha. 12 de mayo de 1979. El sábado en que la Guardia Nacional mató a Omar.

Tenía la edad de Cristo, 33 años. Estaba casado con Lourdes Murillo (hermana de Rosario Murillo) con quien procreó tres niñas. La mayor tenía 5 años, la menor había nacido apenas tres meses antes del asesinato.

Alguien “sopló” información a la Guardia y Omar, junto a Cristian Pérez Leiva, fue detenido en una de las entradas a la Laguna de Xiloá. Un guardia le dio un “garrotazo” y Omar se rebeló. Le dispararon por la espalda.

Fue Anuar, que por entonces trabajaba cubriendo sucesos para el diario Novedades, quien encontró su cuerpo. Lo buscó de morgue en morgue, hasta que lo halló en el hospital Manolo Morales. Estaba en una gaveta junto al cadáver de Pérez Leiva.

Hasta entonces doña María Elsa tuvo la certeza de que su hijo había estado luchando clandestinamente contra Somoza Debayle. Antes de eso solo sabía de las andanzas de Moisés, que también combatía para derrocar al régimen (peleó en el Frente Interno).

Moisés (padre), el inmigrante, no vivió para ver la insurrección nacional. Partió de este mundo el 9 de julio de 1961, a los 67 años de edad. Lo mató el cáncer. Quizá por tanto fumar, analizan hoy sus hijos.

Estudia, niño... 


Todos estudiaron carreras universitarias. Foad y Amín son neurólogos. De hecho, estaban especializándose en México cuando recibieron la noticia de la muerte de Omar. Y tuvieron que pasar varios meses para que, una vez derrocado Somoza Debayle e instalada la revolución, pudieran visitar la tumba del hermano, que se encuentra en el Cementerio Occidental de Managua.

Foad es fundador del Hospital Infantil Manuel de Jesús Rivera, “La Mascota”, que este año cumple tres décadas. “En aquel tiempo estábamos como diez médicos con especialidad y nos llamaron para incorporarnos al equipo del hospital”, comenta el doctor, ahí en su consultorio, ubicado en la Clínica Tiscapa, en Managua, justo frente al de su hermano Amín, que ya lleva más de 30 años ejerciendo su profesión.

Sara es economista y por varios años trabajó en el Banco Central de Nicaragua. Moisés es ingeniero civil y doctor en física, fue decano de la Facultad de Ciencias y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) y es autor del libro La maldición del Güegüense.

Anuar es periodista retirado (estudió en la Escuela de Periodismo) y publicó dos volúmenes de Grandes crímenes del siglo XX en Nicaragua , en los que recoge los textos publicados durante sus últimos dos años en La Prensa. Por ahora dice trabajar en unas memorias y planea contar en ellas lo mucho que ha visto y oído.

Fue su madre quien siempre tuvo clara la importancia del estudio. Y les repetía el verso del poeta venezolano Elías Calixto Pompa: “Estudia y no serás cuando crecido ni el juguete vulgar de las pasiones, ni el esclavo servil de los tiranos”.

Doña María Elsa murió en 1998, a los 87 años de edad. Hoy, en el árbol genealógico de los Hassan hay 16 nietos, descendientes de aquella nagaroteña y un palestino vendedor de telas que hace más de 70 años, en una tarde fría —¿o sería una mañana cálida?— pisó por primera vez el suelo de Nicaragua.



En la actualidad. Los hermanos Moisés (político y físico), Foad (neurólogo), Sara (economista) y Anuar Hassan (periodista). LA PRENSA/ U. Molina

FUENTE:
 http://www.laprensa.com.ni
Por: Amalia del Cid

Antepasados zamoranos


No es historiador, ni tampoco ha estudiado paleografía, pero su tesón, su incansable trabajo y la inquietud que le inculcó su abuelo cuando era niño, han dado como resultado que el zamorano Félix Manuel Aparicio pueda presumir de ser autor de uno de los árboles genealógicos más extensos que se hayan realizado en España y donde ya figuran más de 9.000 personas, algunas nacidas en países como Tailandia, Estados Unidos, México o Argentina.“La curiosidad de conocer más acerca de los familiares sobre los que me hablaba mi abuelo, especialmente mi tatarabuelo, fue lo que me llevó a comenzar una investigación que ahora, sin marcarme metas, sólo me planteo finalizar cuando la salud me abandone”, asegura Félix.
Poco a poco, el árbol genealógico de su familia, natural de la localidad zamorana de San Cebrián de Castro, tomó tales dimensiones que las ramas se multiplicaban y abarcaban en cada generación a nuevos vecinos. Fue entonces cuando optó por ampliar lo que en un principio era un proyecto personal para convertirlo en un trabajo en el que está representado todo el pueblo así como el anejo de Fontanillas de Castro y la mayor parte de otras localidades vecinas como Manganeses de la Lampreana, Riego del Camino, Montamarta, Piedrahíta de Castro y Torres del Carrizal.
“En un principio empecé preguntando a mis abuelos como se llamaban sus ancestros y como no podía llegar mas allá de dos o tres generaciones, continué con los archivos del Ayuntamiento, donde hay información hasta 1870. Allí encontraba fechas de nacimientos, defunciones, casamientos..., pero más tarde, para poder continuar desarrollando el árbol, tuve que investigar en el Archivo Diocesano de Zamora”, explica Félix.
El año 1475 es el más antiguo de la multitud de fechas que presenta el organigrama de las relaciones familiares que Félix ha logrado relacionar en San Cebrián, localidad en la que destacan apellidos como Aparicio, Muga, Manso, Ruiz, Lorenzo, Casado y Lera, aunque el caso más curioso es el de Liedo, un apellido único en toda España.
Una de las anécdotas que Félix se ha encontrado en su investigación fue comprobar que en la línea de sus ancestros tenía personas comunes con su mujer. “Como en esa línea de generaciones mi esposa está por encima de mi en el grado de parentesco, resulta que es tía mía en grado cinco, por lo que mis hijos son sobrinos sextos”.
Pero esta anécdota se puede aplicar a todos los vecinos, ya que este árbol genealógico viene a demostrar que en San Cebrián de Castro todos son parientes. “En un principio empecé la elaboración del árbol buscando a los ancestros directos de primer apellido. Posteriormente del segundo y así sucesivamente. A lo largo de mi investigación fui descubriendo que los antepasados que iba encontrando tenían hermanos, que a su vez se habían casado con gente del mismo pueblo y eso me animó a saber quienes eran los descendientes de esas personas. Así, fui desentrañando una tela de araña que envolvía a casi todas las personas que en la actualidad habitan en el pueblo. Vamos, que de una forma u otra, todos somos parientes en San Cebrián”.
Las investigaciones de Félix han tenido un gran impulso en los últimos cinco años gracias a las nuevas tecnologías y, especialmente a un programa informático que calcula el grado de parentesco entre dos personas y que permite trabajar con numerosos datos.
Un aspecto fundamental de este ingente trabajo ha sido la colaboración de los vecinos, que también ha supuesto durante los últimos años miles de contactos personales o telefónicos con personas que se van incorporando al árbol. Entre estas colaboraciones con Félix destaca la de León Gómez, “un buen amigo de Riego del Camino que a sus ochenta años también lleva toda la vida buscando a sus ancestros”. Pero junto a la información, estos contactos también se han traducido en una valiosa colección fotográfica en la que ya aparecen 2.500 personas.
Además de genealogía, este trabajo es la historia de un pueblo, dado que en el organigrama aparecen las personas que el pasado siglo tuvieron que emigrar a ciudades como Barcelona, o países como Estados Unidos, Argentina o México.
Residente en Aranda de Duero (Burgos), donde trabaja como mecánico en la factoría de Michelín, Félix tiene previsto organizar para este mes de agosto en Fontanillas de Castro una exposición en la se exhibirá parte de su trabajo y explicará a sus paisanos cómo bucea en los archivos para encontrar las más profundas raíces de toda una comarca.